Vanguardia y consejos en Lenin, Luxemburg y Trotsky

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Por Rafael de Almeida Padial

Revisitemos las antiguas polémicas entre Vladimir Lenin, Rosa Luxemburgo y León Trotsky sobre la teoría de partido y su relación con los consejos de trabajadores (soviets). Como suele ocurrir, tras una revisión rápida de las diferentes posiciones en debate, surge la cuestión: ¿quién habría tenido “razón” frente a la historia? Diferente del simplismo a veces argumentado, nos parece que ninguno de los tres tuvo razón absoluta y unilateral en los principales momentos del debate. Como argumentaremos en este texto, en un primer momento Luxemburgo y Trotsky tuvieron razón contra Lenin, pero, posteriormente –y manteniéndose formalmente los mismos términos del debate–, la razón histórica se invirtió. A nuestro parecer, esto ocurrió porque la “cuestión de la organización” se resolvió al mismo tiempo como una teoría de partido restringido (en el stricto sensu de la palabra, “vanguardista”) y una teoría de la autoemancipación o movimiento común de las amplias capas de la clase trabajadora.

Lenin en 1903 y los desarrollos de su teoría de partido

Dentro del movimiento marxista, se suele pensar en teoría del partido revolucionario haciendo inmediata alusión a Lenin. De hecho, fue él quien, entre finales del siglo XIX y principios del XX, elaboró los planes partidarios más consistentes del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), los cuales terminaron definiendo un modelo de organización partidaria que, para bien o para mal, tuvieron validez universal (aplicación en todo el mundo). El desarrollo de tal elaboración va desde su artículo “¿Por dónde empezar?” (1901), pasando por la célebre “Carta a un camarada” (1902), por el no menos célebre “¿Qué hacer?” (1902), por la polémica en el II Congreso del POSDR (1903), llegando, por último, pero no menos importante, en “Un paso adelante, dos pasos atrás” (1904).

El punto conceptualmente novedoso planteado por Lenin se presentó en el II Congreso del POSDR, en el marco de su célebre polémica con J. Martov. El debate giraba en torno al primer párrafo del estatuto del partido, que establecía quién podía considerarse militante. A primera vista, la cuestión parece trivial y la disputa, irrelevante. Recordemos las fórmulas propuestas.

Fórmula de Lenin:

“1. Un miembro del Partido [Obrero Socialdemócrata Ruso] es todo aquel que acepta el programa del Partido y apoya al Partido tanto financieramente como mediante la participación personal en una de las organizaciones del Partido”.

Fórmula de Martov:

“1. Un miembro del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso es todo aquel que acepta el programa del Partido, sostiene financieramente al partido, y presta colaboración personal regular bajo la dirección de una de sus organizaciones.”[1]

La diferencia radica en la “participación personal” (Lenin) o la “colaboración regular” (Martov) dentro de una organización del partido. Participar personalmente implica formar parte de la organización; colaborar, en cambio, no necesariamente. Martov quería trabajar con el “no necesariamente”; quería ampliar el estatus de miembro a simpatizantes; quería crear artificialmente una zona supuestamente dialéctica, caracterizada por ser “ni dentro ni fuera” del partido.[2] Nótese, por lo tanto, que no había polémica clara, entre la mayoría de los miembros del congreso —con excepción de aquellos de la Liga Judía, el Bund, y parte de los llamados “economicistas”— respecto a la noción de centralismo (contra federalismo), trabajo conspiratorio (contra legalismo), disciplina (unidad de acción) etc. Prácticamente todos eran formalmente favorables a estos elementos, pero solamente los “duros” (partidarios de Lenin) creían que tales principios solo se efectivarían si el partido fuera capaz de distinguir, de forma clara y directa, sin puntos nebulosos (es decir, con las fronteras bien delimitadas), a sus verdaderos militantes, los revolucionarios profesionales, o sea, sus miembros efectivamente activos en la clase.

El problema era que, al atribuir a un sector de la clase trabajadora la noción de actividad, parecía privarse de ella al resto de la clase, que quedaría entonces, en apariencia, reducida únicamente a la pasividad. Para Martov y sus compañeros, desde entonces conocidos como mencheviques (a veces “blandos” o “suaves”), calificar de “pasivo” a quien, voluntaria o involuntariamente, colaboraba conscientemente con el partido les parecía excesivamente duro.[3] Martov y los suyos creían que tal dureza, al alejar los elementos intermedios, tendía a crear un abismo, quizá insuperable, entre la organización revolucionaria y la clase. El resultado de ese “formalismo” sería, según ellos, el sectarismo.

