Crítica al comunismo de izquierda

Oisín Mac Giollamóir

Texto original publicado bajo el título «Left Communism and Its Ideology. Introductory notes towards a critique».

Disponible en: https://theanarchistlibrary.org/library/workers-solidarity-movement-left-communism-its-ideology#fn_back53

Introducción

Hoy, el anarquismo, por fin, está saliendo de la vieja posición en que se mantenía como “conciencia del movimiento de los trabajadores”, eterna crítica al leninismo y de las políticas concentradas en el Estado. Por mucho tiempo, el anarquismo quedó al lado de la clase trabajadora contra el Partido, una posición ironizada por Lenin al escribir que: “la simple presentación de la cuestión – “¿dictadura del partido o dictadura de la clase; dictadura (partido) de los líderes, ¿o dictadura (partido) de las masas?”- expresa el pensamiento más inconcebible y perdidamente confuso… contraponer, de modo general, la dictadura de las masas a una dictadura de los líderes es ridículamente absurdo y estúpido”.[1] Curiosamente, esto no fue escrito respecto de los anarquistas, sino de la posición defendida por la tendencia marxista germano-holandesa que era parte de la Comintern. Esta y otras tendencias comprenden lo que se conoce como “comunismo de izquierda”.

Hay una relación de proximidad y de larga data entre el anarquismo y el comunismo de izquierda, ya que la izquierda comunista asumió muchas de las posiciones reivindicadas por los anarquistas. La izquierda germano-holandesa desarrolló posiciones indistinguibles de las encontradas por mucho tiempo en el movimiento anarquista. Mientras que el anarquismo influenció al comunismo de izquierda en la práctica[2], el comunismo de izquierda y las tendencias marxistas cercanas a este tuvieron una gran influencia teórica sobre el anarquismo, particularmente en los últimos años. Aunque las teorías de la izquierda comunista hayan contribuido mucho al movimiento y la teoría anarquista, es evidente que hay en estas un número significativo de errores teóricos y tácticos. En este artículo, voy a investigar el desarrollo de esas teorías y dar una introducción a las historias de la revolución alemana de 1918-1919 y del Bienio Rojo de 1919-1929, en Italia. También intentaré destacar los problemas de estas teorías, insistiendo en la necesidad del desarrollo de un programa anarquista para la actualidad, basado en la situación presente de nuestra clase y no en principios a-históricos.

¿Qué es el comunismo de izquierda?

Es muy difícil definir lo que es el comunismo de izquierda. Muchas vertientes de la izquierda comunista emergieron en diversos momentos entre 1917 y 1928. El grupo Aufheben[3] escribe que: “históricamente la “ultraizquierda”[4] se refiere a una serie de corrientes que emergieron en uno de los momentos más significativos en la lucha contra el capitalismo – la onda revolucionaria que puso fin a la Primera Guerra Mundial”.[5]

Generalmente se divide el comunismo de izquierda en dos alas: la izquierda germano-holandesa y la izquierda italiana.[6] Esos dos grupos no se llevaban bien. Gilles Dauvé, un bordiguista de origen, escribe: “no obstante ambos fuesen atacados por Lenin en “Izquierdismo: enfermedad infantil del comunismo”, Pannekoek consideraba Bordiga un tipo extraño de leninista, y Bordiga veía en Pannekoek una mezcla detestable de marxismo y anarcosindicalismo. De hecho, ninguno de ellos se interesaba realmente por el otro, y las izquierdas comunistas de Alemania e Italia se ignoraban fuertemente”.[7]

La izquierda germano-holandesa y la italiana fueron tendencias al interior de la Comintern, hasta el momento en que rompieron y pasaron a criticarla por la izquierda. Como tal, el comunismo de izquierda o la ultra izquierda, se define muchas veces en oposición al izquierdismo. Según el grupo Aufheben: “el izquierdismo puede ser comprendido de acuerdo con las prácticas que suenan parte del lenguaje comunista, pero que de hecho representan el movimiento del ala izquierda del capital”.[8]

En otras palabras, el izquierdismo describe a aquellos que nominalmente se dicen comunistas, pero que no lo son en los hechos. De acuerdo con los comunistas de izquierda, los izquierdistas son aquellos que, a cualquier costo, apoyaron a la Unión Soviética, participan de sindicatos o los apoyan, participan del parlamento, apoyan a los movimientos de liberación nacional y aquellos que, de cualquier forma, participan de colombroños políticos con no-comunistas. A su vez, los comunistas de izquierda se oponen a la participación en cualquiera de estas formas de lucha o de apoyo a ellas, pues estas no son luchas inmediatamente comunistas o son contra la clase trabajadora. De esta manera, los comunistas de izquierda frecuentemente se definen por la negativa, en oposición a aquellos que no defienden posiciones “realmente comunistas”. Dispensan, así, muchos esfuerzos denunciando a aquellos que no reivindican posiciones absolutamente comunistas y una oposición práctica a la URSS, a los sindicatos, al parlamento, a los movimientos de liberación nacional, a las coaliciones políticas, etc.

Para comprender plenamente el comunismo de izquierda, cómo y por qué esas posiciones fueron adoptadas, necesitamos ver su desarrollo. Con la ola revolucionaria subsecuente a la revolución rusa, Alemania e Italia eran los dos lugares más próximos de tener una revolución comunista victoriosa y donde se encontraban las dos mayores tendencias del comunismo de izquierda.

