El capitalismo chino y la desesperación de Trump

Donald Trump y Xi King Ping dandose la mano en una reunión protocolar.
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Por Renildo Souza

La guerra arancelaria promovida por el gobierno de Donald Trump, bajo el pretexto de buscar reciprocidad en las tarifas comerciales, afecta al conjunto del comercio internacional. Sin embargo, su objetivo principal es China. Socios formales del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), como Canadá y México, así como aliados geopolíticos de Estados Unidos, entre ellos la Unión Europea, Japón, Australia y Nueva Zelanda, también fueron alcanzados por las medidas.

El gigantesco embate arancelario del 2 de abril generó expectativas de una fuerte recesión en Estados Unidos y tuvo repercusiones a escala mundial. El colapso del mercado de títulos públicos estadounidenses sorprendió a Trump y a su equipo, generó temores de pánico financiero y los obligó a pausar la ofensiva durante 90 días, aunque se mantuvieron aranceles globales del 10%. Ese es el plazo estipulado para llevar a cabo negociaciones bilaterales con la Casa Blanca.

Los aranceles impuestos a China alcanzaron un 145%, aunque en algunos productos, como los vehículos eléctricos, pueden llegar hasta el 245%. Por su parte, China respondió con una tasa del 125% sobre las importaciones provenientes de Estados Unidos, restringió la exportación de minerales estratégicos y vetó relaciones comerciales con una lista de empresas estadounidenses.

La guerra comercial impulsada por Trump refleja una reacción política exacerbada frente al declive económico relativo de Estados Unidos. Ante el avance imparable de China, Trump, en un acto de desesperación, lanza un conjunto de medidas proteccionistas y aislacionistas. La radicalidad de estas acciones y su carácter unilateral dejan en evidencia la gravedad de los problemas económicos, sociales y políticos que atraviesa el país. La propia elección de un personaje como Trump, de perfil autoritario, da cuenta de la profundidad de la crisis de la sociedad estadounidense.

La Casa Blanca parece calcular que los efectos contraproducentes de estas políticas serán menores y de corto plazo. El gran objetivo es golpear a China y relanzar la economía estadounidense. En su discurso ante el Congreso, el presidente afirmó: “Las tarifas sirven para hacer a América grande y rica nuevamente. Y eso está ocurriendo. Y ocurrirá muy rápido. Habrá una pequeña incomodidad, pero estamos bien con eso. No será mucho” (5/03/2025).

Declive y ascenso

Las nuevas tecnologías, como las energías renovables y los semiconductores, son el principal objeto de disputa entre Estados Unidos y China. Alcanzar el liderazgo tecnológico equivale a consolidar la superioridad económica y militar. Sin embargo, Estados Unidos se frustra: las sanciones no quebraron a Rusia y los embargos aplicados tanto por Trump como por Biden no detuvieron el ascenso tecnológico de China. Ahora, en su segundo mandato, Trump cambia de estrategia: se retira de Ucrania, reduce el papel geopolítico de Europa e intenta atraer a Rusia en una maniobra cuyo objetivo es aislar a China.

La globalización neoliberal ha sido golpeada por la fractura entre el proteccionismo estadounidense y el desafío chino. El ascenso económico de China es hoy el principal indicador del proceso de pérdida de hegemonía de Estados Unidos. El problema no radica únicamente en el déficit comercial con China, sino en los efectos políticos derivados de la supremacía económica sistémica de los chinos en el escenario global. En efecto, está en curso una transición hegemónica, aunque su ritmo siga siendo lento, parcial y relativo.

En este contexto, Estados Unidos recurre sin disimulo a prácticas imperialistas. Trump ha hablado de ocupar Panamá, Canadá, Gaza y Groenlandia. Bajo su mando, el país se retiró de la Organización Mundial de la Salud y del Acuerdo de París sobre el cambio climático. Su nuevo gobierno ha desatado una persecución implacable contra los inmigrantes.

Por su parte, China, afectada por la sobreproducción relativa, no puede eludir las políticas expansivas de su gran capital, tanto privado como estatal. Ante la concentración extrema de capitales y frente a la agresividad estadounidense, no le queda otra alternativa que presentarse ante el Sur Global como una opción pacífica, desarrollista y confiable. Para contrarrestar a Occidente, se ha visto obligada a ofrecer oportunidades económicas relativamente ventajosas a sus socios, aunque retenga el control de los beneficios principales. Con astucia, Pekín construye una hegemonía “de nuevo tipo”, ajustada a las particularidades del siglo XXI. Y Trump, con su desesperado unilateralismo, termina por elevar el prestigio y la proyección internacional de China.