Rosa Luxemburgo y León Trotsky se destacaron por sus críticas a la teoría del partido de Lenin, centrando su atención en ciertas frases y esquemas que, a su juicio, resultaban excesivamente simplistas y que fueron presentados por el líder bolchevique.[4] Es conocida la defensa hecha por Luxemburgo y Trotsky del elemento económico y del carácter activo de las masas proletarias; la crítica a la concepción kautskista, sostenida por Lenin (contra los “economicistas”), de que la conciencia socialista sería traída a la clase trabajadora externamente, “desde fuera”, por la mano del partido; así como, además, la crítica a la defensa que Lenin (contra Axelrod) hizo del trabajo excesivamente conspirativo, herencia, según ellos, de la pequeña burguesía “jacobinista” (trabajo de revolucionarios profesionales de comité). ¿Fueron correctas tales críticas?[5] Lenin en general se defiende afirmando que sus declaraciones fueron sacadas de contexto y simplificadas en extremo.[6]

Si es verdad que hubo simplificación al respecto de lo que Lenin decía –y a veces resentimiento de orden casi personal, sobre todo por parte de Trotsky–, también es verdad que Lenin cayó muchas veces (y al calor de las polémicas) en fórmulas esquemáticas y algo dicotómicas. Lenin, como la gran mayoría de los dirigentes socialistas de entonces, parecía ser presa de ciertas concepciones poco dialécticas reinantes en la II Internacional, bajo la batuta del “centro ortodoxo”, la dirección del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). Fue en el seno de ese partido, de forma consciente desde el Congreso de Erfurt (1891), que se desarrollaron nociones como la de un “programa mínimo” (económico y reformista) opuesto a un “programa máximo” (político y revolucionario), así como la idea (desarrollada claramente por Karl Kautsky en el cambio de siglo) de que la conciencia socialista sería traída desde fuera (por intelectuales burgueses o pequeño-burgueses) hacia la clase obrera.[7] Ver la teoría como externa a la clase significa ver el partido (el supuesto portador consciente de esa teoría) como externo a la clase. Otra dicotomía muchas veces presentada es la que se refiere al trabajo ilegal (partidario) como opuesto al trabajo legal (económico-sindical), como se puede ver sobre todo en “¿Qué hacer?”

¿Quién tendría la razón en ese debate? En realidad, es difícil responder a eso de antemano. Es probable que ninguno de ellos —Lenin, Luxemburgo o Trotsky— tuviera razón de manera unilateral en ese momento, frente a la historia. La historia aún estaba por escribirse. Sin embargo, el inicio de la respuesta surgió al año siguiente y dio en primer lugar la razón a Luxemburgo y Trotsky contra Lenin. Los acontecimientos de la primera Revolución Rusa (1905) confirmaron la actividad creativa de las masas, y, frente a ellas, la fracción de Lenin asumió muchas veces un papel sectario. Debe resaltarse el elemento, a veces deliberadamente ignorado, de que los soviets rusos (consejos de diputados obreros), tal como los conocemos, tal como surgieron a la luz de la Revolución Rusa de 1905, sobre todo tal como fueron creados a partir de la fundación del principal de ellos (el de San Petersburgo), fueron una propuesta de los mencheviques, a la cual los bolcheviques se contrapusieron.

El hecho nos es narrado por Trotsky en su importante autobiografía, en el capítulo referente a 1905. En ella, tratando del estallido espontáneo —actividad inesperada de las masas— de la fuerte huelga general de octubre de 1905, nos dice el teórico de la revolución permanente:

“El movimiento no dejaba de ampliarse, pero existía el riesgo del fracaso, en caso de no ser dirigido por una organización de masas. Llegué de Finlandia con el plan de una organización electoral no partidaria, que contara con un delegado por cada mil obreros. El escritor Iordansky, que sería más tarde embajador de los soviets en Italia, me informó, el mismo día de mi llegada, que los mencheviques ya habían lanzado la consigna de un órgano electoral revolucionario, teniendo un delegado por cada quinientos obreros. Era correcto. Los miembros del comité central bolchevique presentes en Petersburgo se opusieron resueltamente a una organización electoral independiente de los partidos, temiendo que hiciera competencia con la socialdemocracia. Los obreros bolcheviques no tenían ese recelo. Las esferas superiores del bolchevismo se condujeron de forma sectaria respecto al soviet hasta la llegada de Lenin, en noviembre. […]. El tardío regreso de Lenin del extranjero fue uno de los motivos por los cuales la fracción bolchevique no logró asumir una posición dirigente en los acontecimientos de la primera revolución.”[8]

El elemento es esclarecido también por O. Anweiler, quien no deja de ironizar: “Es muy significativo que el modelo de la Comuna de París —que dará fundamento a la teoría leninista de Estado y al sistema bolchevique de consejos— fuera originalmente introducido en el marxismo ruso no por los bolcheviques, sino por los mencheviques”.[9] Aún de acuerdo con Anweiler, fue Martov quien más teorizó entonces sobre los soviets como forma de “autoadministración revolucionaria” (y Axelrod, a quien Trotsky dedicó su folleto “Nuestras Tareas Políticas”, habría sido el “más ardiente propagandista de ese plan”). Los bolcheviques, sobre todo en ausencia de Lenin, temiendo que los soviets sustituyeran al partido, mantuvieron una posición al menos dubitativa en relación a ellos; en algunas ciudades, obstaculizaron o retrasaron la creación de los soviets. Tal era la posición estrecha e izquierdista de los llamados “hombres de comité”, contra quienes Lenin también luchó algunas veces en su vida. Para él, tales hombres de aparato, en general intelectuales, sólo repetían formalmente fórmulas aprendidas, sin reflexionar a fondo, de forma viva, acerca de ellas.[10] Sin embargo, si ellos actuaban así, es porque la ambigüedad estaba, a rigor, en las formulaciones iniciales del propio Lenin. Este, a pesar de la defensa de los soviets, aún no tenía una comprensión absolutamente clara de la significación histórica (estratégica) de los mismos, como órganos de poder y gobierno de la clase obrera (viéndolos sólo como posibles instrumentos de lucha para el partido). Así es que, según un importante biógrafo de Lenin, Jean Jaques Marie, la posición del principal dirigente bolchevique frente a los soviets resultó vacilante en la primera revolución.[11]

