Por Daniel Monnet
El 1 de agosto, en plena Feria Internacional del Libro de Lima, agentes de la DIRCOTE y representantes del Ministerio Público intervinieron el stand de la Editorial Achawata. La razón fue una denuncia anónima por presunta apología del terrorismo, vinculada al libro Revolución en los Andes, escrito por Víctor Polay Campos, exdirigente del MRTA, condenado por terrorismo.
Este gesto remite inevitablemente a otro tiempo. En 1933, el régimen nazi organizó la quema de libros en la plaza de la Ópera de Berlín como acto inaugural de su “asalto a la razón”. Más de noventa años después, el hostigamiento a una editorial en un evento cultural nos enfrenta a una pregunta urgente: ¿quién le teme hoy a los libros?
Quien haya tenido la oportunidad de leer el libro sabe que no contiene reivindicación alguna de acciones armadas. Todo indica que la denuncia no prosperará judicialmente, pero el objetivo parece ser otro. Se trata de intimidar, aislar y reinstalar la figura del “enemigo interno” para justificar el hermetismo ideológico que inmuniza al capitalismo frente a potenciales impugnaciones.
El acto no apunta solo a Polay sino a la posibilidad misma de pensar el pasado desde otra perspectiva. Lo que se reprime, en última instancia, es el intento de contar la historia desde el lugar de los vencidos.
En su célebre obra LTI – La lengua del Tercer Reich, el filólogo Victor Klemperer analizó cómo el nazismo moldeó la percepción pública no solo mediante la violencia física, sino también a través del lenguaje. Términos vaciados de su contenido original y repetidos mecánicamente —como el epíteto de “terrorista”— no buscan describir hechos, sino clausurar el debate, estigmatizar de antemano y reducir lo complejo a una fórmula condenatoria.
Se invoca al Estado de derecho para ejercer la censura, y se apela a los valores de la democracia liberal para violar sus propios principios. Ese lenguaje tóxico y empobrecedor se reproduce incluso entre quienes se consideran ajenos al autoritarismo, ya sea por indiferencia o por temor.
Más de 150 escritores y académicos manifestaron su apoyo a la editorial. Sin embargo, también se alzaron voces que celebraron la intervención, mientras otros sectores, pretendidamente progresistas, optaron por el silencio, alegando que el problema era el autor y no la libertad de expresión. Como advirtió Klemperer, el lenguaje totalitario no necesita imponerse de forma explícita; se cuela en la normalidad y se instala en lo cotidiano, sobre todo cuando se cierran los ojos ante el huevo de la serpiente.
Es obvio que no estamos ante el fascismo histórico. Pero también es evidente que sí estamos frente a una degradación progresiva de las libertades democráticas. La represión en el Perú actual no solo actúa mediante uniformados que matan impunemente; también asedia a través de sus aparatos ideológicos de dominación, repitiendo palabras sin reflexión, celebrando el irracionalismo o justificando la censura con tecnicismos legales.
Hoy es una editorial. Mañana puede ser cualquier voz incómoda. Lo que está en juego es el derecho a leer, pensar y disentir sin miedo. Es la prevención de la formación de los futuros elementos contestatarios.
Lo ocurrido con Editorial Achawata no es un hecho aislado, sino un síntoma. Y, como tal, exige una respuesta firme. Defender la palabra escrita, la complejidad de los argumentos —¡defender la razón!, aun cuando sea incómoda y dolorosa— no solo es defender la democracia liberal, sino asentar el camino hacia una democracia popular, libre de las miserias que encuentran en el fascismo la palanca de alarma ante la respuesta de los oprimidos.




