Frente Único: de táctica revolucionaria a coartada oportunista

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Por Diego Rotstain y Daniel Monnet

A lo largo del siglo XX, la noción de frente único obrero experimentó una profunda transformación. Concebida en los primeros cuatro congresos de la Internacional Comunista (Comintern) como una táctica orientada a la conquista del poder por la clase trabajadora, esta herramienta de unidad fue progresivamente desnaturalizada hasta perder su sentido estratégico. De instrumento para intervenir en la lucha de clases en situaciones adversas, la idea de frente —ya despojada de su carácter obrero— pasó a erigirse en bandera de alianzas reformistas y, finalmente, en coartada del oportunismo electoral. El punto de inflexión estuvo marcado por la política frentepopulista impulsada por el estalinismo, que promovió la colaboración con sectores de la burguesía en detrimento del objetivo central: conquistar la hegemonía obrera en la perspectiva de la revolución socialista. Tal tergiversación llevó a no pocas corrientes de izquierda a desechar la táctica en su conjunto, confundiéndola con la desviación burocrática y “arrojando al bebé con el agua sucia”; es decir, descartando también la formulación original del frente único al identificarla de inmediato con su deformación estalinista.

En sus orígenes, la Internacional Comunista (Comintern), bajo la dirección de Lenin y nutriéndose significativamente de las elaboraciones de Paul Levi, formuló la táctica del frente único. Esta política de unidad de acción, diseñada para aglutinar a comunistas, socialdemócratas y anarquistas, buscaba reforzar la cohesión del proletariado en torno a reivindicaciones inmediatas y defensivas frente a la ofensiva burguesa. En un primer momento, esta política no se proponía la toma inmediata del poder, sino ganar a la mayoría de la clase trabajadora para la lucha, elevar su conciencia y demostrar en la práctica la superioridad de las vanguardias comunistas. Levi, en particular, insistió en la necesidad de que los comunistas salieran de su aislamiento sectario y participaran activamente en las luchas cotidianas de las masas, incluso cuando estas fueran dirigidas por otras fuerzas obreras, para así influir y dirigir desde dentro. Esta táctica estaba indisolublemente ligada a la perspectiva estratégica del doble poder proletario: disputar la dirección de la sociedad y, en última instancia, liquidar a la burguesía. En ello residía su esencia dialéctica. Articular la lucha por demandas inmediatas con el horizonte de la revolución socialista.

El ascenso del fascismo en Europa y la consolidación de Stalin en la URSS marcaron un viraje decisivo. En 1935, el VII Congreso de la Comintern adoptó la política de “Frente Popular”, que propugnaba alianzas no solo con fuerzas obreras, sino también con partidos burgueses presentados como democráticos o antifascistas. Bajo el pretexto de frenar al fascismo y defender a la URSS, esta orientación subordinó los objetivos revolucionarios del proletariado a los intereses de la burguesía liberal y, en última instancia, a la política exterior soviética.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el frentepopulismo interclasista se consolidó como línea general de los partidos comunistas bajo la égida de Moscú. En el marco de la “coexistencia pacífica” con las potencias imperialistas, el PCUS buscaba evitar estallidos revolucionarios que alteraran el equilibrio establecido en Yalta y Potsdam.

En Asia y África, el apoyo soviético a los movimientos de liberación nacional fue, la mayor parte de las veces relevante, pero siempre condicionado a que estos no sobrepasaran los límites de la llamada “revolución democrático-burguesa” ni escaparan de la órbita de influencia de la URSS.

La revolución china de 1949 constituye un ejemplo paradigmático. Pese a la política de colaboración con el Kuomintang promovida por la Comintern, los comunistas lograron imponerse como dirección reconocida por obreros y campesinos. Sin embargo, el atraso económico, el peso del proceso de liberación nacional y las vacilaciones centristas de su dirigencia impidieron la plena realización de las aspiraciones socialistas. Fue, en esencia, una revolución democrática de nuevo tipo; distinta de las revoluciones burguesas clásicas, pero limitada en su capacidad de abrir paso al socialismo, tanto por su carácter como por sus límites eminentemente nacionales.

El eco de esta experiencia marcó a buena parte de la izquierda latinoamericana. En el Perú, influyó en la constitución de los programas de organizaciones marxistas de masas, aunque su traslación mecánica derivó en distorsiones dramáticas. El PCP-SL la llevó a un militarismo suicida; otras corrientes, carentes de un análisis riguroso de la realidad nacional, oscilaron entre un discurso clasista y el reformismo.