No es exagerado afirmar, entonces, que en 1905 se confirmaron todos los elementos de las críticas de Luxemburgo y Trotsky a Lenin: los bolcheviques se opusieron a las masas trabajadoras (buscando sustituir la organización creada por su actividad espontánea); el impulso de las masas hizo crecer la socialdemocracia (la conciencia socialista) y no lo contrario; los hombres de aparato, debido a hábitos demasiado cerrados, sectarios y clandestinos (jacobino-blanquistas), no lograron relacionarse con el movimiento; los intelectuales tendieron a rivalizar con los obreros.[12] Además, el movimiento de masas presionó para el trabajo conjunto entre bolcheviques y mencheviques, realizando en la práctica en muchos comités una reunificación de las fracciones. En San Petersburgo, es fundamental el trabajo conjunto entre el principal dirigente bolchevique local, Leonid Krasin, y Trotsky, presidente del Soviet (el centro de la revolución en el país). En noviembre de 1905, el CC bolchevique se pronunció a favor de la unificación con los mencheviques, y Lenin y Bogdanov asistieron a una conferencia menchevique en la capital. Los mencheviques, también con miras a la unificación, aprobaron la fórmula de Lenin para el párrafo primero de sus estatutos. Lenin se mantuvo como uno de los mayores entusiastas de la fusión hasta el próximo congreso del partido. Cuando éste se reunió, en abril de 1906 (por tanto, después del aplastamiento de la insurrección), y aprobó la fusión de los grupos, los mencheviques, justamente por la posición en relación a los soviets y por el prestigio de Trotsky, fueron numéricamente mayoritarios (tuvieron 62 delegados contra 46 bolcheviques y eligieron 7 miembros del CC contra 3 bolcheviques).[13] Así, bajo el calor del movimiento de masas, en 1905, las polémicas del pasado parecían solamente eso. Trotsky y Luxemburgo ganaban terreno para avanzar en importantes síntesis. ¿Qué síntesis eran esas?

La dialéctica alcanzada por Luxemburgo y Trotsky a partir de 1905

El elemento más importante que Luxemburgo y Trotsky teorizan a partir de la experiencia de 1905 es la idea de que sería necesario deducir un elemento intermedio entre los polos dicotómicos previamente presentados por la socialdemocracia. Según ellos, no sería adecuado trabajar con las concepciones de “pasivo” opuesto a “activo”, “económico” opuesto a “político”, “legal” opuesto a “ilegal”, sin permitir entre ellos algo que sea (sean) las dos cosas al mismo tiempo; un traspaso entre dos elementos, una zona negativa que no es una cosa ni otra, pero, aun así, tiene, necesariamente, un estatuto propio.

A la luz de la primera revolución rusa comenzaron las reflexiones de Luxemburgo, ya en 1906, sobre la importancia de la llamada “huelga de masas”. Su texto más célebre al respecto, además, se llama significativamente “Huelga de masas, partidos y sindicatos” (1906).[14] Luxemburgo busca en todo momento deducir un elemento organizativo intermedio entre lo político-partidario (ilegal) y lo económico-sindical (legal): las huelgas de masas y los organismos creados por ellas, responsables de la propia insurrección. La huelga de masas no sería propiamente política –y Luxemburgo da diversos ejemplos de la gran potencia de las luchas económicas, sobre todo por la reducción de la jornada de trabajo–, pero tampoco sería propiamente económica, una vez que crearía necesariamente órganos de insurrección. Luxemburgo afirma y reafirma que el movimiento en 1905 transitó no sólo de lo económico a lo político, sino también de lo político a lo económico. Y sintetiza, al respecto de la lucha aún en enero de 1905 (el “domingo sangriento”):

“Aquí la lucha económica fue en realidad no una fragmentación, no un desbordamiento de la acción, sino un cambio de frente; la primera batalla contra el absolutismo se transformaba en breve y naturalmente en un ajuste general de cuentas con el capitalismo, y éste, en conformidad con su naturaleza, asume la forma de conflictos parciales a favor de los salarios. Es falso decir que la acción política de clase en enero fue destruida, porque la huelga general se repartió en huelgas económicas. Es exactamente lo contrario (…).”[15]

