La Revolución Cultural y el fin del maoísmo

Por Francisco Martins Rodrigues (1927-1928)

Traducción realizada a partir de la versión original en portugués disponible en: https://www.marxists.org/portugues/rodrigues/1988/02/fim.htm#r5

En 1969, el IX Congreso del Partido Comunista de China proclamaba el triunfo definitivo de la Gran Revolución Cultural Proletaria y la derrota en toda la línea de la “pandilla” de Liu Shaoqi, Deng Xiaoping y del “puñado de seguidores de la vía capitalista”. China —aseguraba el Congreso— no cambiaría de color, como había ocurrido con la Unión Soviética.

Sin embargo, a lo largo de los años siguientes, la política interna y externa china fue desplazándose de manera cada vez más pronunciada hacia la derecha, entre oscuros ajustes de cuentas, hasta que la liquidación de la “Banda de los Cuatro” y el posterior regreso de Deng Xiaoping al poder no dejaron ya lugar a dudas sobre quién había ganado la batalla. La burguesía se revelaba, una vez más, con mayor fuerza. La Revolución Cultural había sido un gran fracaso. Y con este fracaso no se derrumbaba solo la revolución china, sino toda la corriente marxista-leninista internacional de los años sesenta.

La Revolución Cultural y el fin de la corriente marxista-leninista

Por todo el mundo, los maoístas se sintieron víctimas de un gigantesco engaño. ¿Qué había sido de la invencible conciencia de los obreros y campesinos, armados con el pensamiento maoísta? ¿Para qué habían servido los tempestuosos movimientos de masas de 1966/67, esa “nueva etapa de la lucha de clases bajo la dictadura del proletariado”, si, al fin y al cabo, de todo ello emergía el revisionismo, aún más virulento que el de la Unión Soviética?

Muy pronto, quienes habían creído con mayor fervor en la perspicacia infalible del “Gran Timonel” se convirtieron en los más amargos detractores de la Revolución Cultural y de Mao. Las multitudes que agitaban el librito rojo habían sido pura y simplemente manipuladas. La idílica “solución de las contradicciones en el seno del pueblo” se había saldado con feroces combates y muchos miles de muertos. La burguesía nunca había sido seriamente golpeada. El maoísmo era un bluff monumental.

Enver Hoxha expresó este desencanto al declarar con escarnio, en 1978, que la Gran Revolución Cultural Proletaria no había sido “ni revolución, ni cultural, ni proletaria”. Mao no había pasado nunca de ser un nacionalista campesino, un falso marxista alimentado en la vieja filosofía china; el PC de China era una amalgama de cliques que se guerreaban a la sombra de la “lucha entre dos líneas”; los Guardias Rojos, bandas anárquicas de estudiantes fanatizados. La supuesta lucha entre la línea proletaria y la línea burguesa se había reducido a una tenebrosa disputa por el poder entre facciones rivales de la burocracia y de las jefaturas militares.

Así, los exmaoístas enterraron el sueño de la Revolución Cultural. Solo que esta crítica “marxista-leninista” de última hora retomaba casi punto por punto las acusaciones formuladas años antes por los soviéticos. ¿No habían denunciado ellos la Revolución Cultural como la “arbitrariedad de la turba, instigada por la camarilla nacionalista de Mao”, y la campaña antiderechista como una cortina de humo al servicio de la consolidación de una dictadura burocrático-militar? ¿No habían criticado el maoísmo como una deformación del leninismo y previsto que el extremismo chino desembocaría en un entendimiento con el imperialismo?

Que los M-L llegasen a conclusiones semejantes a las de los soviéticos era motivo para reflexionar. Porque la URSS, detrás de toda la retórica de principios, atacaba en realidad a Mao por haber puesto en cuestión el aparato del partido y el orden “socialista”. Le parecía monstruoso que se llamase a las masas a “hacer fuego contra el cuartel general”; que, tras la toma del poder, se apelase a la continuación de la lucha de clases (no solo en la ideología, sino en las calles); que se dijese a las masas que el partido comunista podía cambiar de color.

Este horror a la subversión y al “desorden”, que constituía el verdadero trasfondo de la crítica soviética, fue adoptado por los dirigentes albaneses y por sus discípulos.

Así, cuando era preciso averiguar qué le había faltado al maoísmo para llevar la revolución más adelante, lo condenaron por haber osado desencadenar el tumulto; cuando era preciso superar el maoísmo por la izquierda, lo repudiaron por la derecha.

No es de extrañar, por tanto, que, tras haber excomulgado la Revolución Cultural y haberse purificado de sus pecados maoístas, la corriente M-L, en lugar de adquirir un renovado vigor revolucionario —como había proclamado a los cuatro vientos—, se haya hundido, por el contrario, en un mezquino progresismo pequeñoburgués reformista, cada vez más difícil de distinguir del revisionismo.

Al negarse a tomar conocimiento de uno de los movimientos revolucionarios más vastos y avanzados de nuestra época, reduciéndolo a las proporciones de un tumulto caótico, los partidos M-L cortaron las ya débiles amarras que los ligaban al marxismo. En vez de enriquecerse con lo nuevo que la Revolución Cultural les aportaba, confundieron en una misma condena pedante a las fuerzas sociales antagónicas en conflicto. Dieron la espalda a las lecciones revolucionarias que les ofrecía la tragedia china y extrajeron de ella lecciones reaccionarias, del mismo modo que lo hicieron en todo el mundo la burguesía y la pequeña burguesía, tanto en Occidente como en Oriente. Y así pusieron punto final a la tímida redescubierta del marxismo que habían iniciado años antes.

Hoy se vuelve claro por qué la Revolución Cultural china marcó el apogeo y el comienzo de la agonía de la corriente M-L de los años sesenta.

Al romper con la restauración burguesa en la URSS, los comunistas chinos esperaban demostrar que su vía, más flexible —fundada en una mayor democracia de masas, en el enfrentamiento entre dos líneas en el partido, en la adhesión voluntaria del campesinado a la revolución, en la reabsorción gradual de la burguesía— conduciría a un avance más lento pero más seguro hacia el socialismo. Los errores de Stalin, de los que se evitaba hablar —la carrera hacia la industrialización y los excesos de terror a cuya sombra se había formado una nueva burguesía—, serían corregidos por la práctica.

Pero la vía china acabó revelándose tan vulnerable a la penetración burguesa como la vía soviética. Y a partir de ahí quedaban por explicar, no uno, sino dos grandes fracasos en la instauración de la dictadura del proletariado. Toda la carga del desastre de la URSS, que se creía posible superar con la nueva vía china, recayó con un peso redoblado sobre los hombros de los marxistas.

Puede parecer pesimista afirmar que la corriente M-L de los años sesenta terminó en la experiencia de la Revolución Cultural. Pero eso fue, en realidad, lo que ocurrió. A comienzos del siglo, los comunistas tenían un programa para la dictadura del proletariado y con él hicieron la revolución rusa. Hace veinte años creían estar rehaciendo ese programa en China, después del desastre de la URSS. Hoy no lo tienen. Y seguirán privados de él mientras no expliquen las causas sociales de la pérdida de la revolución en Rusia y en China.

Replegarse ante esta tarea dolorosa, intentar eludirla con pequeñas historias sobre los errores de Stalin y Mao o las traiciones de Jrushchov y Liu Shaoqi, equivale de hecho a dejar el terreno abierto a los dos únicos sistemas reales de la época actual: el capitalismo privado y su variante (¿temporal?) del capitalismo de Estado. Y si el futuro pertenece, con una necesidad cada vez más nítida, al socialismo, la historia del siglo XX demuestra que la dictadura de la burguesía sigue, pese a todo, funcionando, recuperándose de los golpes que se le asestan y reabsorbiendo los intentos de poder proletario.

En estas circunstancias, maldecir la proliferación desenfrenada del oportunismo y del reformismo en el movimiento obrero sirve de poco mientras los comunistas no superen la crisis del pensamiento revolucionario en la que se han dejado aprisionar y no formulen un nuevo programa, enriquecido, de la dictadura del proletariado. Además, los obreros no se adhieren a un proyecto de revolución cuyo objetivo no se sabe cuál es.

Lenin dijo una vez que

“nadie en el mundo puede impedir la victoria del comunismo, salvo los propios comunistas”.

Es tiempo de no seguir dando la razón a esta dura profecía.

Con este artículo no se pretende, obviamente, hacer la historia de la Revolución Cultural china, sino únicamente llamar la atención sobre un punto preciso: ¿qué llevó a los maoístas a proclamar la victoria en el exacto momento en que estaban perdiendo la batalla que habían desencadenado contra la derecha? Tal vez el esclarecimiento de este extraño engaño ayude a comprender mejor la revolución china y a desentrañar el hilo de clase del maoísmo. Esa será nuestra autocrítica por el apoyo que le brindamos.

Un socialismo a la rusa

Presentada inicialmente como una campaña educativa para el perfeccionamiento del socialismo, la Revolución Cultural fue en realidad la fase superior de una aguda lucha política que, desde el proceso de liberación, venía dividiendo al partido chino en dos alas. Y si Mao desencadenó las hostilidades a través de una polémica literaria no fue por amor a los florilegios, sino porque su posición en el Comité Central había llegado a un punto crítico.

La verdad es que, aunque por encima de toda contestación pública debido a su papel histórico y al inmenso prestigio del que gozaba entre el pueblo, Mao iba perdiendo terreno como dirigente del partido y del Estado. Sus concepciones de profundización ininterrumpida de la revolución aparecían a un sector creciente de los cuadros comunistas como una fantasía teórica, inaplicable a la construcción del socialismo y cargada de peligros. Existía una lucha entre dos líneas, centrada en la cuestión: ¿seguir o no el modelo soviético?

