Contribución anónima de una trabajadora rusa
El conflicto entre Rusia y Ucrania tiene raíces profundas y multifacéticas. Las tensiones entre ambos países se remontan a la disolución de la Unión Soviética, de la que formaron parte como repúblicas que convivieron estrechamente. Sin embargo, estas tensiones no pueden reducirse únicamente a divergencias políticas o nacionales; subyacen también intereses económicos, vinculados a actividades empresariales, extractivas y financieras que involucran no solo a Rusia y, en menor medida, a Ucrania, sino también a otros actores internacionales. Estos incluyen tanto países del llamado Occidente como naciones orientales, cuyo protagonismo ha crecido con la expansión económica de China. Además, resulta fundamental considerar la dimensión militar y estratégica del conflicto: desde la perspectiva de seguridad nacional rusa, la expansión de la OTAN hacia sus fronteras representa un desafío de primer orden.
Cuando la fase más intensa del conflicto estalló hace ya más de dos años, la narrativa dominante en la sociedad rusa sostenía que «esto» —como se denomina oficialmente debido a la nueva legislación que prohíbe llamarlo guerra— sería una operación militar especial de corta duración. Un par de semanas, o como mucho un mes, bastarían para concluirla. La noción de que una operación militar debe resolverse rápidamente alimentaba esta expectativa. Sin embargo, la realidad demostró ser mucho más compleja. En septiembre de 2022, tras más de medio año de conflicto, comenzó una movilización obligatoria de hombres para el ejército, lo que desató una significativa ola migratoria como respuesta al creciente descontento social.
La experiencia poco agradable enseñó que era mejor atraer a los voluntarios ofreciéndoles sumas significativas de dinero para que se arriesgasen la vida. Si sobreviven sin herirse, continuarán su vida como héroes con privilegios. Si mueren, mueren como hombres dignos. Si sobreviven con discapacidades, tendrán condecoraciones y algún apoyo económico de parte del gobierno. Y en todos los casos tendrán la posibilidad de ganar medios para sostener a sus familias, mejorar las condiciones de vivienda, dar educación a sus hijos y pagar las deudas y créditos que en Rusia siguen creciendo sin parar. Aun si vuelven en un ataúd, no será en vano, y sus viudas tendrán más chances para volver a casarse por tener más bienes dotales gracias a las remuneraciones de sus esposos caídos en el frente. Este es el aspecto económico. En cuanto a la faceta ideológica, se les instaba a creer que luchaban contra «nazis ucranianos», a pesar de que, ni siquiera en 2014, durante la crisis de Crimea, la presencia de grupos nazis en Ucrania era tan significativa como se ha intentado presentar en los medios rusos desde febrero de 2022.
En agosto de 2024, las fuerzas militares ucranianas ingresaron en la región de Kursk, un territorio históricamente considerado ruso. Resulta complejo entender cómo algo tan inesperado pudo ocurrir, dado que los habitantes de Kursk creían que las fuerzas de defensa de Rusia estaban completamente preparadas para proteger su territorio y su gente. Sin embargo, tras unos momentos, algunos de ellos comenzaron a ver sus casas en llamas. Pronto se vieron obligados a evacuar. Lo que parecía algo insólito se convirtió en una nueva realidad, una que gradualmente se asumió como parte de la normalidad, ya que la situación no terminó, como se había esperado, en un par de semanas ni en un mes.
Ante esto, surge la pregunta de quienes observan con escepticismo: ¿Qué sigue ahora? ¿Otro reclutamiento de hombres? ¿Acaso queda suficiente gente disponible? Es importante recordar que el país atraviesa una grave crisis demográfica, que parece aún más aguda que la de los años 90, cuando tener hijos se consideraba un lujo. ¿Se aumentarán los salarios de los combatientes voluntarios para atraer a más hombres endeudados, desesperados y sumidos en la depresión por una situación económica marcada por salarios bajos e inflación elevada?
Tanto dolor, tanto sufrimiento, tantas mutilaciones y muertes. Muertes de hijos, cónyuges y padres de familias trabajadoras que, toda su vida, han luchado por el pan de cada día, sin robar, violar ni explotar a nadie. Mientras tanto, ¿se reclutarán los hijos de los gobernantes y empresarios —los mismos que planificaron y tomaron la decisión de emprender esta aventura imperialista— en las filas del ejército? Seguramente no.
Este conflicto parece no tener fin. Puede que termine en algún momento, pero tarde o temprano surgirá otro, en algún lugar lejano, como el Congo o Perú, con el mismo saldo doloroso: la muerte de trabajadores sacrificados en nombre de los intereses de los poderosos. No tendrá fin, a menos que el sistema de relaciones cambie radicalmente, y los trabajadores, despertando de sus sueños engañosos, se unan para defender su dignidad.