Para Luxemburgo, después de la huelga general de enero, habría surgido un nuevo principio: “las propias relaciones entre obreros y patrones sufren transformaciones”, pues “el principio del capitalista señor en su casa es prácticamente suprimido. Vimos constituirse espontáneamente Comités Obreros, únicas instancias que negocian con el patrón, en las mayores fábricas (…)”.[16] Ese nuevo principio, queda claro, es el que después será llamado de doble poder, o poder dual –un contrapeso al poder administrativo capitalista dentro de la fábrica. La extensión de ese poder dual local, durante todo el año de 1905, según Luxemburgo, habría culminado en la creación de los consejos (soviets) al final del año, como dualidad de poder en ámbito regional (más allá de la fábrica), capaz de dirigir el conjunto de los comités obreros:

“En octubre tiene lugar en San Petersburgo la experiencia revolucionaria de la instauración de la jornada de trabajo de 8h. El Consejo de los Diputados Obreros [Soviet] decide crear, por métodos revolucionarios, la jornada de trabajo de 8h. Es así que en una fecha determinada todos los obreros de San Petersburgo declaran a sus patrones que se negaban a trabajar más de 8h por día y abandonarían sus lugares de trabajo a la hora fijada.”[17]

La huelga de masas, tal como se presentó en la Rusia de 1905, sostuvo Luxemburgo, sería un fenómeno “tan móvil que refleja en sí todas las fases de la lucha política y económica, todos los estadios y todos los momentos de la revolución”.[18] Luxemburgo no podría ser más clara en la presentación del problema: “somos sorprendidos por el hecho de que el elemento económico y el elemento político están ahí indisolublemente ligados. Nuevamente, la realidad se aleja del esquema teórico (…)”[19]; “causa y efecto se suceden, se alternan incesantemente”, economía y política están “lejos de excluirse mutuamente como pretende el pretencioso esquema”.[20]

Trotsky, de la misma forma, en su “Balance y Perspectivas” (1906), retomó puntos respecto a una coincidencia entre los elementos económicos y políticos. Sin embargo, lo más rico de sus reflexiones en el período parece referirse a los soviets como órganos no solo de la lucha proletaria, sino propiamente instituciones democráticas del gobierno obrero (dictadura de clase). En su concepción, hay un elemento “intermedio” (económico y político a la vez); es una forma organizativa propia, pero no solo eso: también es la forma embrionaria del gobierno obrero futuro. En otro importante texto, también de 1906 – “El Consejo de Diputados Obreros y la Revolución”, publicado en Neue Zeit –, Trotsky presentó de forma aún más clara la cuestión:

“El consejo organizaba a las masas, dirigía las huelgas políticas y las manifestaciones, armaba a los obreros…

Pero otras organizaciones revolucionarias ya lo habían hecho antes que él, lo hacían al mismo tiempo y continuarán haciéndolo después de su disolución. La diferencia estaba en que [el Consejo] era, o al menos aspiraba a ser, un órgano de poder. Aunque el proletariado, así como la prensa reaccionaria, llamaran al consejo de ‘gobierno obrero’, de hecho, el consejo representaba un embrión de gobierno revolucionario.”[21]

El elemento intermedio (semilegal) como dialéctica negativa

Para ser honestos con la historia de esta polémica, es necesario afirmar que exageramos al decir que antes de 1905 los revolucionarios no pensaban en “elementos intermedios” entre los polos dicotómicos. En realidad, el tema era común en la socialdemocracia alemana y estaba más que presente en las primeras polémicas que dividieron el POSDR en 1903. En medio de estas, por ejemplo, al defender su fórmula, Lenin –como si se protegiera de acusaciones– afirmó que ésta contenía una serie de “lose Organisationen” [organizaciones laxas][22]. No por azar, usó el término alemán: es referencia a la experiencia del SPD, que basaba su actuación en una serie de organizaciones y asociaciones laxas y “más amplias”, culturales y sindicales, que servían de vínculo del partido con la “masa” y, así, también de puerta de entrada a la militancia. De la misma forma, en “Un paso en frente, dos pasos atrás” (1904), Lenin desarrolló hasta cinco categorías de organizaciones, desde las propiamente compuestas por revolucionarios profesionales, hasta los amplios elementos no organizados de la clase, que se sometían a la dirección del partido.[23] Se trata de la comprensión de que el partido llegaría a las masas mediante círculos concéntricos. El partido sería el polo “ilegal” (que portaría la conciencia histórica de la necesidad del socialismo), el cual crearía organizaciones intermedias, “semilegales”, que organizarían conciencias más “avanzadas”, hasta abarcar así la amplia masa trabajadora, organizada en sus organismos legales, de lucha espontánea y económica (los sindicatos). La concepción era generalizada en la socialdemocracia y aparecía también en la obra de Trotsky anterior a la experiencia de los soviets, como en “Nuestras Tareas Políticas” (1904):

“Está claro que nuestro partido representará siempre, desde el centro hasta la periferia, toda una serie de círculos concéntricos que aumentan en número, pero disminuyen en nivel de conciencia. Los elementos más conscientes y, por lo tanto, más revolucionarios, estarán siempre ‘en minoría’ en nuestro partido.”[24]