Diez años antes, con la colectivización general de la agricultura y la nacionalización de los sectores dominantes de la industria y de los servicios, la China Popular había anunciado su entrada triunfal en la etapa de la revolución socialista.

A fines de 1956, los sectores estatal y cooperativo abarcaban dos tercios de la industria, quedando el resto constituido por empresas mixtas y por un porcentaje insignificante de empresas privadas; la casi totalidad de las explotaciones rurales había sido agrupada en 740 mil cooperativas de tipo superior, sin recurrir a la represión masiva que se había dado en la Unión Soviética; el primer plan quinquenal marcaba el ritmo de un crecimiento económico acelerado; la elevación espectacular del nivel de vida del pueblo, la ampliación de los derechos democráticos, la emancipación de la mujer y de las nacionalidades oprimidas, la nueva cultura de masas, convertían a la China Nueva en un faro para el movimiento de liberación nacional.

Sin embargo, estas victorias históricas solo podían confundirse con una revolución socialista en virtud de la creencia de que el control del poder por el partido comunista, ejercido en nombre de la clase obrera, garantizaba el avance hacia el socialismo. La verdad es que la dictadura del proletariado no pasaba de ser una consigna propagandística. Desde que China había tomado el camino de la Nueva Democracia, no existían, ni siquiera en esbozo, soviets obreros. Detrás de los brillantes éxitos alcanzados, la base social del régimen seguía siendo la dictadura democrático-popular: un reparto inestable del poder entre los campesinos pobres, la pequeña burguesía, la clase obrera y la burguesía “patriótica”.

Y lo peor es que esta “alianza de las cuatro clases” se inclinaba cada vez más hacia el lado de la burguesía. Todas las soluciones de compromiso que el maoísmo se había visto obligado a adoptar a causa del tremendo atraso de las fuerzas productivas y de las relaciones de clase —y que habían permitido las espectaculares victorias de los años precedentes— pesaban ahora como una yunta asfixiante sobre la revolución.

La incorporación masiva al nuevo régimen de técnicos, funcionarios, administradores, oficiales del ejército e intelectuales “recuperados” del Kuomintang y ganados para la revolución a costa de altos salarios; la integración de los antiguos capitalistas “nacionales” en la gestión de las empresas de las que habían sido expropiados, con cuantiosas indemnizaciones y participación en los beneficios; la invasión del partido por la pequeña burguesía, ansiosa de obtener su parte del poder; el abismo que seguía existiendo entre la élite dirigente y los trabajadores manuales; la consolidación de rígidas jerarquías en las empresas, en el ejército y en el Estado: todo ello convertía en simbólico el poder de los trabajadores. El partido había comprado la adhesión de la burguesía “nacional” y de la pequeña burguesía, pero estas no se contentaban con las fabulosas sumas embolsadas: querían el poder.

Bajo la euforia “socialista” oficial, la dirección efectiva de la sociedad se concentraba en manos de la capa burocrática y tecnocrática, entrelazada con el núcleo compacto de los burgueses “patrióticos”, que gobernaban en nombre de la clase obrera. Concluidas las tareas antifeudales y antiimperialistas de la revolución, esta burguesía roja se oponía resueltamente a todo aquello que pusiera en cuestión sus privilegios. Aceptaba el “socialismo” siempre que este se tradujera en capitalismo de Estado; aceptaba la “dictadura del proletariado” siempre que se preservara su propia tutela sobre obreros y campesinos; aceptaba el papel dirigente del partido comunista, siempre que este sirviera a sus intereses.

Así, la China Popular evolucionaba de manera irresistible hacia una reedición del modelo de la Unión Soviética.

Con el VIII Congreso del partido, en 1956, la tendencia burguesa, apoyada en el giro a la derecha de la URSS, cristalizó en una fuerte corriente en el interior del partido, encabezada por Liu Shaoqi, uno de los dirigentes más prestigiosos del partido.

Su línea ortodoxa —prioridad a la industria pesada, la técnica en el puesto de mando, mayor eficacia económica, todo ello, naturalmente, para “crear una sólida base para la edificación socialista”— conducía en línea recta al fortalecimiento y a la libertad de acción de la burguesía: apoyo en los incentivos materiales, mayor autoridad para los técnicos y los dirigentes económicos, garantía de los privilegios de los capitalistas, libertad de mercado en el campo, expropiación de cualquier parcela de poder de la clase obrera. Era el mismo espejismo que había llevado a la Unión Soviética a hundirse en el capitalismo de Estado “para llegar más rápido al socialismo”.

“En el curso de la transformación socialista —escribía Liu en septiembre de 1956—, la alianza de la clase obrera con la burguesía nacional desempeñó un papel positivo en la educación y la remodelación de los elementos burgueses. En el futuro podremos continuar este trabajo de unión, educación y remodelación, para que puedan poner sus conocimientos al servicio de la construcción socialista. Como se ve, es incorrecto considerar esta alianza como una carga inútil”.[1]

La escala salarial que, durante la lucha de liberación, había asegurado un cierto igualitarismo, fue ampliada. Según una resolución del Consejo de Estado del 31 de agosto de 1955, se estableció “un nuevo sistema salarial, para facilitar la edificación del socialismo”. De acuerdo con la nueva tabla oficial, el abanico iba desde 23/24 yuanes para un trabajador no calificado hasta 263 yuanes para los directores de fábrica y 600 yuanes para el jefe del Estado.[2]

Incluso entre los obreros era necesario acentuar las diferencias para estimular la productividad. En junio de 1956 se adoptó en la industria una escala salarial de ocho grados, basada en la remuneración por tarea y en el sistema de primas.

“Esta revisión erradicará definitivamente el igualitarismo y la confusión que reinan en el sistema actual y será un factor importante para el cumplimiento anticipado del I Plan Quinquenal”, escribía el periódico de los sindicatos.[3]

En el ejército se adoptó, en la misma época, una nueva escala de sueldos y se restablecieron los rangos, galones e insignias. La argumentación era similar:

“Todos los oficiales deben llevar galones e insignias, de modo que resulte evidente la distinción entre los oficiales y las demás graduaciones, así como entre las diferentes ramas de las fuerzas armadas. Esto no dará lugar a ningún conflicto entre oficiales y soldados, porque sus intereses son los mismos”.[4]

Un amigo de China registraba en 1962 que el sueldo de un teniente era diez veces superior al de un soldado, y el de un general cien veces mayor.[5]

La lógica “marxista” que servía de fundamento a estas medidas era la misma que los soviéticos se encargaban de propagar: una vez asegurado el nuevo poder y nacionalizada la propiedad, la tolerancia hacia los privilegios no solo no entrañaba peligro alguno, sino que constituía un motor indispensable para la edificación del socialismo.

Mao vacilaba y contemporizaba de manera evidente. Con la campaña de las “cien flores” y el artículo “Sobre la justa solución de las contradicciones en el seno del pueblo”, intentó limitar las concesiones al liuchaochismo poniendo el acento en la necesidad de la reeducación ideológica de la burguesía y de los cuadros. Era un arma débil, precisamente cuando comenzaba a emerger un antagonismo decisivo entre proletariado y burguesía.

En esta moderación pesaba sin duda el temor a una ruptura con los soviéticos, quienes multiplicaban las presiones para lograr un alineamiento franco con las nuevas tesis de su XX Congreso. Los dos artículos publicados entonces por Mao, en nombre del Comité Central —“Sobre la experiencia histórica de la dictadura del proletariado”—, que intentaban dar un tono más equilibrado al brusco viraje de Jrushchov, lo seguían en lo esencial (crítica ambigua a Stalin, rehabilitación de la experiencia yugoslava, distensión, etc.).

Pero la fuente de esta vacilación era interna. Al fin y al cabo, había sido el propio Mao quien había puesto en pie la política de la Nueva Democracia, basada en un entendimiento con la burguesía. Todo el lastre democrático-popular de la experiencia pasada de Mao le dificultaba percibir el nuevo carácter de la lucha de clases y lo empujaba a la concesión.

Sin embargo, el ala izquierda del partido chino disponía de sólidas reservas, acumuladas en veintidós años de guerra revolucionaria de una envergadura sin parangón, en las luchas de la reforma agraria, etc. Había aprendido a reconocer a la derecha bajo las más variadas máscaras “marxistas”. Asumía como herencia los aspectos más radicales del maoísmo y resistía su faz conciliadora. Era consciente, por el ejemplo soviético, del peligro de una restauración burguesa bajo el camuflaje del socialismo.

Finalmente logró convencer a Mao de la necesidad de una contraofensiva cuando la campaña de las cien flores reveló el ímpetu expansivo de las tendencias burguesas en todos los niveles de la sociedad, que ya no podían ser contenidas únicamente mediante medios “educativos”, tanto más cuanto que Liu Shaoqi y Deng Xiaoping, secretario general del Comité Central, se habían lanzado a conquistar el control sistemático del aparato del partido, del aparato económico, de los sindicatos, de la educación, de las organizaciones juveniles, de las mujeres, de los intelectuales, etc.

Durante los años siguientes (1958-1965), Mao se lanzaría a dos batallas sucesivas contra la derecha. No consiguió ganar ninguna de ellas.