La izquierda germano-holandesa

La revolución alemana de 1918-1919

En 1918, en Alemania, hubo una gran ola de huelgas combativas que culminaron en el inicio de una revolución en noviembre, poniendo fin a la Primera Guerra Mundial. Los marineros se amotinaron y consejos de trabajadores fueron formados por todo el país. Años antes, todos consideraban el SP (Partido Social-Demócrata de Alemania) como el mayor partido marxista revolucionario del mundo, hasta que en 1914 este apoyó los movimientos en favor de la guerra. El partido participó de esta revolución, a pesar de oponerse a ella. De esta forma, “el SP consiguió ganar la mayoría de los votos en el Congreso Nacional de los Consejos de Obreros y Soldados, a favor de la elección de una asamblea constituyente y por la disolución de los consejos en favor del parlamento. Al mimo tiempo, los sindicatos trabajaban de manos dadas con los patrones para despedir a los trabajadores revolucionarios y destruir las actividades de consejos independientes en las fábricas. “Consejos contra el parlamento y los sindicatos” se tornó la consigna de los revolucionarios”.[9]

El año siguiente, el KPD (Partido Comunista Alemán) fue fundado. Con base en sus experiencias recientes, la mayoría de los trabajadores del KPD formuló una crítica revolucionaria al activismo parlamentario, levantando la consigna: “todo el poder a los consejos de trabajadores”. No obstante, los líderes del partido, incluyendo Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, se opusieron a esta tesis defendiendo que sería anarquista.[10] La mayoría anti-parlamentarista también se oponía a los “Sindicatos” (Trade-Unions), basándose en la experiencia de los sindicatos socialdemócratas alemanes, que se opusieron al movimiento revolucionario y activamente intentaron destruirlo. En este caso, la dirección también se opuso a la mayoría. Por fin, en octubre de 1919, esas divergencias llevaron a que la dirección expulsara más de la mitad del partido.[11]

Los miembros expulsados formaron el KAPD (Partido Comunista de los Trabajadores Alemanes), comunista de izquierda. El KAPD rompió con la Comintern después del Tercer Congreso en 1921, por razones que los anarquistas verían con simpatía. Creían que la revolución no seria realizada por un partido político, sino que esta se produciría por la propia clase trabajadora organizada en sus organizaciones autónomas. La organización con que el KAPD cooperó fue la AAUD (Unión General de los Trabajadores Alemanes)[12]; en su auge esta organización tenía en torno de 300.000 trabajadores.[13] La AAUD nació en la revolución alemana de 1919. Jan Appel describió así su formación: “concluimos que los sindicatos eran inútiles para los propósitos de la lucha revolucionaria y, en la conferencia de Representantes Sindicales Revolucionarios (Revolutionare Obleute), nos decidimos por la formación de organizaciones revolucionarias de fábrica, que serian la base de los consejos de trabajadores”.[14]

Comunistas de consejo

Basados en sus experiencias, los comunistas de la izquierda alemana criticaron los argumentos de Lenin, en su “Izquierdismo – enfermedad infantil del comunismo”, argumentando en primer lugar que, si bien el modelo bolchevique de organización tenía razón de ser en Rusia, como Alemania era más desarrollada industrialmente, necesitaba de formas diferentes de lucha proletaria.[15] Ellos argumentaban que, por medio de la autoorganización en las fábricas, los trabajadores sentarían las bases para la formación de consejos de trabajadores, y esta era la única forma de organización adecuada para la lucha revolucionaria de la clase trabajadora. De esta forma, ellos se colocaron contra la primacía del partido y la actuación en los sindicatos[16] y en el parlamento.

El KAPD no tenía como objetivo representar a la clase trabajadora, sino esclarecerla[17], un proyecto similar a la idea avanzada del grupo Dyelo Truda[18]“toda asistencia dada las masas en el campo de las ideas debe estar de acuerdo con la ideología del anarquismo; de otra forma ella no será una asistencia anarquista. “Asistir ideológicamente” significa simplemente: influencia del punto de vista de las ideas, directamente del punto de vista de las ideas (un liderazgo de las ideas)”.[19]  No obstante, algunos comunistas de izquierda, como Otto Ruhle, consideraban que incluso esto sería demasiado. Estos salieron del KAPD y de la AAUD, contestando la relación del KAPD con la AAUD, y crearon la AAUD-E (Unión General de los Trabajadores – Organización Unitaria).

La mayoría de los que reivindicaban el legado de la Izquierda Germano-Holandesa, aquellos que se denominaban comunistas de consejo, tienden a tomar la posición de Ruhle y de la AAUD-E. Por eso, recusaron forma organizaciones políticas. Dauvé explica esta teoría: “cualquier organización revolucionaria que coexista con los órganos creados por los propios trabajadores, en la tentativa de elaborar una teoría y una línea política coherentes, al final intentará liderar a los trabajadores. De esta forma, revolucionarios no se organizan por fuera de los órganos creados espontáneamente por los trabajadores: estos únicamente repasan y hacen circular informaciones, estableciendo contactos con otros revolucionarios; los revolucionarios nunca intentan definir una teoría o estrategia generales.[20]