En realidad, esta concepción de Trotsky (hasta 1904) y de Lenin, que entonces veían la construcción partidaria un poco como “capas de cebolla” construidas por el partido hasta la masa —en cuanto “colaterales”, “niveles”, “tendencias” o “centrales sindicales” del partido— no es propiamente dialéctica. Se trata, como dijimos, de una forma de construcción partidaria característica de la socialdemocracia alemana y, curiosamente, de algo que se acerca a la posición de Martov en su polémica con Lenin. En verdad, esa concepción de Trotsky (hasta 1904) y de Lenin, que entonces veían la construcción partidaria como “capas de cebolla” construidas por el partido hasta la masa –en cuanto “colaterales”, “niveles”, “tendencias” o “centrales sindicales” del partido–, no es propiamente dialéctica. Se trata, como hemos mencionado, de una forma de construcción partidaria característica de la socialdemocracia alemana y, curiosamente, de algo que se aproxima a la posición de Martov en su polémica con Lenin. Se trata de la creación de formas organizativas artificiales en las que se admite con estatuto igual a miembros y no miembros del partido. No se trata de la creación de organismos intermedios vivos, resultado de un movimiento espontáneo de amplias capas de la clase trabajadora. Esas fórmulas laxas no tienen nada que ver con las formas organizativas creadas por la acción de las masas rusas en 1905, formas que eran económicas y políticas a la vez, formas de autoemancipación, que dirigían el conjunto de la clase trabajadora. Fue contra esa falsa situación intermedia que Luxemburgo y Trotsky se alzaron, después de 1905, en busca de una dialéctica (aunque inicial).

En las formas artificiales de las “lose Organisationen”, que sirven como máscara del partido o sus instrumentos de “cooptación”, se diluyen tanto la vitalidad de las masas como la potencialidad del partido, en la medida en que las primeras se vuelven pasivas y el segundo, para actuar, depende de elementos inestables. A rigor, se tiene allí una posición contradictoria con la fórmula pensada por el propio Lenin en 1903; pero este, sin otra concepción dialéctica para sustituirla, tuvo que sostenerse en ella para intentar superar el abismo entre el partido y las masas.

En suma: en la concepción socialdemócrata de las “lose Organisationen” es el partido el que va (activamente), de manera unidireccional, a las masas (pasivas), y construye las formas organizativas “intermedias” supuestamente necesarias para abarcarlas. En la concepción que buscan desarrollar Luxemburgo y Trotsky después de 1905, es la acción recíproca del partido y de las masas la que construye un nivel organizativo intermedio (semilegal), que no es estrictamente ni una cosa ni otra (ni partido ilegal ni sindicatos legales); nivel organizativo intermedio que se expresa en tanto comités de fábrica como, posteriormente, en consejos.

Aquí reside, por tanto, toda la dificultad. Al observar la secuencia de tres niveles: 1. “económico”, 2. “no económico-ni político”, 3. “político”; o, aún: 1. “legal”, 2. “semilegal”, 3. “ilegal”; o también 1. “mínimo”, 2. “intermedio”, 3. “máximo”; al observar esa secuencia, se puede suponer que el movimiento es lineal; se puede suponer que la “conciencia” de la “masa”, estimulada por el partido, partiría del nivel “económico” (lucha sindical, de carácter legal), se establecería en el nivel “no económico-ni político” (colateral, central sindical, etc.) y alcanzaría finalmente lo “político” (el partido, la conciencia de la ilegalidad del sistema capitalista y, por tanto, la necesidad de su derrumbe).

Sin embargo, lo que debería regir el movimiento dialéctico de ascenso entre los niveles no es una teleología positiva sino un proceso negativo. No se trata de que el partido eleve a las “masas” por medio de una “escalerita” (1 → 2 → 3), sino de realizar una síntesis conjunta con la actividad de las “masas” (1 ⇄ 3 | 2). El elemento intermedio no es un “peldaño” por debajo de lo “político” y por encima de lo “económico”. En la teoría y experiencia organizativa de 1905, el elemento intermedio es una síntesis, en el sentido dialéctico de Aufhebung (superación), una superación que niega los términos anteriores, conservándolos dentro de sí. Así, el intermedio está más allá (por encima) de la oposición entre lo económico y lo político, y, por ello mismo, es también la forma superior de gobierno de la clase trabajadora, la forma que representa el gobierno socialista futuro, para la superación del capitalismo. Los comités de fábrica y los consejos son, a la vez, la superación de los sindicatos y partidos creados por la clase trabajadora bajo el capitalismo; son los órganos de administración y gobierno de la futura economía y sociedad socialistas. En el límite, indican incluso la posibilidad (transcurrido un largo tiempo de transición) de la desaparición de los partidos y sindicatos.

El retorno de Lenin

Siendo rigurosos con la lógica de esta dialéctica, percibimos que de lo señalado anteriormente resulta teóricamente la necesidad de un partido para ayudar en la creación del elemento organizativo superior. Y más: se sobreentiende que cuanto más bien delimitado, organizado y ágil sea, mejor, pues más potente será la dialéctica realizada entre su acción y la acción espontánea de las masas trabajadoras. Es eso lo que después percibirán –un tanto trágicamente– tanto Luxemburgo como Trotsky. A pesar de correctos en la polémica inicial, ambos llegarán a la conclusión de que la fórmula de Lenin en cuanto a la teoría del partido restringido[25] era también correcta.