Dos batallas perdidas

Con el “Gran Salto Adelante”, basado sobre todo en la iniciativa de las comunas populares en el campo, los maoístas intentaron atacar frontalmente la idea de que la economía solo podía avanzar a costa de los incentivos materiales, de la gran industria y de la libertad de mercado para la pequeña burguesía.

En un artículo de Zhang Chunqiao, futuro dirigente de la Revolución Cultural, publicado en el otoño de 1958, “Romper con las ideas del derecho burgués”, se argumentaba contra las nociones establecidas como indiscutibles por los liuchaochistas:

“Naturalmente, no negamos que las desigualdades propias del derecho burgués no puedan ser eliminadas de inmediato. Pero ¿acaso Marx defendió que el derecho burgués y la jerarquía burguesa, en lugar de ser destruidos, debieran ser sistematizados y profundizados?

El resultado de los ataques al viejo sistema de remuneración fue la creación de grandes diferencias en el nivel de vida entre los cuadros del partido (…) Sin duda, esto estimula; pero no es el entusiasmo por la producción lo que así se estimula, sino el entusiasmo por obtener fama y riqueza, el distanciamiento de las masas, la degeneración en burgueses derechistas”.[6]

Por entonces, el movimiento de las comunas, puesto en marcha por los agitadores maoístas, adquiría ya una envergadura irresistible, comparable a la de la reforma agraria años atrás.

Las comunas populares, formadas por la federación de las cooperativas anteriores y que englobaban a miles de familias, eliminaron las diferencias que se habían ido profundizando entre cooperativas ricas y pobres y obligaron en la práctica a los campesinos acomodados a contribuir en beneficio de los demás. Fueron abolidas las parcelas privadas y el derecho a vender en el mercado la producción familiar. Todo revertía a la comuna. Cantinas, lavanderías y guarderías gratuitas establecían una retribución del trabajo mucho más igualitaria. Además, la comuna no era solo una unidad económica, sino también una célula política.

Según la concepción maoísta, estaba llamada a afirmarse como una organización socialista de tipo superior, autosuficiente y capaz de contagiar con su ejemplo a las fábricas y al comercio. De este modo esperaban anegar a los tecnócratas. Era, en el fondo, la vieja táctica de “rodear las ciudades desde el campo”.

En la industria, donde la influencia de los liuchaochistas estaba más sólidamente atrincherada a través de los cuadros del partido y de los sindicatos, el “Gran Salto” tuvo resultados mucho más modestos; aun así, logró reducir la escala salarial y obligar, por primera vez, a los directores a tomar en consideración la voz de las asambleas plenarias de los trabajadores.

Aclamado por el Comité Central como una “marea irresistible del movimiento de masas a escala nacional” y consagrado por la prensa oficial como una innovación de alcance histórico, el Gran Salto Adelante estaba, sin embargo, condenado al fracaso. Para los derechistas no resultaba difícil demostrar la incongruencia de pretender llevar a los campesinos al comunismo cuando la economía no estaba preparada para ello. La supresión de los estímulos materiales y la distribución de los alimentos según las necesidades y no en función del trabajo realizado provocarían una caída de la producción. La creación de industrias artesanales improvisadas en las comunas carecía de valor económico alguno. Todo no pasaba de una suerte de “comunismo primitivo”.

No fue necesario esperar mucho. Muy pronto, los malos resultados agrícolas vinieron a confirmar las críticas y el movimiento entró en crisis, aunque no podía ser públicamente cuestionado, puesto que Mao había invertido en él toda su autoridad.

A partir de 1960, el Comité Central lanzó un “movimiento de rectificación” cuyo efecto fue reducir las comunas a una simple fachada. Las parcelas privadas, que en 1958 prácticamente habían desaparecido, ocupaban ya en 1964 entre el diez y el veinte por ciento de las tierras comunales y canalizaban una proporción aún mayor de la producción. En el campo volvieron a proliferar la diferenciación social, la venta ambulante y la usura. En 1962, Deng Xiaoping emitió una directiva que se hizo conocida como “las tres libertades y un contrato”: ampliación de los lotes de tierra para uso privado, libre venta en el mercado, derecho a ampliar las pequeñas empresas, y establecimiento de cuotas de producción familiares en lugar de cuotas por brigadas.

En las fábricas, también en nombre de la elevación de la productividad, se restableció el poder discrecional de los directores y la rivalidad entre los obreros mediante la carrera por las primas entre los equipos de producción.

El hecho es que, a partir de 1962, la recuperación de la producción industrial y agrícola, así como la mejora general del nivel de vida, consolidaron la posición de los liuchaochistas.

La derrota de Mao había quedado consagrada en la reunión del Comité Central celebrada en Lushan, en el verano de 1959, donde el mariscal Peng Dehuai, ministro de Defensa, cuestionó por primera vez abiertamente sus concepciones. Para lograr su destitución y su sustitución por Lin Biao, Mao tuvo que conceder a Liu Shaoqi y a Deng Xiaoping el control prácticamente total del partido y del aparato económico.

Los maoístas salieron de la batalla de las comunas populares aún más debilitados, pues su línea de profundización de la revolución se había revelado utópica. Fue en estas circunstancias —con una situación interna profundamente deteriorada y la izquierda del partido cediendo terreno en todos los frentes— cuando Mao lanzó su segunda batalla, en una suerte de maniobra de flanco: la campaña contra el revisionismo soviético, con la que esperaba desautorizar a los mentores de Liu Shaoqi y golpear indirectamente las posiciones de este.

La dirección jrushchovista del PCUS, consciente de las dificultades en que se debatía Mao, intensificó la presión para obligar al PC de China a alinearse con su política de entendimiento global con los Estados Unidos; en 1960, ante las objeciones chinas, no dudó en llegar hasta la ruptura de los acuerdos de cooperación.

Pese a ello, los liuchaochistas, invocando la necesidad de “defender la unidad del movimiento comunista”, llevaron al Comité Central a suscribir la Declaración de los 81 Partidos, una mixtura pacifista aderezada con algunas enmiendas revolucionarias. El PC de China corría el riesgo de quedar prisionero del revisionismo, reservándose únicamente el derecho a una delimitación simbólica.

Fue el error de cálculo de los soviéticos, al redoblar sus ataques contra China en su XXII Congreso, lo que terminó favoreciendo la contraofensiva maoísta y restando margen de maniobra a Liu y a Deng.

En 1963, Mao, apoyado en un equipo de teóricos “izquierdistas” bajo la dirección de Chen Boda, desencadenó un bombardeo en regla contra el revisionismo soviético e internacional: la Carta de 25 Puntos, con la propuesta de una nueva línea general del movimiento comunista; los documentos sobre la cuestión Stalin, sobre la autogestión yugoslava; las críticas al cretinismo parlamentario de los partidos francés e italiano, etc., pese a las limitaciones que hoy pueden señalárseles, tuvieron en su momento un efecto explosivo, porque desafiaban la hegemonía hasta entonces incontestada de los soviéticos y le oponían una crítica por la izquierda en nombre de los principios marxista-leninistas.

El PC de China, secundado por el Partido del Trabajo de Albania, se convirtió en el foco de una nueva corriente marxista-leninista internacional que llamaba a la ruptura con el revisionismo, denunciaba la restauración burguesa en la URSS y volvía a enarbolar la bandera de la revolución y de la dictadura del proletariado. Parecía abrirse una nueva época en el movimiento comunista, tras décadas de decadencia reformista.

No tardó mucho, sin embargo, en hacerse patente la debilidad interna de la campaña maoísta. Y ello porque la denuncia del revisionismo exigía analizar los orígenes de la restauración burguesa en la Unión Soviética. Era necesario pasar de la defensa de Stalin frente a los “usurpadores” a una crítica por la izquierda al estalinismo, del VII Congreso de la Internacional Comunista, de la disolución de esta. Ahora bien, el maoísmo era incapaz de adentrarse en ese camino, que lo habría obligado a poner en cuestión su propia ideología de la Nueva Democracia. Muy pronto, el PC de China puso punto final a la crítica y se quedó sin nada nuevo que decir.

En la práctica, la campaña antirrevisionista se transformó en una gran ofensiva diplomática de cortejo a las burguesías nacionalistas, con vistas a la creación de un campo tercermundista. En esta reorientación desempeñó un papel destacado el primer ministro Zhou Enlai, el maoísta moderado y “pragmático”, cuyo desplazamiento hacia la derecha se confirmaría en los años siguientes.

En lugar de aparecer en la escena internacional apoyando la lucha revolucionaria de la clase obrera y el surgimiento de una nueva corriente comunista, China se dedicó a ganar aliados entre los regímenes nacionalistas de Indonesia, Argelia, Guinea, Ghana, etc. Pocos años después, se desacreditaría con apoyos tenebrosos a fuerzas reaccionarias en Biafra, Pakistán, Ceilán, etc., todo ello en nombre de la lucha contra el “hegemonismo socialimperialista”.

Así, la gran ofensiva ideológica de 1963, que inicialmente parecía orientada a la elaboración de un nuevo programa del proletariado revolucionario y a la creación de una nueva Internacional Comunista, naufragó en una ofensiva diplomática burguesa. El internacionalismo militante de las primeras proclamas degeneró en un nacionalismo tan sórdido como el de la URSS. Los partidos marxista-leninistas que habían comenzado a despuntar se hundieron en la confusión del tercermundismo, abandonados a su suerte o degradados al papel de agencias de la política exterior china.

El maoísmo perdió la batalla antirrevisionista internacional del mismo modo que había perdido la batalla de las comunas populares. Le faltaba aliento para constituirse como una alternativa revolucionaria consecuente. Esto quedó definitivamente demostrado con el movimiento de la Revolución Cultural.