Pannekoek escribió en 1936: “el viejo movimiento obrero se organiza en partidos. La creencia en los partidos es el principal factor de impotencia de la clase trabajadora; por tanto, evitamos formar un nuevo partido – no porque somos pocos, sino porque un partido es una organización que busca liderar y controlar a la clase trabajadora. A contramano de esto, defendemos que la clase trabajadora solo puede ser victoriosa al atacar sus problemas de forma independiente, decidiendo su propio destino. Los trabajadores no deben aceptar ciegamente las palabras de otro, ni de nuestros propios grupos, deben pensar, actuar y decidir por sí mismo. Esta concepción tiene fuertes discordancias con la tradición que entiende el partido como medio más importante de educación del proletariado. Por esto muchas personas, inclusive repudiando los partidos socialista y comunista, resisten y se nos oponen. En parte, esto deviene de sus conceptos tradicionales; cuando se pasa a ver la lucha de clases como una lucha entre partidos, se torna difícil concebirla apenas como una lucha de la clase trabajadora, al final, como una lucha de clases”.[21]

Aunque sea esencial comprender la lucha de la clase trabajadora como “puramente una lucha de la clase trabajadora”, esta idea esconde importantes problemas teóricos y prácticos. En primer lugar, ¿Qué significa tomar el lado de la clase trabajadora en oposición a un partido? ¿Cómo es la clase trabajadora sin partido? ¿Qué significa rechazar los partidos? Si seguimos la interpretación de Dauvé, de que el rechazo al partidismo es un rechazo de cualquier tentativa de “elaborar una teoría y una línea política coherentes”, entonces no enfrentamos a un problema.[22] Si cualquier tentativa de elaborar una teoría y una línea política coherentes fuese prohibida, entonces, ¿cómo puede la clase desarrollar coherentemente una teoría y una línea política para guiarse a sí misma por el camino de una revolución victoriosa? ¿Cómo puede la clase pensar estratégicamente si el pensamiento estratégico es censurado, para que no sea opresivo o vanguardista?

En una revolución, serán presentadas diversas teorías y líneas políticas enfrentadas. Afirmar lo contrario es muy ingenuo. Si aquellos de nosotros, que creemos que “la emancipación de la clase trabajadora debe ser alcanzada solamente por la propia clase trabajadora”[23], no participamos de la revolución preparados, con un programa que explique como esto puede ser alcanzado, esta revolución fracasará, como todas las revoluciones de los trabajadores que la antecedieron.

Fue precisamente la falta de un programa que decretó el fracaso de la posición Anti—Estado en Rusia y en España.[24]

El grupo Dyelo Truda explica el fracaso de Rusia:

“caemos en el hábito de atribuir el fracaso del movimiento anarquista en Rusia en 1917-1919 a la represión estatal por el Partido Bolchevique, lo que es un error grave. La represión bolchevique dificultó la difusión del movimiento anarquista durante la revolución, pero este fue únicamente uno de los obstáculos. En vez de eso, la incompetencia interna del propio movimiento anarquista fue una de las principales causas de aquel fracaso, una incompetencia que emanaba de la vaguedad y de la indecisión que caracterizaba sus principales declaraciones políticas en el terreno de la organización y de la táctica.

El anarquismo no tenía opiniones firmes, duras y rápidas para los principales problemas de la revolución social, una opinión necesaria para satisfacer a las masas que cargaban la revolución. Los anarquistas reivindicaban la expropiación de las fábricas, pero no tenían una noción consistente y bien definida de la nueva producción y de sus estructuras. Los anarquistas defendían el lema comunista –“de cada cual, según su capacidad; a cada cual según sus necesidades”- pero nunca les importó aplicar ese principio al mundo real… Los anarquistas hablaban mucho sobre la actividad revolucionaria de los propios trabajadores, pero eran incapaces de dirigir a las masas, ni siquiera groseramente, dadas las formas que estas actividades podían asumir…Incitaban a las masas a se librar del yugo de las autoridades, pero no indicaban como los triunfos de la revolución podrían ser consolidados y defendidos. No tenían opiniones claras y formas de acción relativas a una diversidad de problemas. Ello fue lo que alienó a los anarquistas de las actividades de masas y los condenó a la impotencia social e histórica.

Más veinte años de experiencia y actividad revolucionaria, veinte años de esfuerzos en las filas anarquistas, no resultaron en nada además de fracasos del anarquismo como movimiento organizador: todo ellos nos convencen de la necesidad de una nueva organización partidaria anarquista, amplia y enraizada en una teoría, política y táctica coherentes”. [25]

En cuanto la izquierda alemana desatendía la necesidad de un programa, denunciando todos los partidos como opresores, o al menos vanguardistas, la izquierda italiana adoptaba una perspectiva diferente.

La Izquierda Italiana

Bordiga y el Bienio Rojo[26]

La izquierda italiana se encontraba inicialmente bajo la tutela política de un hombre: Amadeo Bordiga. Después de entrar a la Federación Juvenil del PSI (Partido Socialista Italiano), Bordiga rápidamente ganó preeminencia al alinearse con el propagandista de esa federación: Benito Mussolini. La vitalidad de la Federación fue un factor central para el crecimiento del PSI: de 20.459 miembros en 1912, para 47.724 en 1914. Bordiga rompió definitivamente con Mussolini por la cuestión del apoyo a la Primera Guerra Mundial, afirmando que el apoyo a las guerras era una traición a los “principios” del marxismo. Intransigente en cuestiones de principio y en relación al programa comunista, defendió un rígido análisis textual de Marx. Para Bordiga:

por medio del Marxismo, se comprende que el método delineado por Marx y tantos otros […] resulta en el diagnóstico de la lucha de clases diaria entre la burguesía y el proletariado, constituyendo así una profecía y un programa que busca la victoria proletaria.[27]

Por su ortodoxia, Bordiga se colocó firmemente contra el revisionismo de los líderes del PSI. Sustentó que un nuevo comienzo, trayendo una renovación de los principios era necesario y urgente para el partido.