En este contexto, la táctica del frente quedó completamente desvirtuada. Ya no se trataba del frente único obrero de los cuatro primeros congresos de la Internacional, sino de un frente subsumido en una estrategia etapista que apostaba al desarrollo del capitalismo y a las alianzas con sectores burgueses. De este modo, terminó reducida a un mecanismo para justificar acuerdos con la burguesía, sin contribuir al desarrollo de la conciencia ni a la organización proletaria.

En Perú, la política frentista, asumió un marcado sesgo electoral, que fue paulatinamente dejando de lado la unidad de acción en el seno del movimiento obrero. Una degeneración notable se registró en 1985, cuando Izquierda Unida fue derrotada en las elecciones, facilitando así el ascenso del APRA al poder. La posterior desintegración de Izquierda Unida, exacerbada por profundas pugnas internas, significó el divorcio definitivo de la izquierda institucional con una estrategia anclada en las luchas concretas de la clase trabajadora. Para finales de los años ochenta, gran parte de sus líderes habían renegado de sus discursos marxistas, optando por el oenegismo o abrazando abiertamente la socialdemocracia, mientras que otros, aun identificándose como marxistas, instrumentalizaron la tradición revolucionaria como mero lenguaje para su oportunismo electoral.

Ahora bien, todo balance serio debe situar estas derivas en el marco de las transformaciones del capitalismo mundial. La fragmentación del movimiento obrero —producto de los cambios en la división internacional del trabajo y en los procesos técnicos— debilitó sectores estratégicos como el proletariado minero en el Perú. Ignorar estas condiciones objetivas conduce a una crítica moralista e insuficiente de las direcciones obreras.

A pesar de ello, es posible afirmar que, desde hace décadas, la izquierda peruana ha convertido la política de frentes en una caricatura de lo que alguna vez fue. Lo que en los años veinte fue un instrumento para organizar al proletariado contra el capital, hoy sirve de cobertura para pactos oportunistas con sectores burgueses.

José Carlos Mariátegui y el partido que fundó asumieron la táctica frentista en consonancia con los principios que orientaron los primeros años de la Internacional. En contraste, las apelaciones actuales de la izquierda peruana a la unidad y los llamados frentistas —cuando se citan expresiones suyas como “el movimiento clasista, entre nosotros, es aún muy incipiente, muy limitado, para que pensemos en fraccionar y escindir”— suelen desatender el contexto histórico en que el Amauta pronunció esas palabras. Son por ello una vil falsificación.

En el electorerismo contemporáneo, toda iniciativa organizativa queda supeditada a los fines estrechos de la disputa electoral. En este marco, la figura de Castillo —presentado como caudillo del que dependen las libertades políticas— opera como una plataforma para alianzas tan amplias como ilusorias, sostenidas en nociones vagas de “democracia” y “justicia social”, carentes de un contenido programático, relacionado a la disputa del poder y a la organización de la clase obrera y el pueblo. Los llamados a la acción conjunta en defensa de reivindicaciones inmediatas cuando existen, están también subordinados, con excepciones marginales, a la consecución de cupos electorales.

Conviene recordar que la política de frente único surgió en 1921, durante el III Congreso de la Comintern, como respuesta a tres necesidades concretas: 1) enfrentar las demandas inmediatas del proletariado, 2) contrarrestar la unidad burguesa, organizada en el Estado, frente a la dispersión de la clase obrera, y 3) recomponer la fuerza del movimiento comunista tras el fracaso de la revolución alemana. Un siglo después, la pregunta es inevitable: ¿puede esta táctica recuperar su sentido original en el Perú o seguirá reducida a un simple recurso para perpetuar el oportunismo?

Recuperar el frente único en su sentido original exige romper con esa tradición deformada. Supone repensarlo no como un atajo hacia la institucionalidad burguesa, sino como táctica subordinada a una estrategia revolucionaria, capaz de articular las reivindicaciones inmediatas de las masas con la lucha por el poder obrero. En un escenario marcado por la fragmentación del proletariado y la claudicación de las direcciones tradicionales, la tarea de la vanguardia no puede limitarse a la denuncia moral. Se trata de reconstruir, desde las luchas concretas, la organización, la conciencia y la confianza de la clase en su propia fuerza.

El frente único, en su formulación leninista, conserva plena vigencia. No como fetiche ni como coartada, sino como arma táctica para reagrupar al proletariado en un combate que no puede detenerse en los límites del parlamentarismo, sino que debe abrir paso a la revolución socialista. Solo en ese horizonte la unidad dejará de ser un cálculo electoral para convertirse nuevamente en un momento decisivo de la lucha histórica por la emancipación de los trabajadores. Los sectores verdaderamente comprometidos con la superación del capitalismo deben reapropiarse de estas armas programáticas como parte esencial del proceso de constituirse en direcciones efectivamente revolucionarias.

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