De la lucha entre dos líneas a la lucha entre tres líneas

A pesar de los fracasos anteriores, Mao creía que podía poner en movimiento fuerzas revolucionarias capaces de bloquear el ascenso burgués. Por entonces, ya no albergaba dudas respecto de las lecciones que debían extraerse del viraje de la Unión Soviética. Había declarado en el Comité Central:

“La sociedad socialista se extiende a lo largo de un período histórico bastante prolongado, durante el cual continúan existiendo las clases, las contradicciones y la lucha de clases, así como la lucha entre la vía socialista y la vía capitalista y el peligro de una restauración capitalista”.

En una conferencia celebrada a fines de 1964, Mao presentó un documento en 23 puntos, en el cual mencionaba por primera vez a “los responsables del partido que se han comprometido en el camino capitalista”.

En el campo, los maoístas libraron, entre 1963 y 1965, una batalla de contención contra la expansión del capitalismo a través del movimiento de “educación socialista en el campo” y de las “cuatro limpiezas”, cuyo objetivo era impulsar las asociaciones de campesinos pobres. Sin embargo, estas medidas eran claramente boicoteadas por Liu y Teng, quienes emitían, en nombre del Comité Central, directivas “de aplicación” orientadas en sentido opuesto.

En 1965, Mao consideró que ya no era posible seguir esperando para extender a las ciudades el movimiento de educación socialista. La influencia revisionista a todos los niveles se había vuelto evidente. A fines de ese año se puso en escena, con gran elogio oficial, una obra teatral en la que se cuestionaba, mediante alusiones históricas, la destitución de Peng Te-huai. Poco faltaba para que Mao fuera desafiado públicamente.

Mao viajó entonces a Shanghái, donde reagrupó a sus partidarios e hizo publicar un artículo que criticaba duramente la obra. Al mismo tiempo, la esposa de Mao, Chiang Ching, promovía debates entre estudiantes e intelectuales de Pekín contra la “cultura burguesa”. De este modo, se ponía en marcha el movimiento de la Revolución Cultural.

Es posible que los derechistas no se hayan tomado muy en serio, en un primer momento, la ofensiva literaria de Mao, los debates sobre la enseñanza y los primeros grupos de Guardias Rojos. Como de costumbre, se sumaron ruidosamente a la nueva idea exótica de Mao —la “revolución cultural”—, criticaron al autor de la obra y se apresuraron a colocar a sus hombres en el grupo encargado de dirigir la “revolución”. Dicho grupo, encabezado por Peng Chen, produjo en febrero una inofensiva declaración programática en la que todo se reducía a la necesidad de perfeccionar la ideología. A continuación, se dedicó a poner en vereda a los estudiantes que se habían destacado en la contestación a las autoridades académicas, lo cual no le resultó difícil, dado que el clima entre los estudiantes era mayoritariamente favorable a la derecha.

Después de 17 años de China “socialista”, más del 40 % de los estudiantes seguían siendo oriundos de familias burguesas, aunque estas constituían apenas el 5 % de la población.[7] El sistema de selección excluía de las universidades a los hijos de los trabajadores. En la Universidad de Pekín, el porcentaje de estudiantes procedentes de familias obreras y campesinas había descendido, entre 1958 y 1962, del 67 % a tan solo el 38 %.[8]Bottom of Form

Esta composición social explica por qué las universidades se convirtieron en un espacio privilegiado para la manifestación extrema de ambas corrientes. Los hijos de los pobres y de los ricos se encontraban cara a cara y podían confrontar el abismo que los separaba. Es un aspecto que suele olvidarse cuando se comparan las luchas de los estudiantes chinos con las de los estudiantes del mundo capitalista.

Con los jóvenes maoístas perseguidos en nombre del maoísmo, la Revolución Cultural degeneraba en una farsa. Mao tuvo que movilizar nuevas reservas. Hizo aprobar en el Comité Central la circular del 16 de mayo, relanzando la crítica a la derecha y, en particular, a Peng Chen. En una reunión del Buró Político, dos días después, Lin Piao denunciaba que…

“representantes de la burguesía infiltrados en el Partido y en los órganos dirigentes formaron una facción autoritaria que se apoderó del control de la maquinaria gubernamental, del poder político, del poder militar y del cuartel general del frente ideológico. Se unieron para dedicarse a actividades subversivas y causan grandes perturbaciones”.[9]

Por fin, Mao tuvo que jugar toda su popularidad para romper la red de resistencias que bloqueaba el movimiento estudiantil. Como Pekín resistía, atacó en Wuhan. En una recepción triunfal organizada por sus fieles adeptos en la ciudad, tras la travesía a nado del Yangtsé, proclamó que “los Guardias Rojos son buenos”. A continuación, difundió su propio dazibao, altamente subversivo, “¡Fuego contra el cuartel general!”, y recibió, en un mitin multitudinario, el brazalete de guardia rojo. La conmoción entre la juventud fue enorme y la derecha, incapaz de promover manifestaciones de masas semejantes, tuvo que hacer concesiones. Los maoístas se apoderaron de la mayoría en las redacciones del Diario del Pueblo y de Bandera Roja, comenzaron a orquestar una incisiva campaña de prensa contra los “elementos burgueses” (que no eran nombrados), recompusieron el Grupo Central de la Revolución Cultural y decidieron ir a una nueva batalla en el Comité Central.

La nueva resolución de agosto, conocida como la Carta de la Revolución Cultural, aprobada por una estrecha mayoría, contenía todavía numerosos elementos de conciliación y se proponía únicamente aislar a los cabecillas derechistas, lo que Mao consideraba suficiente para invertir el curso de los acontecimientos:

“Confiar firmemente en la izquierda revolucionaria para aislar a los derechistas más reaccionarios, vencer al centro y unirse a la gran mayoría”, con el fin de “alcanzar la unidad de más del 95 por ciento de los dirigentes y de las masas”. “El objetivo de la Gran Revolución Cultural Proletaria es revolucionar la ideología del pueblo y, en consecuencia, alcanzar resultados mayores, más rápidos, mejores y más económicos en todos los ámbitos del trabajo”.

Todo esto tenía aún muy poco que ver con una verdadera revolución. Mao ponía en juego el ariete de la libre iniciativa juvenil, pero ese ataque adolecía, como los anteriores, de la ausencia de una raíz obrera. La disciplina y la sumisión en las fábricas eran mucho más difíciles de quebrar, pues allí era absoluto el dominio de los tecnócratas y de los caciques sindicales. El papel de los Guardias Rojos era “incendiar la pradera”; el resto, esperaba Mao, vendría después.

La Juventud Comunista, con cerca de 30 millones de miembros, fue disuelta para liberar la acción de los Guardias Rojos; las escuelas fueron cerradas; los mítines se sucedían y los Guardias Rojos se lanzaban a “largas marchas” para despertar al pueblo. Fue el período folclórico de la Revolución Cultural: los estudiantes derribaban estatuas, criticaban costumbres retrógradas, prohibían la música clásica occidental y colocaban proclamas retóricas y extravagantes.

La masa que acudía a los mítines percibía que los órganos del poder estaban siendo cuestionados y que algo fermentaba, pero no salía de allí más esclarecida. Denunciar las condiciones reales de trabajo y las injusticias cotidianas seguía siendo un tabú, porque todos temían ser confundidos con contrarrevolucionarios.

En definitiva, se trataba de un gran festival de demagogia sobre la “voluntad soberana de las masas”, que se disolvía por falta de un objetivo concreto. Solo en el ejército, donde Lin Piao, a la ofensiva, difundía por millones el librito rojo con los pensamientos de Mao, el ambiente cambiaba. Para dar ejemplo, se abolieron nuevamente los rangos y se redujeron los altos salarios; se predicó el retorno al principio de “servir al pueblo”. Con todo, conviene señalar que la extensión de la democracia en el ejército fue siempre limitada, pues la depuración de oficiales derechistas no era competencia de los soldados, sino de la Comisión Militar del Comité Central. Con la excepción de Luo Juei-kíng, ningún jefe importante fue depurado, lo que más tarde tendría consecuencias desastrosas.

A finales de 1966 empezó a quedar claro que la revolución abandonaba la fase “cultural”, apoyada en la ingenua euforia estudiantil, y entraba en una nueva etapa. Todos se habían convertido en Guardias Rojos y los conflictos estallaban entre los grupos de izquierda y de derecha. En Pekín, el “Comité de Acción Unida de los Guardias Rojos” (Liandong), inspirado por los derechistas, promovió en diciembre una manifestación de 30.000 estudiantes en la que fueron criticados los dirigentes maoístas del Grupo Central —Chen Po-ta, Chiang Ching, Chang Chung-kiao—. Fue el “viento negro de diciembre”.

La lucha contra la derecha se intensificaba y, en la dinámica de ese combate, el campo maoísta comenzó a dividirse en dos ramas, que pronto descubrieron que luchaban por objetivos diferentes. ¿Debía conducirse la lucha con moderación para “aislar al puñado de cabecillas”, o había que liberar sin límites las protestas y reivindicaciones de las masas trabajadoras?

Shanghái dio la primera señal, debido a la vitalidad que allí tenía la corriente maoísta, implantada entre los obreros. En el transcurso de los sangrientos combates en los que los maoístas desalojaron al comité municipal liuchaochista, emergió inesperadamente un vasto movimiento huelguístico que en pocos días paralizó el puerto, luego los transportes ferroviarios y, por último, toda la región. En enero de 1967, la ola de huelgas se había extendido a Wuhan, Pekín, Manchuria, etc. Instalaciones fabriles y viviendas fueron ocupadas y en varias fábricas los directores fueron expulsados y la gestión asumida por asambleas plenarias de trabajadores.