En 1918, el balance de la Primera Guerra Mundial para Italia era de más de 680.000 muertos y más de un millón de heridos. La clase obrera se unió en masa al PSI, que se radicalizaba cada vez más. En 1919, el PSI, que tan sólo 7 años antes contaba con 20.459 afiliados, había superado los 200.000. En 1919, cuando los trabajadores regresaron de la guerra, se encontraron atrapados en una espiral de inflación y desempleo masivo, una vez que la economía italiana luchaba con dificultad por adaptarse a la afluencia de trabajadores que retornaban.

De abril a agosto de 1919, las rebeliones populares se extendieron. El gobierno intentó reprimir desesperadamente a los trabajadores insurgentes, matando trabajadores en Milán, Florencia, Ímola, Taranto, Génova y otras ciudades. En Turín, al final de agosto, nuevas organizaciones de representantes sindicales fueron formadas en las fábricas de Fiat. Por su vez, estos representantes sindicales formaron un consejo de fábrica. Este nuevo tipo de organización de los trabajadores, por las bases, se difundió rápidamente en los centros de trabajo en Turín. Por medio de estos consejos de fábrica, el 31 de octubre, los trabajadores adoptaron un programa para reestructurar los sindicatos, transformándolos en organismos de democracia proletaria. Ese programa afirmó que su propósito era “colocar en curso la realización práctica de la sociedad comunista”.[28] En una reunión entre 14 y 15 de diciembre, los defensores de este nuevo sistema de consejos consiguieron el apoyo de todo el movimiento obrero en Turín. En febrero de 1920, cerca de 150.000 trabajadores conseguirían organizar un nuevo sistema de consejos. En una conferencia de la Unión Anarcosindicalista al inicio de 1920, la USI (Unión Sindical Italiana) se colocó firmemente al lado de estas nuevas organizaciones, agitando fuertemente en favor de su difusión también fuera de Turín. Esto llevó al crecimiento de la USI, de 300.000 miembros en 1919, para 800.00 en el auge del movimiento en septiembre de 1920.[29]

En respuesta a estos movimientos, en el congreso de Bolonia en 1919, el PSI aprobó un programa revolucionario.[30] En el mes siguiente, recibiendo 1.800.000 votos con base en este programa, se tornó el mayor partido en el parlamento italiano.[31] No obstante, a pesar de la adopción de ese programa, el PSI se encontraba dividido, con algunos miembros del grupo parlamentario, como Filippo Turati, oponiéndose totalmente al programa e intentando sabotearlo activamente. Turati afirmó que el PSI no debería excitar “las pasiones ciegas y las ilusiones fatales de las masas”, declarando que el parlamento estaba para los consejos de fábricas, así como la ciudad estaba para horda de bárbaros. Esos sentimientos resultaron en un tensionamiento por parte de Bordiga, para que Turati fuera expulsado del partido. Antonio Gramsci atacó Turati, acusándolo de tener el “escepticismo temeroso de la senilidad”.[32] Hasta Serrati, el líder centrista del partido, a esa altura atacaba Turati acusando su política de estar basada en una ilusión. Escribió: “era doloroso que un diputado socialista, de aquellos en que las masas más creían, se dedicara con más obstinación y energía a la lucha contra el bolchevismo de que a la oposición a todas las tentativas de mistificación del socialismo venidas de la burguesía”.[33]

No obstante, esto no pasaba de palabras al viento de un líder del partido, y Bordiga criticó a Serrati por no expulsar a Turati. Bordiga también tensionó por el fin del poder parlamentario del partido (esto acabaría por minar la influencia de Turati), adoptando una postura abstencionista. El escribió que “en cuanto la burguesía detente en sus manos la riqueza y el pode, las elecciones nunca harán nada además que afirmar sus privilegios”.[34]

En los primeros cuatro meses de 1920, los italianos vivieron niveles elevados de luchas, cuyo punto álgido fue en abril. En una fábrica de la FIAT en Turín, una asamblea general decretó huelga en protesta contra la dimisión de diversos líderes sindicales. En respuesta, los patrones encerraron 80.000 trabajadores. En Piamonte, región de Italia cuya capital es Turín, 500.00 trabajadores participaron de una huelga general. Hubo también algunas huelgas alrededor de Génova, lideradas por la USI, y en Milán algunos consejos de trabajadores, iguales a los de Turín, emergieron sobre la influencia de la USI. En el resto del país, sindicatos bajo influencia anarcosindicalista, como los sindicatos ferroviarios independientes y los sindicatos de trabajadores marítimos, acabaron por apoyar el movimiento huelguista.

No obstante, a pesar de las apelaciones del movimiento de Turín al PSI y a la CGL (Confederación general del trabajo) – sindicato liderado por el partido – para que la huelga se extendiese por toda Italia, el PSI y el CGL no actuaron. Trabajando arduamente a través de su periódico L´Ordine Nuovo[35], en apoyo al movimiento de consejos, Gramsci comentó amargamente sobre la dirección del PSI: “comenzaron a vociferar contra los sóviets y consejos, en cuanto en Piemonte y en Turín medio millón de trabajadores pasaban hambre defendiendo los consejos que ya existían”.[36] Al final, la huelga fue derrotada. Gramsci escribió: “La clase trabajadora de Turín fue derrotada. Una de las condiciones determinantes para esta derrota (…) fue la estrechez ideológica de los líderes del movimiento de la clase trabajadora italiana. En segundo momento, faltó cohesión revolucionaria entre el proletariado italiano que no fue capaz de forjar […] una jerarquía sindical que reflejase sus intereses y su espíritu revolucionaria”.[37]Gramsci culpó por el fracaso del movimiento a la ineficacia simultánea de la dirección del PSI y de la CGT, y a la falta de habilidad del propio movimiento en sacar a la luz una nueva dirección e intelectuales orgánicos que podrían actuar como una nueva jerarquía.