El punto de inflexión: 2008

A partir de la crisis de 2008, China abrió nuevas y gigantescas oportunidades de inversión y valorización para los capitales de las corporaciones transnacionales. Al integrarse al capitalismo mundial, el país actuó como una auténtica válvula de escape. Todos los grandes capitales del Norte se volcaron hacia el mercado chino. Después de 2008, los Estados Unidos comenzaron a prestar atención al desafío del dragón asiático.

El avance chino se materializó en el contexto contradictorio de la globalización neoliberal, por un lado, y del desarrollismo impulsado desde Pekín, por el otro. El proyecto nacional-desarrollista del particular capitalismo chino alcanzó un éxito espectacular en muy poco tiempo. A medida que China progresaba, las desigualdades se acentuaban en el Sur Global: para algunos, ello significó una desolación social extrema; para otros —como Brasil y Argentina—, el agravamiento del proceso de desindustrialización.

Hoy, las empresas chinas ocupan incluso los mercados de producción más sofisticada tecnológicamente, anteriormente reservados a los antiguos países centrales. Es la propia Unión Europea la que ahora presiona a las empresas chinas radicadas en su territorio, exigiendo transferencia de tecnología.

La caída relativa de Estados Unidos no es un fenómeno reciente. La década de 1970 estuvo marcada por el colapso del sistema de Bretton Woods y la fuga del dólar, las crisis del petróleo, la recesión económica, la victoria vietnamita y las revoluciones iraní y nicaragüense. El deterioro del liderazgo manufacturero estadounidense es de carácter estructural. A partir de las décadas de 1970 y 1980, muchas corporaciones, enfrentadas a una baja rentabilidad, recurrieron a la financierización, apostaron por la innovación tecnológica y trasladaron sus operaciones hacia la periferia, particularmente hacia China.

En 2004, el déficit de la balanza de bienes y servicios de Estados Unidos alcanzó los 918 mil millones de dólares. Desde los años setenta, los salarios han perdido poder adquisitivo. El 1 % más rico de los estadounidenses se apropia del 21 % del ingreso nacional —más del doble que el 50 % más pobre—. El 10 % más acaudalado concentra el 71 % de la riqueza, mientras que la mitad más pobre apenas posee el 1 %. La inflación en los bienes y servicios de consumo ha degradado sensiblemente las condiciones de vida de la mayoría.

La sociedad estadounidense se encuentra desgarrada por oleadas cada vez más intensas de racismo, medievalismo moral, fanatismo religioso y neofascismo. La nación padece una esclerosis político-ideológica, un declive económico y un colapso social en toda regla. Frente a este escenario, Washington se aferra a sus tradicionales pilares de poder: las finanzas, el dólar, su superioridad militar y una desesperada guerra comercial.

Trump y la política del todo vale

El gobierno de Trump recurre a todos los medios para reestructurar la economía estadounidense, y lo hace en contra del medio ambiente y de las tradicionales relaciones internacionales, entre otros factores. Por eso, grita “drill, baby, drill” para impulsar la producción de combustibles fósiles. Por eso, entra en conflicto comercial con antiguos aliados. Por eso, además de su despreciable racismo, persigue a los inmigrantes, bajo la suposición de que así los puestos de trabajo quedarán para los estadounidenses.

Pero las dudas no cesan. ¿Es posible alcanzar la reindustrialización que se desea? ¿La guerra comercial, o los nuevos acuerdos comerciales impuestos por Trump, relocalizarán la producción dentro de Estados Unidos, traerán de vuelta los empleos manufactureros, reducirán el déficit comercial? ¿El petróleo generará tanta actividad como para abaratar los costos energéticos? ¿La inteligencia artificial provocará una revolución productiva? ¿Quién recogerá el excedente económico drenado en el contexto de las nuevas tecnologías? En realidad, las empresas tecnológicas estadounidenses se benefician de una valorización insostenible, repitiendo la burbuja punto.com de 1999, como lo demostró el reciente impacto de DeepSeek sobre las acciones de las Big Tech.

Tiro por la culata

Las tarifas desmesuradas elevarán los precios tanto del consumo como de los costos de producción, sin una probable compensación mediante el crecimiento de la producción doméstica estadounidense. Además de sus motivaciones económicas, el gobierno de Trump ha utilizado el pretexto de las importaciones de fentanilo para imponer aranceles a China, México y Canadá. En este contexto, se desatienden las causas internas de la crisis de los opioides.