Los obreros levantaban reivindicaciones hasta entonces sofocadas por los “caciques rojos”: cumplimiento efectivo de la jornada de ocho horas y del descanso semanal, aumentos salariales, construcción de viviendas, contratos de trabajo para la gran masa de trabajadores eventuales.

Denuncias espantosas salían a la luz del día, difundidas por los Guardias Rojos por todo el país. Había fábricas con ritmos de trabajo inhumanos, jornadas agotadoras y una vigilancia de tipo carcelario. Los contestatarios eran enviados a brigadas disciplinarias de “reeducación colectiva”, donde eran agredidos y privados de las cartillas de racionamiento; los enfermos eran abandonados a su suerte. En muchas de estas fábricas “socialistas”, todo el poder y los privilegios habían sido apropiados por los jefes de brigada, cuadros del partido y de los sindicatos, que eran los más encarnizados defensores de la línea de Liu Chao-chi. Había fábricas en las que los antiguos patronos, sus familiares y capataces habían permanecido, tras la liberación, en los puestos dirigentes, sometiendo a los obreros a una explotación en todo semejante a la de los viejos tiempos.[10]

La dirección maoísta de Shanghái, encabezada por Chang Chung-kiao, reaccionó con pánico ante el movimiento huelguístico y reivindicativo, que calificó de movimiento “economicista” soplado por la derecha para desorganizar la economía. Lanzó un “Mensaje a todo el pueblo de Shanghái” (4 de enero) y, días después, una “Noticia urgente”, en los que condenaba las huelgas y la ocupación de edificios públicos y amenazaba con sanciones si no se restablecía el orden.

Pero la ola de fondo era imparable y Chang Chung-kiao se vio arrastrado a proclamar el gobierno de la comuna en la ciudad, es decir, una administración compuesta íntegramente por delegados elegidos por las organizaciones de masas. La idea de la comuna, en efecto, había nacido en el curso del movimiento como la solución lógica para asegurar la democracia obrera. La experiencia de 1958, con las comunas campesinas, fructificaba ahora en la clase obrera y sus consecuencias políticas eran mucho más avanzadas. La generalización de las comunas en las ciudades arrastraría inevitablemente una guerra civil revolucionaria y el derrumbe de todo el sistema de poder establecido.

Mao condenó de inmediato esta iniciativa, con argumentos poco claros. Chang Chung-kiao regresó a Shanghái con instrucciones de disolver la comuna e instaurar como forma de gobierno local los “comités de triple unión”, con representantes del ejército, de los cuadros y de las organizaciones de masas. Este sería, en los meses siguientes, el punto de apoyo de los maoístas para no dejar que el poder “cayera en la calle” y el origen de los encarnizados combates que en verano se extendieron a diversas regiones. La revolución había madurado finalmente al plantear el problema clave: el problema del poder.

El 18 de enero, delegados de los grupos “izquierdistas” de varias regiones del país, reunidos en la sede del comité “Lucha total”, criticaron a Chang como “conservador”. La izquierda era conducida, por la dialéctica de la lucha de clases, a combatir ya no solo a la derecha, sino también a quienes comenzó a designar como “centristas”.

¿Qué querían los “izquierdistas?

Los maoístas ortodoxos comenzaban a tomar conciencia del peligro “ultraizquierdista” y de la necesidad de librar un combate en dos frentes. Así caracterizaba la extrema izquierda, en julio de 1967, un periódico de Shanghái:

“Recientemente comienza a prevalecer en nuestra sociedad una autodenominada ‘nueva corriente de ideas’. Su contenido consiste en deformar la contradicción principal de la sociedad socialista, presentándola como una contradicción entre lo que denomina ‘los propietarios privilegiados de la propiedad y del poder’ y las masas populares. Reclama una constante ‘redistribución’ de la propiedad social y del poder político bajo la dictadura del proletariado. Considera la Gran Revolución Cultural Proletaria como una disputa de poder y de riqueza ‘dentro de la clase gobernante reaccionaria’. Confunde los cuarteles generales revolucionarios de Mao-Lin con los cuarteles generales burgueses de Liu-Teng-Tao. Señala a todos los cuadros dirigentes como privilegiados y los denuncia a todos como objetivo de la revolución”.[11]

En realidad, los grupos de izquierda, sin poner nunca en cuestión el maoísmo —que era la fuente de su legitimidad—, buscaban elevarlo hacia una etapa superior. A la luz de las experiencias del año anterior, sostenían que la revolución no podía limitarse a derrocar a un puñado de dirigentes, sino que debía tener como objetivo a toda una clase: la nueva burguesía que se había encaramado al poder durante los diecisiete años del régimen popular y que se convertía en “un vampiro de los trabajadores”. Acusaban al ejército de servir como punto de apoyo de esa burguesía. Advertían que la sublevación de las masas estaba siendo canalizada hacia una mera recomposición del poder, cuando lo que era necesario era subvertirlo.

En particular, la izquierda reclamaba durante el verano de 1967:

  • la destitución de Chu En-lai y Chen Yi (ministro de Asuntos Exteriores), como los más destacados representantes de los “capitalistas rojos” de China tras la caída de Liu y Teng;
    la depuración radical del cuerpo de oficiales del ejército, mantenido por Mao y Lin Piao al margen de la crítica en nombre de los intereses de la defensa y de la unidad nacional;
    la sustitución de los comités de triple unión por comités compuestos exclusivamente por delegados elegidos por las organizaciones de masas;
  • la entrega de la gestión de las empresas y de las comunas a los órganos elegidos en asambleas de trabajadores;
  • el cese del pago de dividendos a los capitalistas nacionales, la abolición de sus altos salarios, su destitución de los cargos administrativos y la transformación de las empresas mixtas en estatales;
  • el fin de la política exterior de alianza con los imperialismos secundarios (Francia, etc.) y con las burguesías nacionales, y el apoyo efectivo a las luchas guerrilleras;
  • el abandono del programa nuclear del país, que consideraban un golpe al principio de la guerra popular revolucionaria;
  • por último, la instauración de la comuna en China, sobre la base de los principios de la Comuna de París: abolición del ejército profesional, sustituido por el pueblo en armas; retribución de funcionarios y cuadros según el salario medio de los obreros; elección de todos los cargos públicos, sometidos a destitución en cualquier momento mediante simple votación de los electores.

Naturalmente, la posibilidad de llevar a la práctica la mayoría de estas reivindicaciones era muy remota, pero ellas deshacen la leyenda de los “ultraizquierdistas” como bandas de energúmenos irresponsables y muestran su clarividencia respecto de los puntos neurálgicos de la revolución que atravesaba China.

Más notable aún es la serie de documentos programáticos editados por diversos grupos de extrema izquierda ya en 1968, en pleno período de represión, y que fueron recopilados por el “Comité de Unión de los Revolucionarios Proletarios de Hunan” (Shengwulian). Transcribimos algunos pasajes:

“A pesar de la crítica y de la denuncia de la línea reaccionaria burguesa iniciadas el año pasado, estas se limitaron a la exposición de los crímenes de ciertos individuos. Las raíces de clase que dieron nacimiento a la línea reaccionaria y a la estructura burocrática que la servía apenas fueron rozadas.”

“Consideramos que el 90 por ciento de los cuadros superiores debe ser apartado o, al menos, sometido a reeducación. Constituyen ya una clase decadente, separada, empeñada en defender sus propios intereses. Sus relaciones con el pueblo han pasado de ser relaciones entre dirigentes y dirigidos a relaciones entre explotadores y explotados, opresores y oprimidos. La mayoría de ellos aspira, consciente o inconscientemente, a tomar el camino capitalista, a proteger y desarrollar todo lo que concierne al capitalismo. ¿Acaso podemos derribarlos persuadiéndolos de renunciar a sus elevados salarios y a otros beneficios derivados de sus derechos legales de burgueses? El proletariado ya ha hecho esfuerzos en ese sentido. Las múltiples y amplias concesiones hechas por el presidente Mao a la burguesía son la expresión concentrada de esos esfuerzos.”

“La aparición de una clase privilegiada indica que ciertas relaciones de producción han degenerado. Aunque las bases económicas parezcan en general socialistas, la inmensa superestructura solo puede ser considerada esencialmente capitalista (…). La transformación socialista de la base económica emprendida en China se llevó a cabo por medios pacíficos y la transformación no fue completa. La superestructura fue aún menos sacudida. Es por ello que la Gran Revolución Cultural Proletaria es, en esencia, el verdadero inicio de la revolución socialista en China.”

“En realidad, se trata de una guerra civil que resulta directamente de una revolución política de gran envergadura; es una revolución violenta necesaria para que los revolucionarios proletarios puedan tomar y conservar el poder político.”

“En el terreno de la revolución no existe ninguna corriente de pensamiento ultraizquierdista. La lucha contra el llamado ‘ultraizquierdismo’ es una nueva forma de represión contra los revolucionarios proletarios.”

“La triple unión que sirve de base a los comités revolucionarios equivale a volver a poner al mando a los burócratas derrocados durante la revolución de Enero [de 1967]. Se convertirá así, inevitablemente, en una forma de poder político usurpado por la burguesía, en la cual las fuerzas armadas y los burócratas desempeñarán el papel dirigente (…). Si la dictadura de estos comités constituye el desenlace de la primera gran revolución cultural, China seguirá sin duda el camino de la Unión Soviética y el pueblo volverá a caer bajo la sangrienta dominación fascista del capitalismo.”[12]

Como es fácil de comprender, estas posiciones no podían ser producto de “bandas anárquicas”; demostraban una madurez política que solo verdaderas fuerzas de vanguardia podían alcanzar.