En cuanto Gramsci veía los consejos como instituciones en que la dictadura del proletariado podía ser ejercida, Serrati afirmaba que los consejos no podían ser usados para el punto álgido de una acción revolucionaria[38], argumentando que “la dictadura del proletariado es la dictadura consciente del Partido Socialista”.[39] En ese punto, Bordiga quedó firmemente del lado de Serrati. Argumentó que, al enfatizar exclusivamente la esfera económica y el estimulo de la conciencia, Gramsci olvidó que el Estado no podría simplemente desaparecer en una revolución.[40] Bordiga tenía razón en ese caso, de hecho, fue eso que los anarquistas aprendieron tan trágicamente en España. Escribió: “Corre el rumor de que los consejos de fábrica, donde estos existieron, funcionaron asumiendo la gestión de los talleres, en continuidad a sus trabajos. No nos gustaría que las masas adhiriesen a la idea de que la creación de consejos sería todo lo que necesitarían hacer para asumir el control de las fábricas y se librar de los capitalistas. Esta sería de hecho una ilusión peligrosa. La fábrica será conquistada por la clase trabajadora – y no únicamente por la mano de obra empleada en ella, que seria tan débil y no-comunista- solo después de que la clase trabajadora como un todo haya tomado el poder político. Al menos que lo tenga hecho, la guardia real, la policía militar, etc.- en otras palabras, el mecanismo de fuerza y opresión que la burguesía tiene a su disposición, su aparato de poder político- cuidará para que todas las ilusiones sean disipadas”.[41]

Aquí Bordiga levanta dos problemas importantes. En primer lugar, como se nota, hasta el momento en que la clase revolucionaria tome el poder, arrancando todo el poder de las manos de la burguesía, esta usará el Estado para aplastar a la clase trabajadora, incluso teniendo que esperar casi un año, como lo hiciera en España. En segundo lugar, el comunismo no es únicamente la expropiación del control de la fábrica o del emprendimiento capitalista por aquellos que trabajan en él. El comunismo no es la transformación de los espacios de trabajo en cooperativas democráticas, como Bordiga observa: “la revolución no es una cuestión de formas de organización”.[42] El comunismo consiste en la abolición de los salarios, del trabajo y de la iniciativa privada, en la captura de todo el capital por la clase trabajadora como un todo, de modo que este sea colocado para trabajar en beneficio de la comunidad humana y no de la ganancia. Como Bordiga también observa: “el socialismo reside enteramente en la negación revolucionaria de la EMPRESA capitalista, y no en la entrega de la empresa a sus obreros”.[43] Es precisamente esa insistencia en la importancia del contenido comunista, en la abolición del trabajo asalariado, de la economía de mercado y de su división decadente del trabajo, que torna a Bordiga tan interesante. No obstante, hay un problema grave en el entendimiento de Bordiga sobre cómo el Estado será destruido y el contenido del comunismo realizado. Para él “apenas un partido comunista puede y debe conducir tamaño emprendimiento”.[44]

Desde 1915, Bordiga insistía en la necesidad de un partido comunista teóricamente puro. Después de la segunda onda de ascenso revolucionario en setiembre de 1920, se salió con la suya.

Lynn William describe ese estallido revolucionario: “Entre los días 1 y 4 de setiembre, los metalúrgicos ocuparon fábricas por toda la península italiana. (…) Las ocupaciones avanzaron no solo en el corazón industrial en torno de Milán, Turín, y Génova, sino también en Roma, Florencia, Nápoles, y Palermo, en un bosque de banderas rojas y negras y en una fanfarria de bandas obreras. (…) En tres días, 400.000 trabajadores estaban en las ocupaciones. Conforme el movimiento se esparció hacia otros sectores, el número total de trabajadores subió para más de medio millón. Todos se sorprendieron con la reacción”.[45] Gramsci fue una vez más a la lucha, en cuanto Turati y los reformistas llegaron al punto de aconsejar al gobierno usar la fuerza contra aquellos que ocupaban las fábricas.[46] Por fin, a causa de la completa traición del PSI y de la CGL contra la clase trabajadora, la oportunidad revolucionaria fue perdida. Después de esto, Bordiga aprovechó la oportunidad de llevar a cabo una escisión y, amenazando con salir solo, trajo a Gramsci consigo. En el congreso de Livorno, en enero de 1921, el PSI se dividió. Turati y los reformistas recibieron 14.965 votos, 58.783 votaron con los comunistas (Bordiga y Gramsci) por una ruptura, y 98.028 votaron en Serrati, por la unidad. Y así, el 21 de enero, el PCI (Partido Comunista Italiano) fue fundado.

