Por Marco Ferrando
Publicado originalmente en la página web del Partito Comunista dei Lavoratori: https://www.pclavoratori.it/files/index.php?obj=NEWS&oid=7896
Como comunistas, no nos sumamos al luto universal y unánime por la muerte del papa Bergoglio.
En particular, disentimos de la conmemoración extasiada de su figura por parte de la llamada izquierda radical.
Por supuesto, respetamos profundamente la libertad religiosa y los sentimientos de la fe religiosa personal. Pero no a costa de la verdad. La religión —cualquier religión— es el opio del pueblo, como escribió Marx. La Iglesia Católica es el principal dispensador mundial de este opio, celebrado a través del culto religioso. El Papa —todo Papa— está a la cabeza de este culto. La prédica de una vida ultraterrena y de la resurrección de la «carne y los huesos» promueve la resignación ante una vida terrenal marcada por la explotación y la opresión de miles de millones de seres humanos. El llamado a la compasión hacia los humildes no solo no cambia el orden real de las cosas, sino que presupone su conservación, en contra de cualquier perspectiva de revolución. ¿Asistencia a los pobres? Incluso durante la Contrarreforma, mientras se desataba la caza de brujas, la Iglesia Católica multiplicó las órdenes religiosas de caridad y asistencia para proteger a los pobres, con el fin de atenuar la amenaza del protestantismo.
Más en general, la propia idea de un Dios Padre creador del hombre, al negar la figura del hombre como creador de Dios, educa al ser humano en la sumisión. No es casualidad que la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola, viera en la autoridad terrenal el reflejo de Dios, y en la obediencia a la autoridad el deber de obediencia a Dios. Además, la misma retórica de igualdad y fraternidad entre las «criaturas de Dios» demuestra invariablemente su hipocresía cuando se trata de mujeres, gays, lesbianas y personas transgénero, que son más de la mitad de la humanidad. Asimismo, el orden interno de la Iglesia Católica se basa en la desigualdad entre hombres y mujeres, con la exclusión tajante de las mujeres del sacerdocio. El papa Bergoglio se mantuvo siempre —incluso en tiempos recientes— en contra del aborto, al que comparó con un asesinato; contra los médicos que practican abortos, a quienes calificó de «sicarios»; y comparó las armas con los anticonceptivos como instrumentos de supresión de la vida.
En cuanto a la limpieza de la Iglesia Católica respecto a los abusos infantiles y a la enorme cantidad de crímenes contra niños y monjas en todo el mundo, Bergoglio no fue más allá de la denuncia. En 2022, el diario Domani documentó que el Vaticano simplemente trasladó a los sacerdotes abusadores a otras diócesis y continuó presionando a las víctimas para que no hicieran públicos los abusos. Bergoglio confirmó la jurisdicción eclesiástica como el único tribunal posible para los casos de pederastia, rescatándolos así de la justicia ordinaria. Esto no es más que una garantía de protección para estos criminales, en contra de todo principio de igualdad ante la ley. El concordato entre el Estado y la Santa Sede también protege judicial y legalmente a la Iglesia Católica.
Es cierto que el papa Bergoglio se manifestó en varias ocasiones en defensa de los migrantes, de la protección de la naturaleza y en contra de la guerra. Intentó rehabilitar, en distintos niveles, la imagen de la Iglesia Católica en crisis profunda, tratando de conectar con el ánimo progresista de importantes sectores de la opinión pública y de las nuevas generaciones. Sobre todo, buscó hacer frente a la crisis profunda del catolicismo en Occidente (particularmente en Europa y Estados Unidos) y a la creciente competencia del Islam a escala mundial, buscando ampliar las áreas de influencia católica en los continentes oprimidos, comenzando por África. Pero no tuvo éxito. Las palabras, sin embargo, siguen siendo palabras, tanto en boca del Papa como en boca de los gobernantes burgueses «democráticos» y «humanitarios». Las palabras, separadas de los hechos, no sirven para cambiar la realidad, sino para encubrirla.
Además, las palabras de Bergoglio fueron cuidadosas en evitar malentendidos peligrosos. Hablar de «guerra» y «paz» como categorías universales y abstractas equivale a borrar la frontera entre las guerras imperialistas de los opresores y las guerras de liberación de los oprimidos. Hacer esto significa, en última instancia, proteger a los opresores. ¿Sirve de algo denunciar la masacre de Gaza como innoble si al mismo tiempo se condena o ignora la resistencia palestina? Alguien dirá que no es papel del Papa apoyar públicamente a la resistencia. Muy cierto. Pero entonces, ¿cuál es exactamente el papel del Papa? Esa es la cuestión.
El papel del Papa —de todo Papa— es inseparable de la naturaleza de la Iglesia. La Iglesia es una institución reaccionaria. Una monarquía teocrática y absolutista. El Papa, todo Papa, como cabeza de la Iglesia, es por institución un soberano absoluto que concentra todo el poder en sus manos. La llamada división de poderes (ejecutivo, legislativo, judicial), característica de las democracias burguesas liberales, es ajena a la Iglesia. El Papa gobierna sobre los bienes patrimoniales de la Iglesia, ya que todas las administraciones de bienes eclesiásticos, inmuebles, finanzas y acciones están bajo su control personal. La propiedad de la Iglesia es inmensa. Solo en Italia, la Iglesia ostenta el primer lugar en propiedad inmobiliaria, descontando los lugares de culto. Dichos bienes están en gran parte exentos de cualquier obligación tributaria. En cambio, los ingresos estatales, tanto centrales como locales, garantizan diversas formas de transferencia de recursos públicos a las arcas eclesiásticas (pago de profesores de religión, costes de renovación de edificios, etc.).
La Iglesia Católica es un capitalismo eclesiástico pleno. Los escándalos financieros ligados a la Iglesia reflejan su propia naturaleza. El reciente escándalo del Óbolo de San Pedro, por ejemplo, reveló que los fondos destinados a los pobres se utilizaban para transacciones financieras e inmobiliarias en barrios ricos. ¿Puede alguien sorprenderse realmente por esto?
El papa Bergoglio no cambió nada, porque no podía cambiar nada en la naturaleza material de la Iglesia. Como buen gobernante, simplemente intentó gestionarla. Sin duda, trató de cambiar las formas de comunicación, alejándose del canon doctrinario de Ratzinger a favor de un lenguaje más popular y directo. Procuró cambiar la relación de fuerzas con la Secretaría de Estado vaticana a su favor, utilizando su vínculo personal con los fieles como palanca frente a la jerarquía. En este sentido, paradójicamente, Bergoglio incluso acentuó más el carácter absolutista del papado en relación al orden vaticano. Su formación peronista y jesuita ciertamente le ayudó en esto.
Queda el nudo de fondo, que va más allá de Bergoglio.
¿Puede presentarse la figura de un soberano absoluto, cabeza de una monarquía teocrática y capitalista, como un «comunista» (como hizo el dirigente de Refundación Comunista, Maurizio Acerbo) o como una «gran personalidad revolucionaria» (como hicieron la organización Red de Comunistas y el periódico de izquierda Il Manifesto).
La subordinación reverente al papado y el encantamiento de sus palabras reflejan, en última instancia, la adaptación a la sociedad burguesa. Es decir, el abandono del objetivo de derrocar el orden social real de este mundo. Las razones del marxismo revolucionario encuentran una vez más su confirmación.
Marco Ferrando es profesor de historia y filosofía y político comunista italiano. Militante desde 1970, es una figura destacada de la izquierda radical italiana vinculada al trotskismo.