Fue Lenin, por lo tanto, quien regresó a la cabeza de la historia, en 1917. El hecho de haber dedicado su vida a la creación de un partido de revolucionarios profesionales, de acción, mejor delimitado en relación al conjunto de la clase, le dio grandes ventajas frente a los demás, sobre todo cuando se convirtió en adepto de la teoría de los consejos como órganos de gobierno de las masas trabajadoras y oprimidas. Fue ahí que su concepción organizativa, antes sólo formalmente correcta, se tornó dialécticamente correcta. “Todo el poder a los soviets” se volvió entonces la consigna asociada a los bolcheviques en 1917, particularmente desde las “Teses de Abril”.[26] En realidad, nadie en el período sometió a un análisis tan serio y detallado el papel de los soviets como órganos de autogobierno, como el propio Lenin en “El Estado y la Revolución” (escrito entre agosto y septiembre de 1917). La gran ventaja de Lenin estuvo en que su antítesis práctica al movimiento de las masas era mucho más poderosa que las de Luxemburgo y Trotsky, quienes apenas tenían fracciones propias. Lenin era capaz de fustigar mucho más a fondo el movimiento espontáneo, pues siempre mantuvo una fracción comunista bien organizada. Esto, entre otros elementos, hizo que la dialéctica creada por la historia en 1917, gracias a la actividad conjunta (síntesis) de las masas y del partido bolchevique, fuera lo suficientemente poderosa para que se tomara y asegurara el poder.

Conclusión

Es de la resolución dialéctica de las posiciones de Lenin, Luxemburgo y Trotsky de donde nace, a nuestro parecer, el ajuste entre forma y contenido en la teoría de partido necesaria a la clase trabajadora en su proceso de emancipación. Es necesario que la clase trabajadora actúe para crear, a partir de sus órganos legales, nuevos organismos para su lucha común (propios, propiamente órganos de poder, aunque embrionarios); pero también es necesaria –como precondición o supuesto– la existencia de un partido con selección estricta de miembros, capaz de actuar de forma eficaz entre las masas trabajadoras. El proceso tiene que ser, por tanto, a la vez común y autónomo, por un lado, y particular y directivo, por otro. De esa relación surge la teoría dialéctica de los niveles organizativos del proceso revolucionario. Por lo tanto, la teoría de partido se muestra también, en última instancia, como una teoría de programa revolucionario, en la medida en que contiene los pasos o el movimiento general de amplios sectores obreros hasta la toma del poder económico y político.

Rafael de Almeida Padial es Doctor en Filosofía por la UNICAMP y autor de Sobre a Passagem de Marx ao Comunismo (São Paulo: Alameda, 2024). Este artículo fue presentado en 2018, en el encuentro de la Asociación Nacional de Posgrado en Filosofía (ANPOF), de Brasil, en Vitória, Espíritu Santo.

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[1] ATAS DO SEGUNDO CONGRESSO DO POSDR (Actas del segundo congreso del POSDR) (1903), São Paulo: Editora Marxista, 2014, vol. 1. Para la fórmula de Lenin, cf. p. 253. Para la de Martov, cf. p. 32.

[2] Ver, en las referidas actas (vol. II), la XXII y la XXIII sesiones del Congreso.

[3]  “Menchevique”, o “miembro de la minoría”, se opone a bolchevique, “miembro de la mayoria”. Vale siempre recordar que, irónicamente, la fórmula de Martov fue victoriosa contra la de Lenin, por 28 votos a 23 (es decir, los mencheviques fueron, en ese aspecto, mayoría). Sin embargo, en el transcurso del congreso, con la salida de los miembros del Bund y de economicistas (que votaron por la fórmula de Martov), el grupo de Lenin se convirtió en mayoritario y así conquistó la mayoría de los órganos centrales. De ahí los adjetivos tan frecuentemente citados.

[4]   Para las críticas de Trotski a Lenin, ver su Informe de la Delegación Siberiana (1904) y Nuestras tareas políticas (1904). Para las críticas de Luxemburgo a Lenin, ver Centralismo y democracia (1904). Los dos últimos son respuestas directas a Un paso adelante…

[5]   Para la cuestión de la conciencia traída externamente a la clase, ver ¿Qué Hacer?, ítem “II. La espontaneidad de las masas e la consciencia socialdemócrata”. Para la respuesta de Lenin a Axelrod sobre la cuestión del jacobinismo o blanquismo (babeuvismo), ver Un paso en frente, dos pasos atrás, ítem “r) El nuevo Iskra. Oportunismo en las cuestiones de organización”. Cabe comentar que Luxemburgo y Trotski presentan además la idea de que el resultado necesario del ultra-centralismo y del alejamiento en relación a las masas sería no solo la sustitución del partido en relación a la clase (una dictadura sobre el proletariado), sino también la dictadura del Comité Central sobre el partido y una dictadura del dirigente máximo sobre el Comité Central. No son pocos los que, de forma simplista y anacrónica, han usado tales pasajes para argumentar que en las posiciones iniciales de Lenin ya estaría contenido el germen del estalinismo.