Cuando los simpatizantes occidentales del maoísmo, como Bettelheim, Snow, Daubier, J. Robinson, etc., difundían la tesis de las “bandas anárquicas”, lo hacían desde su propia visión reformista pequeñoburguesa de la revolución en China, como se fue haciendo evidente a medida que comenzaron a filtrarse nuevas informaciones sobre los acontecimientos de 1967.

Entre los grupos de extrema izquierda que desempeñaron un papel más destacado y ejercieron una mayor influencia de masas, pueden citarse: el grupo “16 de Mayo” (mencionado en la prensa china como el “5-16”), formado en Pekín a partir del primer núcleo marxista-leninista surgido en la universidad en 1966; tras la detención de algunos de sus dirigentes, en febrero de 1967, tuvo lugar el 1.º de julio un congreso de delegados en el que el grupo se estructuró como organización clandestina a escala nacional; en otoño fue proscrito como “grupo secreto y contrarrevolucionario”; el “Gran Ejército Rebelde 22 de Abril”, segunda organización de masas en la provincia de Kuangsi; el “Ejército de la Bandera Roja”, formado por veteranos de guerra, con base en Pekín y ramificaciones en Chungking, Nankín y Sian; en Shanghái, el comité “Lucha Total”; en Cantón, el “Cuerpo de Combate 1.º de Agosto”, formado por veteranos en la reserva, y el grupo “Bandera Roja”; en la provincia de Hunan se constituyó, ya en octubre de 1967, una coalición de veinte grupos de guardias rojos y obreros rebeldes que reivindicaba entre dos y tres millones de simpatizantes, el Shengwulian antes mencionado; organizaciones similares existían en las provincias de Hopei, Szechuan y en todas las aglomeraciones urbanas.

Evaluaciones realizadas por los guardias rojos y por fuentes occidentales estimaban entre 30 y 40 millones los seguidores de la extrema izquierda en el verano de 1967 —no solo estudiantes, sino también amplios contingentes de obreros y empleados.

Solo esta vasta influencia permite comprender que la extrema izquierda hubiera llegado a contar entonces con cinco representantes en el Grupo Central de la Revolución Cultural, todos ellos redactores de la revista teórica del partido Bandera Roja: Wang Li, Lin Jie, Mu Xin, Guan Feng y Tsi Pen-yu. Los cuatro primeros fueron destituidos en el otoño de 1967, cuando se desencadenó la ofensiva contra el “ultraizquierdismo”, y el último algunos meses más tarde.

El “ultraizquierdismo” era en realidad el sector más avanzado del movimiento, que necesariamente debía emerger de las luchas de la revolución cultural y que había ido gestándose mucho antes, durante la guerra, la reforma agraria y las luchas de clase que siguieron a la liberación. Inicialmente seguidores incondicionales del maoísmo, fueron descubriendo en el curso de la lucha sus limitaciones e intentaron superarlas, ganar a Mao para su lado sin llegar nunca a cuestionarlo.

Esta era su gran debilidad: no disponían de una verdadera autonomía política porque no podían criticar el centrismo de Mao. Estaban atados a él. De ahí que la necesidad de reorganizar el Partido Comunista nunca fuera planteada públicamente. Esta incapacidad para una ruptura abierta con el centro condenaba, por sí sola, a la revolución a la derrota.

Victoria y derrota de Mao Tse-Tung

A partir de la Comuna de Shanghái, la tendencia de izquierda comenzó a adquirir una verdadera envergadura de masas por la audacia con que tomó las consignas maoístas para llevarlas hasta el final: liberar la iniciativa y la democracia de base y liquidar de una vez por todas los “cuarteles generales” de la burguesía. La derecha, por su parte, resistía atrincherada también en posiciones conciliadoras de Mao.

La lucha entre ambas alas se exacerbó cuando, en el desfile del 1.º de Mayo, Zhou Enlai se presentó en la tribuna flanqueado por Zhu De, Chen Yun y Chen Yi, todos ellos ya ampliamente criticados como ajenos a la revolución. Fue un desafío del principal protegido de Mao a los guardias rojos.

Durante la primavera y el verano, los conflictos se multiplicaron por toda China. Obreros y estudiantes de izquierda se levantaban contra las autoridades liuchaochistas enquistadas en los comités revolucionarios, intentaban destituirlas y eran ferozmente reprimidos por grupos de guardias rojos de derecha, no pocas veces protegidos por el ejército, que actuaba supuestamente como árbitro. La lucha adquiría la magnitud de una guerra civil. Recordemos algunos de los incidentes más graves:

En Chengchú y Kaifeng, en Honan, la “Comuna 7 de Febrero”, seguida por cien mil personas, exigió en un mitin celebrado el 26 de mayo la destitución de las autoridades locales, ligadas a los derechistas. El mitin fue atacado, con decenas de muertos, mil heridos y trescientos detenidos. Cuatro días después, la derecha asaltó el principal bastión de los “izquierdistas”, la fábrica de hilados n.º 6, donde estos se habían atrincherado. El edificio fue incendiado y tomado por asalto, causando numerosos muertos y heridos.[13]

En junio/julio, en el gran centro industrial de Wuhan, se libran combates diarios entre el “cuartel general” obrero, apoyado por los guardias rojos, y el muy poderoso grupo derechista “El Millón de Héroes”. Ante la intervención de Zhou Enlai y de enviados del poder central que intentaban poner fin a la masacre, el “Millón de Héroes” responde con una sublevación, que cuenta con el apoyo del ejército. Wang Li, del Grupo Central de la Revolución Cultural, es detenido y herido. El complejo siderúrgico y la universidad son tomados por asalto por los derechistas, que causan cientos o miles de muertos. El orden solo se restablece cuando la ciudad es ocupada por fuerzas de la aviación y de la marina, a petición de Mao. El “Millón de Héroes” es desarmado y Wang Li es recibido en Pekín por una manifestación triunfal.

Pero en realidad la rendición de los derechistas se basó en un compromiso aceptado por Zhou Enlai, según el cual no serían castigados. El comandante militar de la ciudad, el “carnicero” Chen Zai-dao, como lo llamaban los izquierdistas, es rehabilitado pocos meses después por Mao, quien declara que “ha estudiado bien”.

Se justifica, pues, la afirmación de que

“a partir del motín de Wuhan el centro de gravedad de la Revolución Cultural se desplaza definitivamente hacia la represión abierta de la extrema izquierda maoísta y la rehabilitación del 95 por ciento de los cuadros”.[14]

En Cantón, donde los grupos de izquierda habían conseguido a comienzos de año el control práctico del poder, la provincia es puesta bajo mando militar. El general Huang Yung-sheng declara fuera de la ley a las organizaciones izquierdistas y se libra una lucha armada a lo largo de varios meses, que solo termina en la primavera de 1968 con el aniquilamiento de la izquierda. El general Huang fue posteriormente nombrado, en reconocimiento a sus servicios, adjunto de Lin Biao.

Entretanto, en Pekín, durante todo el verano, se desarrollaban las escaramuzas que tuvieron mayor repercusión en el extranjero. Los guardias rojos contestaban violentamente la política exterior que seguía aplicando el mariscal Chen Yi y reclamaban su destitución. Tras una breve ocupación del ministerio el 15 de mayo, organizaron en agosto sesiones de lucha y huelgas de hambre, manteniendo el ministerio bajo cerco permanente. Chen Yi se vio momentáneamente obligado a ceder a sus exigencias, declarando apoyo a las guerrillas en Camboya y Birmania (lo que contradecía la política de Zhou Enlai de alianza con el príncipe Sihanouk y con los generales birmanos). Las instalaciones fueron nuevamente ocupadas cuando los guardias rojos descubrieron que se estaban llevando a cabo negociaciones secretas para un acuerdo de retirada estadounidense de Vietnam. El propio Zhou Enlai llegó a quedar cercado durante dos días y dos noches por medio millón de guardias rojos que le exigían autocrítica por su política ambigua y querían conocer los documentos secretos del Comité Central. La misión británica en Pekín fue saqueada e incendiada, en represalia por la represión inglesa en Hong Kong, etc.

Por entonces, las críticas que desde comienzos de año se venían dirigiendo contra el gran moderador Zhou Enlai (el mismo a quien los maoístas occidentales admiraban por su “prodigioso sentido político, sutileza y flexibilidad”) empezaban ya a extenderse a quienes Mao había promovido como jefes de la izquierda y principales responsables de la Revolución Cultural: Chen Boda, Jiang Qing, Zhang Chunqiao. Sus intervenciones ambiguas decepcionaban a los sectores de vanguardia, acosados por la presión creciente de los derechistas. El ala de Mao corría así el riesgo de verse políticamente desautorizada si no tomaba medidas contra los “izquierdistas”.

Y lo más grave para el poder maoísta era que los izquierdistas, perdida la confianza en los dirigentes, comenzaban a unificarse a escala nacional y a llegar a la conclusión de que no podían quedar entregados a la protección del ejército. Necesitaban crear su propia defensa armada. Tras un editorial particularmente subversivo publicado en Bandera Roja el 1.º de agosto, “El proletariado debe tener las armas en la mano”, diversos grupos de guardias rojos y rebeldes revolucionarios comenzaron a asaltar trenes de armamento y depósitos, e incluso a desarmar unidades del ejército, para poder hacer frente a la derecha. Esta última iniciativa decidió a la dirección maoísta a pasar a la ofensiva contra la izquierda, antes de que fuese demasiado tarde.