Bordiga y el Partido

El PCI no consiguió despegar. De hecho, muchos de los 58.783 que votaron por él, en el PSI, lo abandonaron. Al cabo de un año, el número de miembros cayó para 24.638.[47]

El motivo principal para esto fue el final del Bienio Rosso, entre 1919 y 1920. La oportunidad revolucionaria fue perdida y muchos simplemente dejaron de comprometerse en la lucha de clases revolucionaria. Bizarramente, esto no incomodó a Bordiga o al PCI. Bordiga escribió: “lo central para la doctrina (…) no está en el concepto de la lucha de clases, sino en su desarrollo en la dictadura del proletariado, ejercida únicamente por esta clase, en una organización única, excluyendo otras clases, con una fuerza coercitiva enérgica, sobre la dirección del partido”. En otras palabras, la cuestión para Bordiga no estaba en la lucha de clases, sino en la pureza del programa comunista y en la habilidad del partido en tomar el control del Estado. Loren Goldner observa que: “Para Bordiga, el programa era todo, y la presentación de números como una receta de billetería no decía nada. En periodos de reflujo, el partido tenía como tarea preservar el programa y avanzar en lo posible en el trabajo de agitación y propaganda hasta el próximo cambio de las mareas, sin dejar diluir el programa en búsqueda de una popularidad pasajera.[48]Bordiga escribió: “a partir de la doctrina invariante, concluimos que la victoria revolucionaria de la clase trabajadora solo puede ser alcanzada con un partido de clase y su dictadura”.[49] Bordiga estaba completamente confortable con un partido pequeño y aislado de la lucha de clases. Lo que le importaba era que el partido fuese plenamente comunista y defendiese el programa comunista contra quien lo diluyera, o lo desviara de su camino y de su realización. Jaque Camatte esclareció esta posición a inicios de 1961, en un artículo publicado en el periódico de Bordiga, Il Programma Comunista: “el proletariado abandona su programa en periodos de derrota. Este programa es defendido únicamente por una débil minoría. El programa-partido siempre emerge únicamente reforzado por a lucha. La lucha de 1926 hasta hoy prueba esto enteramente”.[50]

En todos los partidos de la izquierda italiana, hay una insistencia semejante en su papel como defensores del programa comunista invariante del proletariado. Incluso divergiendo sobre lo que sería exactamente esta doctrina/programa invariante del comunismo[51], la insistencia en la existencia real de una doctrina/programa atraviesa todos estos partidos.

No obstante, como muchos observaron bien, el comunismo “no consiste fundamentalmente en la adopción de un conjunto de principios, líneas y posiciones”.[52] Como Marx observa: “Para nosotros el comunismo no es un estado de cosas que debe ser instaurado, un ideal al cual la realidad deberá ajustarse. Llamamos comunismo al movimiento real que abole el estado presente de las cosas. Las condiciones de este movimiento parten de los presupuestos actualmente existentes”.[53] Engels, a su vez, observa: “El comunismo no es una doctrina, sino un movimiento; no procede de principios, sino de hechos. Los comunistas no se basan en esta o aquella filosofía como punto de partida, sino en todo el curso de la historia anterior y, específicamente, en sus resultados actuales en los países civilizados en el momento presente… El comunismo, en la medida en que es una teoría, es la expresión teórica de la posición del proletariado en esta lucha y la síntesis teórica de las condiciones para la liberación del proletariado.”[54]

Sin duda, el simple hecho de que el anarquismo/comunismo no es un ideal a ser realizado o un conjunto de principios, y sí un movimiento real, es tan obvio que puede parecer extraño tener que enfatizar esto. Los anarquistas entendieron esto hace mucho tiempo, como observa el grupo Dyelo Truda: “el anarquismo no es una bella fantasía, ni una noción abstracta de filosofía, sino un movimiento de las masas trabajadoras”.[55]

¿Pero cuál es el movimiento real que abole el estado presente de las cosas? Obviamente, la respuesta es la lucha de clases.

Conclusión

En cuanto la izquierda italiana insistía en un programa comunista que debería ser realizado por el partido para la clase trabajadora, la izquierda germano-holandesa insistía que la clase no precisaba de un partido o un programa; de hecho, estos serían un obstáculo para la clase trabajadora alcanzara la realización del comunismo.

En la izquierda italiana encontramos el programa comunista separado de la clase trabajadora. En la izquierda holandesa-alemana encontramos exactamente lo mismo. La diferencia radica en que la izquierda italiana insiste en defender el programa comunista de cualquier impureza, mientras que la izquierda alemana se enfoca en defender a la clase trabajadora. La solución, sin duda, es unir ambos, la clase trabajadora y el comunismo, y afirmar que “la clase trabajadora es el sujeto comunista”. Esta es la posición adoptada por la mayoría de los comunistas de izquierda en la actualidad.

Sin embargo, el primer problema de esta posición es que la clase trabajadora no es un sujeto comunista. El comunismo no siempre está desde ya comprendido por la clase trabajadora. Debemos recordar que la clase trabajadora no es comunista, sino que es capaz de producir el comunismo. La clase trabajadora no nos interesa por aquello que ella es, sino por aquello que ella puede hacer (y, obviamente, por somos parte de ella).

En segundo lugar, como Guy Debord observa: “la historia no tiene objeto distinto de aquello que se ocurre en ella”.[56] El comunismo emerge hoy no como una posibilidad, no como una realidad futura a ser realizado. El proyecto comunista no es teleológico. En términos más simples, la idea de que la historia se desarrolla hasta un fin fijo, el comunismo, es completamente equivocada. El comunismo es algo que emerge y se desarrolla en las luchas del presente. El comunismo no es algo que puede ser defendido o descubierto, sino algo que emerge de la lucha de clases. Por tanto, todo lo que podemos hacer es comprometernos en la lucha de clases e intentar avanzar las cosas, intentando transformar la clase que tiene potencial de crear el comunismo en la clase que de hecho realice el comunismo.