[6]    En el prefacio de 1907 a la colección Doce años (en la cual se republican, entre otras, ¿Qué hacer? y Un paso adelante…), Lenin llama la atención sobre el hecho de que Plekhanov, después de 1904, pasó a afirmar que difería de él mismo, Lenin, en la cuestión de la “conciencia” traída externamente. Lenin aclara que, cuando se publicó ¿Qué hacer?, Plekhanov (y todo el cuerpo de Iskra) no presentó ninguna cuestión al respecto. La razón de ello, según Lenin, derivaba del hecho de que todos tenían una conciencia clara de que la argumentación tenía por único fin combatir a los economicistas, y no se proponía presentar un problema de principio filosófico. Lo mismo vale, según Lenin, para la acusación que pasó a sufrir, después de 1904, de “despreciar” el movimiento económico y sindical (y, por tanto, el carácter activo de las masas) en nombre de lo “político” (el partido).

[7] Cf. artículo de Kautsky, “Un elemento importado desde afuera” (en alemán in Die Neue Zeit, 1901).

[8]   TROTSKY, L., Minha Vida, São Paulo: Sundermann, 2017, pp. 218-19. Los subrayados son nuestros. Nótese que en su libro 1905 (publicado en 1909), justamente de análisis de los acontecimientos de la primera revolución, Trotsky afirma que el modelo electoral/representativo de delegación había tenido precedente en la “Comisión Chidlovsky”. (Ver capítulo “Formação do Soviete de Deputados Operários”). Se trata de una comisión formada por el Tzar en enero de 1905 en respuesta a la huelga general ocurrida en San Petersburgo. Su nombre se refiere al senador –Chidlovsky– responsable de tal comisión ante el Tzar. La intención de tal comisión, al menos formalmente, era estudiar las causas del descontento de los obreros de las fábricas de San Petersburgo y los medios de remediarlo. La comisión fue formada por representantes del gobierno y de la burguesía, así como por obreros. Estos serían elegidos entre nueve categorías profesionales de la capital, en la proporción de un delegado por cada 100 obreros. Dando crédito a Oskar Anweiler, cabe notar que ya ante la formación de esa comisión las dos alas de la socialdemocracia rusa –los bolcheviques y los mencheviques– se dividieron. Aunque ambos defendían participar en la elección, su táctica era diferente. Los bolcheviques la veían únicamente como una maniobra del gobierno y pensaban en una forma de vaciarla o boicotearla. Los mencheviques querían transformarla en una tribuna para ampliar el alcance sobre la clase obrera. La posición de los bolcheviques fue mayoritaria; se presentó al senador una serie de reivindicaciones como ultimátum, negadas a continuación por los representantes del poder. Los representantes obreros entonces boicotearon la comisión y emitieron un manifiesto a la población. La vida de tal comisión, por tanto, no pasó de dos semanas. Sobre esto, ver ANWEILER, O., Les Soviets en Russie, 1905 – 1921, París: Gallimard, 1972, p. 41 et ss; y p. 65 (para la proporción de la delegación).

[9] ANWEILER, O., op. cit., p. 84.

[10]   Sobre el atraso o no en creación de Soviets en regiones predominantemente bolcheviques, ver ANWEILER, O., op. cit., p. 97 y BROUÉ, P. O Partido Bolchevique, São Paulo: Sundermann, 2014, p. 74. El principal representante del izquierdismo de los “hombres de comité” fue entonces A. Bogdanov, importante dirigente de la fracción. Otro representante característico de ese estrecho espíritu de comité fue el posteriormente famoso Stalin. Ver MARIE, J.-J. Lenin. Madrid: POSI, 2008, p. 85; ANWEILER, O., op. cit., p. 93.

[11] Las defensas que Lenin hace de los Soviets aún en el exterior son bastante prudentes. Lenin siempre deja a cargo de la dirección local la decisión de publicar o no sus textos a favor de los soviets (lo que no ocurre, bajo dirección de Bogdanov). Cf. MARIE, J.-J., Lenin, op. cit, p. 87 et ss; cf. ANWEILER, O., op. cit., p. 99.

[12] Alain Brossat, defensor, en última instancia, de la teoría de Lenin, también reconoce que las teorías de Luxemburgo y Trotsky quedaron confirmadas en 1905. Ver BROSSAT, A., El pensamiento político del joven Trotski. México DF: Siglo Veintiuno Editores, 1976, p. 47 y p. 64.