Mao, de regreso a Pekín en los primeros días de septiembre, tras un viaje por las provincias, declara públicamente su apoyo a Zhou Enlai y a Chen Yi y condena duramente a los izquierdistas. El grupo “5-16” es denunciado como

“una organización conspiradora contrarrevolucionaria teledirigida por los enemigos de clase del interior y del exterior”.[15]

El 2 de septiembre, un mitin de rebeldes revolucionarios de Nankín contra el comandante de la región militar es impedido por intervención de Zhou Enlai y Jiang Qing. El 5 de septiembre se emite una directiva del Comité Central para el desarme inmediato de los guardias rojos. El 12 de septiembre se organiza en Pekín un mitin monstruo de 400 grupos fieles a Mao que exigen la destrucción total del “5-16” y de todos los “izquierdistas”. Como consecuencia, los elementos de izquierda son depurados de la dirección de la Revolución Cultural.

Como después se hizo evidente, este “ajuste” correspondía a la liquidación política del núcleo de la Revolución Cultural y al retroceso hacia posiciones de compromiso con la derecha. En los meses siguientes, bajo la consigna “atreverse a unirse con los cuadros”, se suceden la represión contra los culpables de “excesos” y la rehabilitación en masa de dirigentes y funcionarios criticados y destituidos durante la revolución.

Bajo la cobertura de los comités revolucionarios, el ejército asume el mantenimiento del orden en las provincias, en sustitución del partido, completamente desarticulado. Las organizaciones de guardias rojos y rebeldes revolucionarios son subordinadas al ejército. Los “izquierdistas” que resisten son masacrados, produciéndose verdaderos baños de sangre en Cantón y en Guangxi. En julio de 1968 deja de haber resistencia y los maoístas se congratulan de su victoria simultánea sobre la derecha y sobre la “ultraizquierda al servicio de la derecha”.

En esta eliminación implacable colaboraron, con mayor o menor convicción, los dirigentes generalmente considerados en el exterior como el ala izquierda de la Revolución Cultural: Chen Boda, Jiang Qing, Lin Biao, y los dirigentes de Shanghái: Zhang Chunqiao, Wang Hongwen y Yao Wenyuan.

Al hacer aniquilar el “ultraizquierdismo” por el ejército, Mao liquidó las fuerzas vivas de la revolución, se privó de su única barrera frente a la derecha y terminó hundiéndose ante el lento retorno de esta: a esto se reduce el desenlace trágico de la Revolución Cultural.

La fuerza invencible del maoísmo había residido hasta entonces en su capacidad para navegar en la corriente principal de la revolución, alimentándose de su impulso y acelerando su marcha. Ahora, sin embargo, esa capacidad se agotaba porque el maoísmo era incapaz de enfrentar el nivel superior al que había llegado la lucha de clases: ya no se trataba de “contradicciones en el seno del pueblo”, sino de la lucha por la liquidación de la burguesía. La dictadura democrático-popular ya no servía para nada: o se avanzaba hacia la dictadura del proletariado o se retrocedía hacia la dictadura de la burguesía.

En 1969, esta opción aún estaría oculta para la mayoría de los maoístas, pues creían que la destitución de los cabecillas de derecha y el control del poder por el ejército constituían una barrera insuperable frente a cualquier intento de restauración burguesa. Mao conservaba, de los tiempos de la guerra revolucionaria, una confianza arraigada en las potencialidades del ejército popular como “escuela del pueblo”.

El IX Congreso del partido consagró la preponderancia del ejército en el Comité Central. Gran parte de los delegados eran oficiales del ejército. Lin Biao fue declarado “sucesor” de Mao. Pero el ejército ya no podía desempeñar el papel de los tiempos de la lucha de liberación, cuando era un instrumento de los campesinos pobres y de los obreros. Era ahora un cuerpo armado inmerso en una sociedad convulsionada en la que la burguesía ascendía continuamente, proyectada hacia arriba por el propio desarrollo de las fuerzas productivas.

Las enfáticas declaraciones de victoria de la Revolución Cultural y de repudio de Liu y Deng, hechas por el congreso, tenían un significado preciso: los cuadros y la burguesía podían estar tranquilos respecto al retorno del orden y a la garantía de sus privilegios, siempre que no desafiaran el poder del ejército.

Desde entonces, el equilibrio de poder definido por el congreso se fue degradando constantemente. Y a medida que los maoístas intentaron tardíamente oponerse al avance de la contrarrevolución a la que habían abierto las puertas, fueron a su vez eliminados uno a uno. La liquidación de la izquierda por el centro arrastró, en una nueva fase, la liquidación del centro por la derecha.

En 1970, Chen Boda, el teórico más eminente del maoísmo, fue depurado sin explicaciones. La causa fue la cobertura que había dado a los “ultraizquierdistas” en las jornadas de 1967, algo que la derecha no le perdonó. Más tarde fue juzgado.

En 1971, le tocó a Lin Biao intentar oponerse febrilmente a la lenta marginación del ejército de los puestos de mando. Organizó una conspiración, de la que hasta hoy poco se sabe, pero que habría sido precipitada por la decisión de Mao de recibir a Nixon en China, y murió en circunstancias oscuras. La tormenta de denuncias en torno a su “revisionismo” dio una excelente oportunidad para hacer caer en el olvido el caso de Deng Xiaoping, que maniobraba para retomar el poder.

Por último, con la muerte de Mao, la “Banda de los Cuatro” fue desalojada del poder y encarcelada, tras una engañosa “segunda revolución”, en la que intentaron, ya sin ninguna probabilidad, reavivar la movilización de masas contra el ascenso imparable de Deng, el jefe reconocido de la nueva burguesía china.

Mao Zedong murió solo, entre los escombros de la revolución de la que había sido durante tantos años el indiscutible “timón”. Y en 1980, la Revolución Cultural fue repudiada, sus principales dirigentes condenados y Liu Shaoqi solemnemente rehabilitado. A partir de entonces quedó trazado el rumbo que hoy sigue China.

¿Una revolución inútil?

El primer aspecto que llama la atención en la Revolución Cultural china es la desproporción entre sus tareas y los objetivos que le fueron fijados. Se trataba —podemos verlo hoy— de una revolución socialista, la única salida capaz de coronar y asegurar las conquistas populares logradas en la revolución antifeudal y antiimperialista de 1949. La clase obrera, apoyada en los pobres del campo y de las ciudades, debía derribar a la “burguesía roja” que se había encaramado al poder a costa de la lucha de liberación. Era necesario destruir por la fuerza el aparato de Estado “socialista” en el que la burguesía se atrincheraba, sustituyéndolo por órganos revolucionarios de tipo soviético. Había que pasar de la democracia popular en degeneración a la dictadura del proletariado. Y esta revolución socialista solo podía llevarse a la victoria bajo la dirección de un partido comunista renovado, capaz de asegurar la hegemonía del proletariado.

Ninguna de estas condiciones se cumplió. Los objetivos sociales de la revolución quedaron oscurecidos por la etiqueta “cultural”, como si el peligro de restauración burguesa proviniera de ciertas ideas erróneas y no de una clase que producía esas ideas. Bajo los llamamientos radicales a la “dictadura integral del proletariado”, prevaleció siempre en los documentos oficiales una gran indefinición respecto al alineamiento de las clases. La encendida lucha de clases que se desarrollaba en el país quedó ocultada bajo proclamaciones ideológicas.

Por otra parte, aunque la revolución fue bautizada como “proletaria”, la clase obrera desempeñó en ella un papel de fuerza de apoyo, no de clase dirigente. La fuerza dirigente estaba constituida por intelectuales y estudiantes, que atraían a su lado a campesinos pobres, obreros y empleados. Por ello mismo, la clase obrera no impuso su hegemonía mediante una red de soviets de delegados de fábrica; participó, diluida entre las otras clases, en los comités revolucionarios, donde predominaba un radicalismo confuso, de carácter pequeñoburgués. Y también por eso, el órgano dirigente de la revolución no fue el partido comunista, desmembrado por la lucha interna y mayoritariamente inclinado hacia el campo burgués, sino el ejército, que funcionó como una caricatura de partido.

Que una revolución desencadenada en estas condiciones se hundiera en el caos y acabara siendo ganada por la burguesía no es de extrañar. Las revoluciones burguesas pueden triunfar incluso con una gran dosis de confusión y espontaneísmo, porque tienen por misión coronar un poder económico burgués ya existente. Pero la revolución proletaria, si no cuenta con un alto nivel de conciencia y organización obrera, está perdida. Eso fue lo que ocurrió.

Segunda cuestión: ¿por qué el bloque maoísta tuvo la claridad suficiente para denunciar el peligro de la restauración burguesa bajo la máscara del socialismo, tuvo la audacia de llamar a las masas a desorganizar el aparato del Estado y del partido, y aun así trazó objetivos tan estrechos y engañosos a la revolución? Mao y los maoístas creyeron posible atajar la degeneración burguesa sin poner en cuestión las alianzas de clase anteriores. Un rasgo típico del maoísmo fue siempre la creencia de que las concesiones a la burguesía podían compensarse con medidas educativas: reeducación mediante el trabajo manual, llamado a la simplicidad y a la modestia, “servir al pueblo” … Ahora bien, sin un poder efectivo, económico y político, de la clase obrera, esta pedagogía solo podía producir frutos superficiales y, a largo plazo, envenenados. Cubierta con los eslóganes maoístas, la burguesía fue asumiendo gradualmente todo el poder.

