El doble legado de Vargas Llosa

Hombre sujeta sobrero que indica grado académico.
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Por Sebastián Sarapura Rivas

El legado de Mario Vargas Llosa no se limita a su brillante obra literaria. Su intensa labor como escritor transcurrió en paralelo a una participación política igualmente activa. Al tomar conciencia de la profunda miseria que azotaba a la sociedad peruana, asumió —como la inmensa mayoría de los intelectuales de su generación— una posición política de izquierda y simpatía por el marxismo. Fue así que, bajo la dictadura militar del general Manuel Odría (1948–1956), y todavía como estudiante de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), decidió acercarse al Partido Comunista Peruano (PCP), entonces alineado con la ortodoxia estalinista. Elementos de esta experiencia, de hecho, aparecerían retratados en una de sus obras más notables: Conversación en La Catedral.

Su disgusto por el realismo socialista en el arte y su fascinación por la obra de Jean-Paul Sartre, entre otros factores, le impidieron sentirse plenamente cómodo en las filas del PCP. Según sus propias palabras, el vínculo orgánico con el partido no se extendió más allá de un año. Sin embargo, el alejamiento de esta organización y de sus posiciones ideológicas no implicó una ruptura inmediata con las ideas de izquierda. Hasta comienzos de la década de 1970, el escritor manifestaba su apoyo irrestricto a la Revolución Cubana, la cual —afirmaría retrospectivamente en diversas entrevistas y conferencias— representaba, para muchos jóvenes inconformes de su generación, la posibilidad de un socialismo despojado de los rasgos autoritarios que caracterizaban la experiencia soviética.

Ese apoyo a la revolución, no obstante, comenzaría en esa misma época a tornarse más escéptico. Un punto de inflexión, según el propio escritor, fue la prisión del poeta cubano Heberto Padilla, en 1971, acusado de participar en actividades contrarrevolucionarias. Vargas Llosa, junto a otros intelectuales, firmó una carta dirigida a Fidel Castro, exigiendo la liberación del poeta y manifestando su preocupación por el resurgimiento de una “peligrosa deriva sectaria” en el seno de la revolución. Aunque el propio Vargas Llosa considera este episodio como un momento decisivo en su alejamiento no solo de la Revolución Cubana, sino de la izquierda en general, lo cierto es que, al menos hasta 1971, sostenía que sus críticas a Fidel Castro sobre el “caso Padilla” no debían interpretarse como un acto hostil hacia las “formidables realizaciones de la revolución”.

Su giro político, pocos años después —sobre el cual abundan especulaciones—, parece tener poco que ver con un proceso de reflexión profunda y autocrítica, considerando la rapidez del cambio y la radicalidad de la virada que caracterizarían sus frecuentes intervenciones públicas en defensa del liberalismo y de políticos de derecha en los años siguientes.

Vargas Llosa estuvo lejos de limitarse a la condición de propagandista de las ideas liberales. Ignorando las recomendaciones de su círculo más cercano, el escritor se lanzó, a finales de los años 1980, en una ambiciosa empresa: postularse a la presidencia del Perú. Esta experiencia fue narrada en El pez en el agua, autobiografía que revela los bastidores de su derrota electoral. Vargas Llosa pasó de la oposición férrea a la estatización del sistema bancario promovida por el gobierno de Alan García en la segunda mitad de los años 1980, a la defensa pública de una “terapia de choque” económica durante la campaña de 1990. Ya entonces declarado admirador de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, pretendía aplicar el credo neoliberal como solución “realista” frente al “fracaso del estatismo” en el Perú. Esa brutal honestidad —que no disimulaba los métodos por los cuales se desencadenaría un ataque contra la clase trabajadora y el pueblo peruano— fue, sin duda, uno de los principales motivos de su derrota electoral.

La derrota no significó de ningún modo su alejamiento de la política. Continuó, a lo largo de los años, interviniendo en favor de líderes políticos que consideraba más capacitados —es decir, más alineados con las políticas neoliberales—, justificando posiciones muchas veces poco democráticas y, en algunos casos, francamente fascistizantes. Candidatos presidenciales de partidos de la derecha latinoamericana más retrógrada, e incluso el monarca español acusado de crímenes fiscales, fueron defendidos por el escritor peruano. A pesar de haberse opuesto durante más de una década a las candidaturas de Keiko Fujimori —ultraderechista e hija del exdictador peruano que lo derrotó en las elecciones de 1990—, en 2022 convocó el voto a su favor ante la “amenaza totalitaria” que identificaba en el profesor Pedro Castillo. A esta posición suman el apoyo a figuras como Jair Bolsonaro y José Antonio Kast, ambos apologistas de las atrocidades cometidas por las dictaduras de Brasil y Chile, respectivamente. Más recientemente, el Premio Nobel tampoco dudó en darle su respaldo a Dina Boluarte, incluso después de la brutal represión que ejerció su gobierno entre 2022 y 2023, y que, como se sabe, dejó más de cincuenta víctimas fatales y múltiples heridos.

La opción por el “partido del orden”, que caracteriza la mayor parte de su actuación política, parecería contrastar con la genialidad demostrada al retratar los conflictos inherentes a las sociedades de clases y, más específicamente, las miserias de la sociedad burguesa latinoamericana. El escritor nos legó, solo por citar un ejemplo, obras como La guerra del fin del mundo, su primera novela histórica situada fuera del Perú, que trata sobre la Guerra de Canudos en el noreste brasileño. El relato describe magistralmente el enfrentamiento entre los campesinos liderados por Antônio Conselheiro y los militares que defendían el poder de los terratenientes. Las incuestionables capacidades literarias de Vargas Llosa forjaron una obra que, como toda buena literatura, contribuye al desarrollo de una conciencia crítica sobre la realidad, independientemente de que esa haya sido o no la intención original de su autor. En el futuro, la sinuosa y lamentable trayectoria política de Vargas Llosa será, si no olvidada, entendida como un hecho secundario frente a la genialidad y grandeza de una obra en la que la ingenuidad (o la hipocresía) liberal no tiene cabida.

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