En una nueva fiebre neoliberal contra el Estado, se imponen recortes al gasto público. Los ataques al aparato estatal, liderados por figuras como Elon Musk, tienden a deprimir la demanda y a desorganizar la administración gubernamental.

En el siglo XIX, los aranceles sirvieron para impulsar la industrialización de Estados Unidos y Alemania, mientras declinaba el monopolio industrial británico. En el siglo XX, países como Brasil, Argentina y México se industrializaron mediante políticas de sustitución de importaciones. Sin embargo, en Estados Unidos, los aranceles Smoot-Hawley de 1930, lejos de salvar la economía, agravaron el colapso del comercio internacional y profundizaron la Gran Depresión.

Aquella Inglaterra decadente del pasado parece ser hoy representada por Estados Unidos. Y el ascenso estadounidense de entonces se ve reflejado hoy en el avance de China. El propio declive estadounidense, junto con la competencia asiática —especialmente la china—, se oponen a cualquier intento de restauración del liderazgo económico global por parte de Estados Unidos. El centro de gravedad de la economía mundial se ha desplazado hacia Asia.

Estados Unidos debe preservar el privilegio exorbitante del dólar como moneda de reserva internacional, lo cual conlleva no solo beneficios, sino también sacrificios. La valorización del dólar, necesaria para los mercados financieros estadounidenses, neutraliza los efectos esperados de los aranceles. Por ejemplo, entre 2018 y 2019, los aranceles estadounidenses sobre productos chinos fueron compensados por una apreciación del dólar del 22 % y una devaluación del yuan del 6,5 % en ese mismo período. Además, las mercancías chinas se benefician de menores tasas de interés y de la estabilidad interna de precios.

Canadá adoptó medidas tributarias en represalia y prometió aumentarlas si Washington no elimina sus tarifas. Al igual que China, Canadá también presentó una queja ante la OMC contra Estados Unidos. China, por su parte, suspendió las importaciones de soja estadounidense e impuso aranceles a productos agrícolas e industriales procedentes de Estados Unidos.

Tanto los aranceles como las represalias reducirán el producto interno y aumentarán la inflación en Estados Unidos, Canadá y México, según proyecciones de Warwick J. McKibbin y Marcus Noland. La industria automotriz podría ser la más perjudicada, dado que los aranceles sobre México y Canadá afectarían a un sector profundamente integrado en una única cadena de valor regional, que abarca a los tres países de América del Norte.

Estado y capital

China posee el mayor número de empresas y bancos entre las 500 mayores corporaciones del mundo. El Estado chino es una fuerza fundamental para respaldar el avance del capital, ya sea estatal o privado. En China, la mayor parte de la producción, las exportaciones y el empleo está en manos de empresas privadas. Mientras Trump actúa con desesperación, China busca consolidar una alianza nacional-desarrollista entre el poder político y la riqueza privada. Esto quedó demostrado en la reunión de febrero pasado entre Xi Jinping y algunos de los principales capitalistas del país, especialmente de sectores vinculados a las nuevas tecnologías. Participaron, por ejemplo, los presidentes de Huawei y BYD. Llamó particularmente la atención la reaproximación del gobierno con Jack Ma, fundador del gigante Alibaba.

El Estado nacional chino dispone de una soberanía política y militar efectiva. Entre 2012 y 2021, el gasto militar de China creció un 72 %, mientras que el presupuesto militar de Estados Unidos se redujo en un 6,6 %. En 2021, en términos absolutos, Estados Unidos contaba con 801 mil millones de dólares en gastos militares, frente a los 293 mil millones de China. En el pequeño Estado de Yibuti, Pekín mantiene su única base militar, mientras que Estados Unidos cuenta con cerca de mil bases en todo el mundo, principalmente en la región Asia-Pacífico.

China está repleta de producción y capitales. La sobreacumulación exige la expansión externa: exportación de mercancías, inversiones productivas y concesión de préstamos. Las empresas, tanto estatales como privadas, extraen plusvalor de los trabajadores en la periferia y acaparan recursos naturales. Intercambian manufacturas por alimentos, petróleo y otros recursos básicos. Según la CEPAL, solo seis productos agrícolas y minerales representan cerca del 72 % de las exportaciones latinoamericanas hacia China: soja, cobre, mineral de hierro, petróleo, cátodos de cobre y carne bovina. China nos ha devuelto al patrón comercial colonial del siglo XIX. ¿En qué términos intercambia China sus productos con el Sur Global? ¿Se trata de una política de “ganar-ganar”? ¿Conduce realmente a la convergencia y a la equidad entre las economías nacionales del mundo? ¿Todos están ganando?

