Por Sungur Savran
Traducción de la versión en inglés publicada en el portal redmed: https://redmed.org/article/privatization-humanitarian-aid
Existen mil formas de privatización. Por ejemplo: se toma Petkim, la mayor empresa industrial de Turquía —una serie de refinerías que pertenecían por completo al Estado— y se entrega, por unas cuantas monedas, como cordero al matadero, al mayor conglomerado capitalista del país y a su socio imperialista, la petrolera Shell. Desde entonces, cada año, una enorme masa de ganancias que antes iba al sector público fluye, como una riada, hacia esa empresa capitalista y su aliado imperialista.
O bien se opta por un método más encubierto. Se crean fórmulas como “Construir-Operar-Transferir” y, a través de autopistas, puentes y hospitales que son propiedad del Estado, se transfiere plusvalor al capital. Con la misma lógica, se puede fragmentar la empresa estatal de distribución eléctrica en unidades más pequeñas y arrendar cada una a un conglomerado distinto por 49 años, garantizándoles además los beneficios operativos.
En la industria, el transporte y la energía, este suele ser el mecanismo. Pero en la salud y la educación, la privatización abarca al conjunto del sector, no a instituciones específicas. No se privatizan directamente los hospitales o escuelas estatales, pero se otorga a los capitalistas “libertad de empresa” en esas áreas, se los colma de incentivos y, así, gran parte de los servicios sanitarios y educativos pasa a ofrecerse de forma privatizada. Esto produce un efecto colateral: la progresiva mercantilización de hospitales y escuelas públicas se vuelve así legítima, se normaliza.
Y hay muchos más ejemplos. Desde la subordinación de los servicios municipales a las exigencias del mercado mediante “asociaciones público-privadas” y mecanismos similares, hasta áreas donde el Estado supervisa el cumplimiento de normas destinadas a proteger la salud y la seguridad de la población (como las inspecciones técnicas de vehículos), todo está siendo abandonado al despotismo del mercado y a la lógica de la ganancia.
Pero el caso más extremo, el más alucinante, es la privatización incluso de la guerra —aquello que, supuestamente, constituye lo más sagrado, el núcleo del “honor” de los Estados-nación. Desde las organizaciones de mercenarios llamadas “contratistas” en Estados Unidos hasta Wagner en Rusia o Sadat en Turquía, estas fuerzas armadas privatizadas son ejemplos tan sorprendentes como inquietantes.
Y si ya has privatizado la guerra, ¿por qué no privatizar también la “ayuda humanitaria” que la guerra vuelve necesaria?
Como es bien sabido, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) tiene el mandato de brindar lo que se llama “ayuda humanitaria” en situaciones como desastres naturales, hambrunas y guerras, donde una población queda expuesta al riesgo de hambruna y epidemias. La ONU cuenta con una infinidad de organismos creados con ese fin, demasiados para enumerarlos en un artículo de prensa. Donde surja una necesidad de ese tipo, allí acuden esas agencias especializadas. El desastre que el pueblo palestino sufre desde hace casi 80 años es tan extremo que se creó una agencia especial para sus refugiados: la UNRWA (Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina).
No tenemos la más mínima confianza en la ONU. Aunque existen ciertas corrientes de oposición en su interior, la ONU es esencialmente un aparato que protege el orden mundial dominado por el imperialismo. Pero, del mismo modo que los marxistas revolucionarios usan los parlamentos burgueses para defender los intereses de la clase trabajadora, o que defienden las empresas públicas frente a la privatización porque —pese a formar parte de un capitalismo estatal— ofrecen ventajas a los trabajadores y al pueblo frente al capital privado, debe adoptarse una posición análoga en este nivel internacional. Porque la privatización implica la imposición de una voluntad privada, una voluntad que, en principio, puede hacer lo que le plazca. En cambio, influir sobre la voluntad pública requiere lucha política, aunque esté sujeta a restricciones.
Ahora, todas las agencias de la ONU están siendo expulsadas de Gaza. La red criminal EE.UU.-Israel avanza hacia el control absoluto de la ayuda humanitaria a la población de la Franja.
Desde la operación Diluvio de Al Aqsa, Israel ha bombardeado deliberadamente instalaciones de la ONU, ha disparado contra vehículos claramente identificados como parte de sus agencias, ha asesinado a sus trabajadores y ha prohibido o bombardeado sus convoyes. ¿“Daños colaterales”? No. Lo ha hecho precisamente para arrebatarle a la ONU el rol de proveedora de la así llamada “ayuda humanitaria” a la población.
El New York Times ha informado que Israel encargó a un ex alto funcionario de la CIA la creación de una organización “sin fines de lucro” en Estados Unidos para privatizar la ayuda humanitaria. Que “un país de Europa occidental” donó 100 millones de dólares a ese fin. Y que el origen del resto de los fondos es un misterio.
¿Y por qué lo hace Israel? Primero, para que la asistencia pública se convierta en una operación de relaciones públicas: ayuda al pueblo de Gaza presentada como si fuera obra del propio Estado israelí. Así, quien “responde” a las necesidades de la población no es Hamás, sino Israel. Segundo, para utilizar esa ayuda como instrumento de presión y hacer que la población se desplace paso a paso hacia el sur, fuera de la Franja —es decir, al servicio del desplazamiento forzoso, del proceso de limpieza étnica que acompaña al genocidio. Tercero, para aplicar una política de “policía bueno, policía malo”, tratando de dividir a la población según su nivel de resistencia a la dominación israelí, actuando de forma distinta en cada zona.
Cada privatización es distinta. Pero en el fondo de todas está el interés de la clase dominante de la sociedad capitalista en cuestión. Incluso el carácter público de un organismo internacional tan servil, tan manso, tan obediente al imperialismo como lo es la ONU, puede llegar a contradecir los intereses de la clase dominante israelí. Por eso, privatizar, saquear, vaciar —ya sea Petkim o las Naciones Unidas—: ¡da lo mismo!
¿Qué hacer? ¡Proteger por la fuerza de las armas a las organizaciones humanitarias de la ONU del crimen israelí!
Sungur Savran es uno de los editores del periódico Gercek (Verdad) y de la revista teórica Devrimci Marksizm (Marxismo Revolucionario), ambas publicadas en turco, así como del sitio web RedMed.