El trabajo de los comunistas no es defender “los intereses” (esto es, “el programa comunista”) de la clase trabajadora de corromperse, como muchos comunistas de izquierda creen. Primeramente, porque no hay programa que defender. En segundo lugar, porque la clase trabajadora no tiene intereses fuera de la lucha, esto es, no hay intereses permanentes que puedan ser defendidos.

La tarea de los comunistas es adentrarse en las sombras y asperezas de la lucha real, tal como se despliega, con todas sus contradicciones. Debemos ser parte activa de la lucha de clases, defendiendo con determinación el comunismo-anarquismo. Allí donde el antagonismo de clase brote, como revolucionarios, debemos estar presentes, empujando con firmeza la causa de la revolución.

Cuando Marx escribe que el comunismo es “el movimiento real” no un ideal, cuando Engels escribe que el comunismo es la expresión del “proletariado en lucha” y no una doctrina, cuando el grupo Dyelo Truda escribe que el anarquismo es un “movimiento social” y no una filosofía, ellos están hablando en serio. Nos interesa la lucha de clases como ella es, no como ella podría ser.

En nuestro análisis histórico, procuramos por la lucha de clases, pero no debemos buscarla como un movimiento independiente o autónomo con relación al capital y las ideologías capitalistas. La lucha de clases siempre nos interesa apenas como un movimiento que existe al interior del capitalismo y de las formas anteriores de sociedad de clases.

La lucha de clases emerge de las contradicciones del capital. Si los efectos del capital se encuentran en todos los lugares, entonces de la misma forma sus contradicciones también se encuentran en todos los lugares. Dicho de otra forma, el sujeto revolucionario emerge de la contradicción entre las necesidades y los deseos de las personas y los limites que le son impuestos por el capitalismo.

Nuestras políticas deben partir siempre de este punto: de la contradicción que vivimos diariamente entre nuestra necesidades y deseos, que vemos son posibles, y las restricciones que el capital nos impone, al operar de acuerdo con una lógica alienante que nos fuerza a abandonar nuestras necesidades, deseos y sueños, para trabajar conforme sus órdenes. Nuestras políticas revolucionarias deben partir siempre de la resistencia de la clase trabajadora contra esa existencia, debemos intervenir no para afirmar o defender el “comunismo” o la “clase trabajadora” de sus impurezas, como formas ideales, y sí en la búsqueda del camino que nos indique, de forma más rápida y menos dolorosa, dónde estamos y para dónde queremos ir.


[1] Lenin, V.I. ‘Left-wing Communism an Infantile Disorder’

[2] Véase la influencia de la FAUD en la izquierda holandesa-alemana y de la IWW en la izquierda italiana.

[3] El grupo Aufheben afirma que reconocen «el momento de la verdad en las versiones del anarquismo de lucha de clases, las izquierdas alemana e italiana y otras tendencias». http://libcom.org/aufheben/about.

[4] «Ultraizquierdismo» es un sinónimo ridiculizante de comunismo de izquierdas. Aunque el término «ultraizquierda» suele utilizarse peyorativamente, no es así en este caso, ya que el grupo Aufheben se considera en cierta medida parte de esta corriente.

[5] Aufheben #11, Communist Theory — Beyond the Ultra-Left? (www.geocities.com).

[6] En la mayoría de los países donde existía un partido alineado con la III Internacional, también había una tendencia comunista de izquierda. Aparte de la Izquierda germano-holandesa y la Izquierda italiana, las tendencias comunistas de izquierda más significativas se dieron en Rusia y Gran Bretaña.

[7] Dauvé, G. Note on Pannekoek and Bordiga (libcom.org).

[8] Aufheben #11, From Operaismo to Autonomist Marxism (www.geocities.com).

[9] Aufheben #8, Left Communism and the Russian Revolution (www.geocities.com).

[10] Dutch Group of International Communists (GIK), ‘Origins of the Movement for Workers’ Councils in Germany’ libcom.org

[11] Ibid.

[12] Los comunistas de izquierda holandeces establecieron una distinción entre las organizaciones en los lugares de trabajo como la AAUD, la IWW y el movimiento británico de delegados sindicales (the British Shop Stewards movement) y “sindicatos” (“Trade Unions”).

[13] Cabe señalar que, al mismo tiempo, el sindicato anarcosindicalista FAUD (Sindicato de Trabajadores Libres de Alemania) contaba con unos 200.000 afiliados. Los miembros de la AAUD y la FAUD a menudo se confundían. Ibid.

[14] Appell, J., ‘Autobiography of Jan Appel’ libcom.org

[15] Gorter, H., ‘Open Letter to Comrade Lenin’, Antagonism Press, pp.16–26

[16] Es importante señalar que la izquierda germano-holandesa no rechazaba la organización por lugar de trabajo, sino los sindicatos reformistas que existían en Alemania. Incluso, al respecto de estos Gorter escribió que “Es solo al principio de la revolución, cuando el proletariado, de miembro de la sociedad capitalista, se convierte en el aniquilador de esta sociedad, que el Sindicato se encuentra en oposición al proletariado”.