Un desacoplamiento difícil

El capitalismo es, por definición, un sistema mundial. Una desglobalización económica profunda no es posible. Es cierto que puede disolverse la integración profunda entre Estados Unidos y China. También es verdad que el offshoring del capital ha perdido fuerza. Sin embargo, un desacoplamiento total entre ambos países no es económicamente viable, aunque, en el plano político, el orden internacional esté siendo empujado hacia una nueva bipolaridad entre Washington y Pekín.

La fuerte caída del comercio mundial después de 2008 ha sido señalada como evidencia de un proceso de desglobalización. Sin embargo, Richard Baldwin advierte que dicha caída, entre 2008 y 2020, se concentró principalmente en minerales y combustibles, debido a la disminución de sus precios. A pesar de ello, el mercado mundial tiende estructuralmente hacia la interdependencia, la jerarquía y el desarrollo desigual. Tanto el capital chino como el estadounidense tienen interés en la mundialización de la economía, lo que implica el debilitamiento simultáneo de la resistencia de los Estados periféricos y de la clase trabajadora.

China controla buena parte de las cadenas de producción globales. Esto quedó demostrado por la dependencia internacional respecto a la producción china de bienes en general —y de equipamientos médicos en particular— durante la pandemia de COVID-19. En 1995, los países centrales producían el 70% de los insumos industriales; para 2018, China ya fabricaba más de eses bienes intermedios que la suma de todos esos países.

China posee la mayor red de acuerdos comerciales del mundo. Su producción manufacturera presenta ventajas competitivas difíciles de igualar. En 2024, el superávit comercial chino alcanzó el récord de un billón de dólares. Ese mismo año, Estados Unidos registró un déficit de 295 mil millones de dólares en su balanza comercial con China, a pesar de los aranceles ya vigentes. Incluso antes del choque tarifario impulsado por Trump, los capitales chinos con plantas en México, Vietnam, Indonesia, entre otros países, ya lograban eludir las barreras arancelarias estadounidenses.

La Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative, BRI) constituye un Plan Marshall multiplicado por cien, orientado a la instalación de infraestructuras, redes de comunicación y empresas. Según datos actualizados a febrero de 2025, el BRI cuenta con la participación de 149 países. Panamá e Italia se retiraron de la iniciativa, el primero debido a presiones directas del gobierno de Trump.

¿Quién está venciendo la guerra tecnológica?

En octubre del año pasado, antes de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, Bloomberg publicó un artículo titulado “Los esfuerzos de EE. UU. para contener la presión de Xi por la supremacía tecnológica están fracasando”. La publicación alertaba que “el mundo fuera de los Estados Unidos está cada vez más conduciendo vehículos eléctricos chinos, navegando por internet con teléfonos inteligentes chinos y abasteciendo sus hogares con paneles solares chinos”.

En el balance de los resultados del Made in China 2025 —plan lanzado por el gobierno de China en 2015 como parte de su carrera tecnológica— Bloomberg reconoció las victorias chinas. Así, el gigante asiático ya era dominante, en 2024 y a escala mundial, en los siguientes sectores clave: vehículos aéreos, grafeno, ferrocarriles de alta velocidad, vehículos eléctricos y baterías de litio.

La ofensiva tecnológica china se estructura en torno a la interacción de diversas dimensiones: el plan Made in China 2025, con abundantes fondos de financiamiento; liderazgo en número de publicaciones científicas, patentes y contingentes de científicos e ingenieros; empresas de vanguardia en los mercados —como DeepSeek, Huawei, BYD, CATL—; y mercados internos amplios que permiten procesos de learning by doing y reducción de costos gracias a las economías de escala y al uso dual (civil y militar) de las tecnologías. El equipo de DeepSeek y sus profesores universitarios se formaron exclusivamente dentro de China. Eso dice mucho sobre el posicionamiento autónomo de las universidades chinas en la frontera tecnológica, incluso en articulación con el mercado. Como se ve, las barreras comerciales de Trump poco pueden hacer para contener la escalada competitiva china.

Renildo Souza es docente de Economía y Relaciones Internacionales en la Universidad Federal de Bahía (UFBA) y autor del libro La China de Mao y Xi Jinping (Editorial de la UFBA).

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