[13] Ver MARIE, J.-J., Lenin, op. cit., pp. 89-91. La fusión, como se sabe, no fue muy extensa. Divergencias importantes se manifestaron en el congreso, como las referentes a las expropiaciones, en nombre de las cuales Lenin, Krasin y Bogdanov mantenían un “grupo económico especial” y secreto. Además, existe la importante división respecto a la participación o no en la Duma (pre-parlamento). Los bolcheviques –con la única excepción de Lenin– se opusieron a la participación y los mencheviques, a favor. Pero lo más importante es que parte de los mencheviques, encabezados por Plekhanov, iniciaron pronto una teorización sobre el necesario período de reflujo y reacción que derivaría de la derrota, la cual, para minimizar daños, justificaría una política adaptada a la oposición liberal-burguesa a la monarquía. Durante los años de reacción, una parte significativa de los mencheviques, renegando de los métodos de la insurrección armada, iniciaron un camino decidido hacia la democracia liberal (contra lo que los bolcheviques lucharon y vencieron). Rosa Luxemburgo comenzó entonces a distanciarse de los mencheviques y a reaproximarse a Lenin. En junio de 1906, defendió a Lenin contra Plekhanov, que nuevamente acusaba a aquel de “blanquismo” (ver su texto “Blanquism and Social Democracy”, disponible digitalmente en <https://www.marxists.org/archive/luxemburg/1906/06/blanquism.html>, acceso en mayo de 2018). Ya en el congreso de mayo-junio de 1907 del POSDR fue visible la diferencia entre sus dos fracciones. Trotsky comenta sobre el rasgo vergonzoso, escéptico, desvinculado, de desprecio por el partido, por toda perspectiva amplia y por sí mismos, presente en la figura de los mencheviques, mientras que los bolcheviques se caracterizaban por sus vínculos, su fé en el futuro, su audacia, su “patriotismo de partido” y su carácter militar. Ver MARIE, J.-J., Lenin, op. cit., p. 94.

[14] Curiosamente, Luxemburgo inicia su libro relativamente a favor de los bakuninistas cuando surge la polémica de éstos con Engels respecto de la “huelga general”. Con ello, tenemos quizás la primera de varias críticas de Luxemburgo a Engels. La revolucionaria verá cada vez más en determinadas posiciones del último Engels (década de 1890) la raíz de parte de las posiciones dicotómicas y simplistas de la socialdemocracia alemana. Véase, por ejemplo, el discurso de Luxemburgo sobre programa y coyuntura política, en el Congreso de Fundación del Partido Comunista Alemán (KPD), el 31 de diciembre de 1918, en el cual retornan sus críticas al programa dicotómico de Erfurt y ella se posiciona relativamente contra Engels. De ahí adviene la tradición comunista alemana crítica a Engels, que después ganó mayor expresión filosófica.

[15] LUXEMBURGO, R. Greve de Massas, partido, sindicatos. São Paulo: Kairós, 1979, pp. 30-31. Las primeras cursivas son nuestras. Las segundas, de ella.

[16] Ibidem, p. 35.

[17] Ibidem, p. 39.

[18] Ibidem, p. 42.

[19] Ibidem, p. 45.

[20] Ibidem, p. 46.

[21] TROTSKY, L. “El consejo de los diputados obreros y la revolución”, in BROSSAT, A. op. cit., p. 261.

[22] ATAS DO SEGUNDO CONGRESSO DO POSDR (1903), São Paulo: Editora Marxista, 2015 vol. II. XXII Sessão, p. 88.

[23] LENIN, Um passo em frente, dois passos atrás. São Paulo: Alfa-ômega, 1986, p. 261.

[24] TROTSKY, L., Nuestras tareas políticas (1904), disponible digitalmente en <https://www.marxists.org/espanol/trotsky/eis/1904-nuestras-tareas.pdf>, acceso em 14 de Mayo de 2018.

[25]  Por parte de Luxemburgo, el tema de la dirección fuerte se convirtió casi en una obsesión en sus últimos escritos, sobre todo a medida que se manifestó la impotencia de los revolucionarios alemanes ante la revolución alemana de 1918/19. El “espontaneísmo”, en tal revolución, ni de lejos dio cuenta de la situación, y el revés del proceso resultó en el asesinato de la propia Luxemburgo (junto con Karl Liebknecht) por la social-democracia. Basta leer los pequeños artículos de la autora poco antes de su asesinato, sobre la necesidad de dirigentes. Trotski, por su parte, recayó incluso en un “ultra-centralismo” (entre 1919 y 1921), contra lo que Lenin protestó. Trotsky, tras la derrota de las revoluciones en Alemania, en China y en España, pasó a dar más atención a la cuestión del partido, sacando la conclusión de que era un supuesto (condición) para que las masas trabajadoras tomaran y mantuvieran el poder. El tema fue recurrente también en sus textos para la fundación de la Cuarta Internacional.

[26] Aunque, para efectivarla, Lenin tuvo que luchar contra los hombres de aparato de su propio partido, empezando por Kamenev y Stalin, que en febrero de 1917 defendían la entrada en el gobierno provisional junto con los mencheviques y escribían en el periódico oficial del partido, Pravda, a favor de la fusión con los mencheviques. Lenin fue entonces acusado de “trotskismo”, por llegar a ser abiertamente adepto de la fórmula de la “revolución permanente” y por asociarse a la idea de soviets como sistema de gobierno.

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