[17] Dauvé, G. ‘Leninism and the Ultra Left’, in ‘Eclipse and Re-Emergence of the Communist Movement’, p.48

[18] Nota del traductor: Dyelo Truda significa causa obrera en ruso.

[19] Dyelo Truda Group, ‘Reply to Anarchism’s Confusionists’ hp://www.nestormakhno.info/english/confus.htm

[20] Dauvé, G. ‘Leninism and the Ultra Left’, in ‘Eclipse and Re-Emergence of the Communist Movement’, p.48

[21] Pannekoek, A., ‘Party and Class’ in ‘Bordiga Vs. Pannekoek’, Antagonism Press, p.31

[22] Si Pannekoek define partido como “un agrupamiento de acuerdo con puntos de vista y concepciones”, la interpretación de Dauvé parece justa.

[23] Con esto queremos decir que la clase debe emanciparse a través del uso de su propia institución independiente de poder social [soviets, consejos, etc.] y no a través del proceso de representación de un partido que toma el control del Estado «por» la clase.

[24] Sobre el fracaso de la revolución Española, véase ‘Towards a Fresh Revolution’ by the ‘Friends of Durruti’ Group and ‘The revolutionary message of the ‘Friends of Durruti’’ by George Fontenis.

[25] Dyelo Truda Group, ‘Reply to Anarchism’s Confusionists’ hp://www.nestormakhno.info/english/confus.htm

[26] Para un excelente relato de la olvidada e ignorada participación anarquista en este periodo de la historia italiana, véase ‘A. Class War, Reaction & the Italian Anarchists, Studies for a Libertarian Alternative.’

[27] Davidson, A. The Theory and Practice of Italian Communism: Vol. I, Merlin Press p.78

[28]  Wetzel, T. Italy 1920, Zabalaza Books, p. 6.

[29] Wetzel, T. ‘Italy 1920’, p.9.

[30] Este programa, entre otras cosas, convirtió al PSI en miembro de la Comintern.

[31] Davidson p.91.

[32] Davidson, A. ‘The Theory and Practice of Italian Communism: Vol. I’, p.92

[33] Ibid.

[34] Ibid.

[35] Cabe señalar que, a pesar de la afirmación tan repetida de que «l’Ordine Nouvo» era el órgano del movimiento de los consejos de fábrica, se trata de una simplificación burda. Consideremos el hecho de que en 1920, mientras que «l’Ordine Nouvo» era un semanario con una tirada de menos de 5.000 ejemplares, el anarquista «Umanitá Nova» tenía una tirada diaria de 50.000 ejemplares.

[36] Wetzel, T. ‘Italy 1920’, p.10

[37] Davidson, A. ‘The Theory and Practice of Italian Communism: Vol. I, p.95.

[38]  Davidson, A. ‘The Theory and Practice of Italian Communism: Vol. I’, p.95.

[39] Introduction to ‘Gramsci’s Prison Notebooks’, International Publishers, p.xxxiv.

[40]  Los anarquistas de la UCAdI (Unión Comunista Anarquista de Italia) también eran conscientes de ello, declarando en abril de 1919: «debemos recordar que la destrucción de la sociedad capitalista y autoritaria sólo es posible por medios revolucionarios, y que el uso de la huelga general y del movimiento obrero no debe hacernos olvidar los métodos más directos de lucha contra la violencia y el poder extremo del Estado y de la burguesía.» Cita de Dadà, A. Class War, Reaction & the Italian Anarchist, p. 15.

[41] Bordiga, A., ‘Seize power or seize the factory?’ www.marxists.org

[42] Bordiga, A., ‘Party and Class’ in ‘Bordiga Vs. Pannekoek’, Antagonism Press, p. 43.

[43] Bordiga, A. ‘Proprieté et capital’. Quoted in ‘Lip and the Self-Managed Counter Revolution’ by Negation, Repressed Distribution, p. 50.

[44] Bordiga, A., ‘Seize power or seize the factory?’ www.marxists.org.

[45] Citado en Wetzel, T. ‘Italy 1920’, pp.11–12.

[46] Davidson, A. ‘The Theory and Practice of Italian Communism: Vol. I, p.96.

[47] Davidson, A. ‘The Theory and Practice of Italian Communism: Vol. I, p.103.

[48] Goldner, L., ‘Communism is the Material Human Community: Amadeo Bordiga Today’.

[49] Bordiga, A. ‘Considerations on the party’s organic activity when the general situation is historically unfavorable’ www.marxists.org.

[50] Camatte, J., ‘Origin and Function of the Party Form’ www.geocities.com.

[51] En 1952, la izquierda italiana se dividió: por un lado, Bordiga y quienes estaban en torno a Il Programma Comunista, y por otro, Damen y los que se agrupaban en torno a Battaglia Comunista. Damen se oponía al trabajo en los sindicatos, mientras apoyaba la actividad parlamentaria; también rechazaba de manera absoluta los movimientos de liberación nacional, mientras que Bordiga defendía la postura opuesta en estos debates.

[52] Aufheben #11, ‘Communist Theory — Beyond the Ultra-Left?’ www.geocities.com.

[53] Engels, F, & Marx, K. ‘German Ideology’ in ‘Collected Works: Vol. 5’, p.49.

[54] Engels, F. ‘The Communists and Karl Heinzen’, Second Article, www.marxists.org.

[55] Dyelo Truda Group, ‘Organizational Platform of the General Union of Anarchists (Draft)’, www.anarkismo.net.

[56] Debord, G, ‘Society of the spectacle’, Paragraph 74.