Es forzoso concluir que Mao y sus seguidores trasladaron a la segunda etapa, socialista, de la revolución china los conceptos democrático-populares en los que se habían apoyado en la primera etapa. El marxismo de Mao fue deformado por el propio desarrollo de la revolución: una guerra revolucionaria campesina prolongada, en la que la clase obrera tuvo un papel secundario, en la que el ejército surgió junto al partido como órgano dirigente y en la que fue posible la alianza con una parte de la burguesía.

De ahí extrajo Mao la idea del papel determinante que podrían desempeñar los campesinos en el paso al socialismo, así como la creencia de que el propio atraso de China sería una condición favorable para el avance de la revolución.

Habiendo partido hacia la nueva etapa de la revolución con estas nociones atrasadas, Mao la abordó desde la perspectiva estrecha de una reforma del aparato del Estado, impuesta por la sublevación de las masas. Quería avanzar hacia el comunismo, pero era un “comunismo” campesino, democrático-popular, esencialmente pequeñoburgués. Por eso fue sorprendido al constatar que la lucha de clases desbordaba las metas que se le habían asignado. Consideró como “excesos” a combatir lo que era el avance mismo de la revolución. De ahí su giro inevitable, de la izquierda hacia el centro, a medida que la revolución crecía.

Tercera cuestión: ¿debe concluirse entonces que tenían razón los soviéticos cuando calificaron a Mao de “pseudomarxista” y de “revisionista” desde hacía mucho tiempo?

Nos parece que solo quien no concede ningún valor a la revolución puede creer que el Partido Comunista de China habría sido conducido desde la derrota y el impasse de 1927 hasta la conquista del poder, el movimiento de las comunas, la crítica del revisionismo y los combates de la Revolución Cultural por un “pseudomarxista”. Ese prodigioso salto de una cuarta parte de la humanidad, desde las tinieblas del feudalismo hasta la irrupción impetuosa de manifestaciones y dazibaos reclamando una sociedad igualitaria, sería inconcebible sin la acción de dirigentes de estatura excepcional, ellos mismos producto de la gran marea revolucionaria que convulsionó China durante décadas.

El problema nuevo planteado por la Revolución Cultural no podía resolverse mediante una burda y necia renegación de Mao —indiscutiblemente un genio de la guerra revolucionaria campesina y un marxista de mérito—. El problema era comprender las causas sociales del agotamiento de la revolución china y los límites ideológicos que llevaron al maoísmo a fracasar, tras décadas de victorias fulgurantes. Pero este era el tipo de crítica que los soviéticos no podían hacer.

Cuarta cuestión: ¿por qué el ala izquierda de la Revolución Cultural, la única que se aproximó a una comprensión marxista de las tareas de la revolución, se reveló tan débil, ideológica y materialmente, no tuvo fuerza para romper con la bandera maoísta, iniciar en el curso de la lucha la reconstitución del partido comunista y de soviets de obreros, campesinos pobres y soldados, y no produjo dirigentes a la altura de la misión que le correspondía?

Aquí tocamos los límites sociales de la revolución china, semejantes en ciertos aspectos a los de la revolución rusa. El paso a la revolución socialista se imponía como la única hipótesis para defender, consolidar y profundizar las conquistas revolucionarias democráticas de la primera etapa. Pero el socialismo era, en las condiciones sociales de China, un parto prematuro y, por tanto, casi con certeza destinado a abortar: la clase obrera, aunque en crecimiento, era aún una minoría insignificante, no tenía tradiciones de lucha por la hegemonía, no había podido apoderarse del partido comunista, transformarlo por completo en su partido, ni había aprendido a crear órganos de poder obrero. Incluso si las convulsiones se hubieran prolongado algunos años más, habría sido muy difícil que la clase obrera diera el salto necesario para convertirse en la clase dirigente de la revolución.

Esta debilidad explica la debilidad del ala izquierda y la polarización de la lucha entre la corriente revisionista burguesa y la corriente maoísta. La batalla decisiva se libró entre la derecha y el centro. La izquierda fue triturada entre ambas. Como en la revolución rusa de los años veinte, con la diferencia de que allí la izquierda no llegó a configurarse con la misma claridad que en China.

Quinta cuestión, derivada de la anterior: si China aún no estaba socialmente madura para el socialismo, ¿no deberían los comunistas haber reconocido que el objetivo de la revolución era liberar las relaciones capitalistas y dejar madurar al país, a largo plazo, para la revolución socialista? ¿La pretensión de avanzar hacia el socialismo a marchas forzadas, sin que estuvieran reunidas las condiciones económicas y sociales mínimas, no revelaba una deformación voluntarista del marxismo, que acarreó sacrificios humanos monstruosos, porque inútiles desde el punto de vista histórico? Es decir: ¿no será que, al final, Deng Xiaoping tenía y tiene razón cuando hoy proclama el socialismo como meta para “dentro de cien años”, mediante la liberación de la economía mercantil?

Este argumento, que ya Kautsky utilizaba contra los bolcheviques durante la revolución rusa, si se le raspa el envoltorio “marxista”, equivale a exigir a las masas obreras y campesinas que se encarguen de hacer la revolución burguesa, ya que la burguesía se muestra incapaz de hacerla, y que a continuación le entreguen dócilmente el poder para que cumpla su misión histórica de desarrollar el capitalismo.

Es una tesis que concibe a la clase obrera y a las masas explotadas como carne de cañón, encargadas de tirar del carro de la historia y sin aspiraciones de poder. No puede concebir que los obreros, una vez tomada la iniciativa de la revolución, ya no quieran soltarla y, aun enfrentando una derrota casi segura, luchen por su profundización ininterrumpida, contra el retorno de la esclavitud asalariada.

Nadie puede decir que la revolución proletaria en China (o la revolución soviética de Octubre) estuviera desde el inicio condenada a quedar en los marcos del capitalismo de Estado, que hoy degenera ante nuestros ojos en capitalismo sin restricciones. Era imprevisible el influjo que cada una de esas revoluciones podría ejercer sobre el movimiento revolucionario mundial y los reflejos que, a su vez, recibiría de él. Los comunistas siempre tienen razón en intentar llevar la revolución lo más lejos posible porque

“solo a través de una serie de intentos —como dijo Lenin— se llegará al socialismo integral como colaboración de los proletarios de todos los países”.[16]

La “Revolución Cultural” china fue uno de esos intentos. Balbuceante, frágil, derrotada, pero un aporte de enorme valor histórico en el que los obreros de otros países se apoyarán mañana para nuevas revoluciones victoriosas contra la dictadura de la burguesía.

Francisco Martins Rodrigues (1927-2008) fue un destacado militante político portugués y dirigente de la izquierda revolucionaria, conocido por su resistencia al régimen fascista de Salazar y su crítica radical al Partido Comunista Portugués (PCP). Comenzó su militancia en el MUD Juvenil y se incorporó al PCP en 1951, siendo detenido en 1957 y coincidiendo con Álvaro Cunhal en la prisión de Peniche, donde participó en la histórica fuga de 1960. Miembro suplente del Comité Central del PCP, entró en conflicto con la dirección del partido en 1963 debido a su apoyo a las críticas chinas a la Unión Soviética, lo que lo llevó a ser expulsado en 1964. Ese mismo año escribió Luta Pacífica ou Luta Armada, defendiendo la lucha armada contra el fascismo, y junto con João Pulido Valente y Rui D’Espiney fundó el Frente de Acción Popular y el Comité Marxista-Leninista Portugués, buscando refundar el comunismo portugués desde una perspectiva maoísta. Arrestado por la PIDE en 1966 y sometido a torturas, fue liberado tras la Revolución de los Claveles en 1974, participando luego en la fundación de la Unión Democrática Popular y, posteriormente, en 1984, de la Organización Comunista Política Operária, además de dirigir la revista Política Operária. Su vida política se caracterizó por la coherencia con una línea marxista radical y por una crítica constante a la burocratización del PCP.


[1] Informe à 1ª sessão do 8.° congresso do PC da China. Cit. en La revolución cultural proletaria y la derrota del poder obrero en China. Progressive Labor Party, EUA, 1971.

[2] Barnett, A.C., Cadres, Bureaucracy and political power in communist China, p. 191. 

[3] Lao Tung (“Trabajo”), n.° 3, 6/3/1956.

[4] Survey of China Mainland Press. Hong Kong, nº 1147, pp. 3-5. 

[5] Edgar Snow, The other side of the river, p. 289.

[6] Current Background. Hong Kong, n.° 537, pp. 3-5.

[7] Han Suyin, cit. por Snow em A longa revolução. Lisboa, 1973, p. 138.

[8] Snow, id., p. 137.

[9] Revo cul dans la Chine pop (Anthologie de la presse des gardes rouges, mai 1966-janvier 1968). 10/18, Paris, 1975, p. 35.

[10] Jean Daubier, História da revolução cultural chinesa, Lisboa, 1974, 2.° vol., pp. 183-197.

[11] China News Summary, Taiwan, nº 188. 

[12] Revo cul, cit., pp. 395-426.

[13]  Id., p. 343. 

[14] Henri Weber e outros, A revolução cultural chinesa. Lisboa, 1974, p. 30.

[15] Revo cul, p. 313. 

[16] Lenine, Obras escogidas, em três tornos. Moscovo, tomo II, p. 734.